viernes, 21 de abril de 2017

Los niños tienen -Censurado- Las niñas tienen -Censurado- -Final-






Autor: Tassilon-Stavros







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LOS NIÑOS TIENEN -CENSURADO-


 

LAS NIÑAS TIENEN -CENSURADO-



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¡¡OK!!





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La disforia de género no es un trastorno patológico.
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La sexualidad está en el cerebro, no en los genitales con que se nace.

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Al gran Alberto Sordi
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Había dejado ya de regar, y se dirigía hacia la cocina, cuando de pronto sonó estridentemente el teléfono: "¡Roberta, tesoro...!", exclamó entusiasmado Carluccio. Aquel sonido tantas veces soñado en sus largos días de espera se apoderaba de todo su ser con la ansiedad de una revelación decisiva:  

-Pronto, Roberta, amore mio! ¿Eres tú, por fin?...

-Pronto! ¿El señor Berardi Carluccio?- inquirió una voz desconocida de mujer a través del móvil.

-Yo... soy yo, Berardi Carluccio- repuso decepcionado el tintorero.

-Le llamamos de la Clínica Medicale Terapéutica... en el 630 Bravo Avenida. Su esposa Berardi Roberta ha sido ingresada hoy aquejada de un agudo ataque de ansiedad. Y el doctor Manfredi Vittorio desea hablar con usted urgentemente.

-¡Roberta, Robertina, mi tesoro...! Che è successo?... ¿Está muy mal?... 

-El doctor Manfredi le espera... Su esposa está bien. No tiene por qué preocuparse. El doctor Manfredi se encargará de ponerle a usted al corriente de todo. Buongiorno! 


Una vez en la clínica, la exaltación de Carluccio se evidenció de inmediato en una prisa febril por conocer los motivos por los que su amada Roberta se hallaba allí ingresada. La experimentada enfermera que le recibió trató por todos los medios de tranquilizar la conmoción impetuosa con que el visitante parecía perder por momentos su cordura, entregándose a exagerados acentos de acongojado ternurismo: ¡"Roberta, Robertina! ¡amore mío! ¡Aooo! [su acostumbrada y gemebunda exclamación] ¡Quiero verte!... Amore, amore...! ¿Dígame? ¿Cuál es su habitación?... ¡Roberta, aquí me tienes, junto a ti...! ¡Te perdono! Ti perdono tutto, cara mia!", como si con aquel vehemente repertorio de efusivas exigencias románticamente varoniles, las complicaciones pasadas hubieran quedado relegadas al más inmediato de los olvidos, y una vez se arrodillara junto al lecho de su amada y enferma mujercita, pudiera conmover al fin la feminidad de tan bella y excéntrica consorte; convencido, además, de poder conquistar esta vez de forma definitiva, ante el espectáculo incomparable e infinito de su por otro lado ya consabida entrega amorosa, la intimidad sentimental que ella le había estado negando durante aquellos tres largos meses de tormentosas controversias matrimoniales. 


Y como es bien sabido que el victimismo romántico de los humanos tiene sus servidumbres por no querer jamás sustraerse a la evolución, tirando a maniática, de la especie, y Berardi Carluccio, en tales lides, era de los más comunicativos, no cesó en su mojiganga quejicosa y crispada, sino que fue en aumento una vez tuvo ante él al doctor Manfredi: "¡No me mienta, dottore! ¡Mi pobre Roberta! ¿Es grave? ¡Necesito saber la verdad,... quiero que me perdone! ¡He de verla! ¡Aooo!... ¡Permítamelo!... ¡Soy tan desgraciado!"... Los enamorados sin cura ni remedio al veneno que los pudre por dentro [especialmente si se sienten no correspondidos], ya se sabe, adolecen de falta de compostura, cuando no de imaginación. Dicen las cosas como atacados por sofocos y calenturas primaverales, y así el que debería ser un sosiego parlanchín por aquello del sentimentalismo, acaba lleno de baches. Y por si fuera poco, cuando se embalan conjeturando infortunios y enfermedades como los que pregonan los agoreros de las cartomancias, se les multiplican los visajes del rostro como a la hidra de siete cabezas con sus respectivas miradas algo bisojas. Y claro, se muestran más burros de lo preciso, y a su mamífera dialéctica desenfrenada dan ganas de meterle un tapabocas y mandarlos a hacer puñetas.

-¡Por favor, señor Berardi, repórtese usted... - exclamó el doctor, haciéndole pasar a su despacho.


-¡Sí, dottore, sí que me reporto, no tema...! - aceptó el Carluccio, que ante sus actos desbocados, solía andar pegando brincos- Pero no puedo dejar de pensar en mi pobre Roberta. ¿Tan grave está?...


-Su esposa está perfectamente. Así que no se preocupe, tome asiento, por favor, y hablemos.


-¿No va a morir, entonces, dottore?... ¡Beso su mano, sí, sí, la beso...- casi se lanzó Carluccio sobre el consternado médico, que no tuvo más remedio que dar rienda suelta a sus, llamémosles, facultativas dotes de mando. 

-Señor Berardi, si no se tranquiliza usted, me va a resultar muy difícil ponerle al corriente de los motivos por los que su esposa ha acudido a nosotros.  Le repito que su mujer no está grave y que no debe preocuparse por su salud. 

Carluccio trató entonces de soltar una breve risita de comprensión, aunque no menos turbado:

-Sí, sí dottore... Que duda cabe que trata usted de ayudarnos... a los dos. ¡Mi dica, mi dica!...

-¿Sabe usted lo que significa disforia de género sexo o de género, para ser más explícitos? - preguntó el doctor, observando fijamente a Berardi.

-No, dottore- dijo Berardi, sintiéndose progresivamente desolado al oír la palabra sexo, y sintiendo un frío glacial en el hueco del estómago.

-Pero, hombre, ¿a estas alturas del siglo, es posible que desconozca usted lo que hoy también se conoce por reasignación de sexo, o, para ser más claros, la transexualidad?

Carluccio inmediatamente replicó, aunque bajando los ojos algo turbado:

-Yo, dottore, compréndalo, fui educado en el estricto cumplimiento de la religión. Mi preceptor fue el padre Constantino...

-¿Y eso que tiene que ver?- le observó el doctor Berardi con curiosidad.

-Desde niño... dottore- vaciló Berardi- mis interpretaciones personales sobre la sexualidad...Yo trato... No  me he posicionado... Esas novedades que me llegan a través de la televisión... Personas que se transforman ante la interpretación divina que nos ha hecho hombre y mujer... ¡No, no, puedo aceptarlo, me pone la carne de gallina!... ¡Para mí, aooo, un hombre siempre será un hombre y una mujer, ¡una mujer!...

-¡Total! ¡Homofobia clara y dura! ¡Aversión oscurantista!...- exclamó el doctor Berardi, adoptando un aire displicente- Observo, pues, que su libertad de pensamiento está un tanto atascada, porque tratando de obviar todos los actos que a usted se le antojaban enojosos e incomprensibles por parte de su esposa, e ignorando o pretendiendo ignorar la importancia del tema que aquí nos ocupa, señor Berardi, usted mismo se ha puesto una venda ante los ojos, porque su esposa Roberta no es más que la prueba personificada, y aunque sea un duro golpe para usted, de cuanto usted se ha empeñado en no reconocer durante el tiempo que lleva a su lado, y aún persiste en eludir.

Berardi quedó aterrorizado. Había palidecido intensamente y como única respuesta se mordió la mano, lanzando una especie de gemido incomprensible:

-¡No, no! ¡No quiero!... - Rechazó luego con un gesto impaciente- ¡Dottore, usted se equivoca...! ¡Mi Roberta es una mujer, aooo, una mujer de carne y pasiones violentas...!

-Esas pasiones violentas que usted tanto admira, señor Berardi, poseen en realidad ese componente masculino que ya es inútil seguir ignorando ... - explicitó el doctor Manfredi, sin evitar poner el dedo en la llaga de forma sangrante- Según me ha explicado su madre política va para tres semanas que su esposa abandonó el hogar conyugal porque usted no dejaba de asediarla y de maltratarla.

-¡Esa bruja siempre me ha odiado!- gritó Carluccio, al tiempo que reanudaba sus carreras desesperadas por el despacho del doctor- ¡Ella y sus hermanas, las tías de Roberta, tres harpías, dottore, tres harpías que trataron por todos los medios de apartarme de Roberta desde el primer día que la conocí! ¡Dos viudas, una solterona¡ ¿Usted las ha visto? ¡Son como tres cuervos negros y trágicos! ¡Los hombres no tienen cabida en su mundo! 

-Vaya, menos mal que se va usted dando cuenta- aventuró el doctor Manfredi.

Carluccio sacudió violentamente la cabeza, siguiendo en sus trece:

-¡No, no y no, mi Roberta no es como ellas! Y si me abandonó fue por consejo de esos tres adefesios. Dottore ¿cómo iba yo a maltratar a mi mujercita? ¿Y asediarla? Bueno, estaba en mi derecho como marido a... ¡Dottore!, ¿usted me comprende?... ¡Aooo, si aquí el único maltratado he sido yo! La primera vez que... bueno, ya me entiende... ¡Mire, mire, mi ojo, todavía guardo el recuerdo! Roberta me golpeó, sí me golpeó de tal forma que casi tuvieron que hacerme la respiración artificial!

-Y así sigue usted, amigo Berardi, ¡ciego! - exclamó el doctor- Tan ciego que aún anda usted preguntándose el porqué de todos estos detalles tan significativos. ¿Nunca le ha picado la curiosidad? ¿Nunca se ha preguntado usted a que podían deberse  los motivos de semejante comportamiento por parte de su esposa y del entorno familiar en que ha vivido? ¡En fin!... Pero, vamos a ver, hombre de Dios, ¿dónde conoció usted a su esposa?

-En una despedida de soltera de una de mis empleadas de la tintorería... Insistieron tanto en celebrarla en la tintorería que no pude negarme... Yo me hallaba un tanto turbado... Usted me comprende, dottore, estas  despedidas... Hubiese preferido no quedarme... Nunca pensé que pudiera trastornarme hasta tal punto, porque fue en la fiesta cuando apareció mi Roberta, amiga de una de mis empleadas...

-Y usted flechazo... ¿no? - aventuró el doctor.

Berardi, los ojos fijos en el dottore Manfredi, reconoció avergonzado:

-No podía entenderlo, Roberta me atrajo... - bajó el tono de voz, Carluccio- Pero como hombre, porque Roberta iba disfrazada de hombre... Un bello ragazzo... ¿Usted me comprende, dottore? Un bello ragazzo! ¿Cómo podía yo...?

-Con bigote- agregó divertido el doctor, ante el rostro estupefacto de Berardi.

-Postizo, dottore, postizo, porque Roberta era una mujer...


-Su madre política, y las tías de Roberta... ¿no son bigotudas?... ¿Pero cómo no se percata usted? En la familia de Roberta escasean los hombres, como usted bien ha dicho, y estas mujeres han creado un feroz matriarcado en el que confluyen todas las  características masculinas más relevantes.

-Dottore, no entiendo nada. Absolutamente nada.- se sintió progresivamente desolado Carluccio, lanzando profundos gemidos ininteligibles.

-Los bigotes, hombre, ¡los bigotes! Un claro síntoma de que la identidad sexual de las mujeres de la familia de Roberta se hallan en discordancia con su sexo. Disforia de género, lo cual significa  que ninguna de ellas se identifican con su característica femenina ni la sienten como propia.

-¡Mi cabeza, dottore!... ¡Mi pobre cabeza! ¡Me duele terriblemente!- exclamó Berardi, incorporándose, y ofreciendo todo un repertorio de visajes aterrorizados.

-Debe usted aceptarlo, señor Berardi, ¡su Roberta es en realidad un hombre atrapado en un cuerpo de mujer! - se mostró taxativo el doctor Manfredi.  

-¡No, no!... ¡Mi Roberta, mi amor, no puede ser!... ¡Es una locura!... -  repetía incesantemente sin dejar de menear la cabeza sin atreverse a aceptar aquel manifiesto médico implacable. Luego con un rápido ademán se llevó su mano derecha a la boca, y acabó mordiéndosela lanzando a la vez un gemebundo lloriqueo.

Los detalles íntimos es mejor que no se agazapen entre los montones de miseria que forman los despojos más amargos de los aconteceres humanos. Un doctor en este caso debe mostrarse como un investigador que hurgue en la verdad, y no cierre la puerta al piadoso olvido que acaba pudriendo y apolillando los corazones. Y por todo ello, el doctor Manfredi inmediatamente inquirió:

-Pero, hombre, señor Berardi, no se ponga usted así... Comprendo su frustración. Pero en esta vida no todo es nacer, crecer y reproducirse como a usted le han enseñado. Hay que estar preparado. Estamos en pleno siglo veintiuno, y no podemos ya establecer reglas generales con respecto a la identidad sexual con que nacemos. La identidad de género, hoy, carece de pruebas concluyentes. No todo individuo se identifica, de manera sólida y persistente, con el otro sexo. El deseo de ser puede perfectamente apuntar hacia la insistencia de que se pertenece al género opuesto al que nos ha concedido la naturaleza y  aceptar con mucha resignación y paciencia...

-¡Yo no, yo no...! - No dejó de repetir Carluccio sumido en aquel delirio con el que trataba de expresar todo su dolor, sin recobrar el dominio de sí mismo y mordiéndose furiosamente la mano: Que vergogna, que vergogna!- exclamaba luego para luchar contra la infelicidad que le invadía. Aunque bien planteada la cuestión, Carluccio debería haber reconocido que en el fondo era aquel el mismo aire de irrealidad que había envuelto su romántica pasión desde el primer día que conoció a Roberta, y a la que ella no había respondido nunca.

El doctor Manfredi, alzándose de su asiento, trató de calmarle, echándole el brazo sobre el hombro, y como intentando devolver el alterado sistema nervioso de Carluccio a su sitio menos excitable, aun sabiendo que pronto volvería a dejarlo como antes, entre saltos y piruetas de desesperación, dado que las alteraciones neuronales nunca están a prueba de bombas, y por muchos sermones que recibamos, "por un oído nos entran y por el otro nos salen". Y el doctor Manfredi, observando conmovido el espectáculo aflictivo de Berardi, se esforzó entonces de seguir improvisando su pequeño juego de tolerancia, pese a no poder evadirse de aquella inclemente pesadilla envuelta por la clarísima disforia que desplegaba Roberta Berardi. E inquirió:

-Pero, vamos a ver, ¿cómo pudo usted contraer nupcias con ella?... Y dígame, durante el noviazgo,... y no ya después de la boda, porque, como usted bien me ha explicado todo acercamiento a su esposa han resultado bastante accidentados,...  y se lo pregunto en sentido bíblico, teniendo en cuenta la faceta excesivamente religiosa en la que usted parece haber sido educado... ¿tampoco logró usted llegar a conseguir algún tipo de contacto íntimo?...

-¡Cómo íntimo! ¡Ni en sentido bíblico, porque eso siempre fue contrario a mis principios religiosos!

Aquella insinuación esparcía una mancha negra en torno al honroso santuario de la integridad religiosa en que Carluccio Berardi había crecido. 

-O sea que la llevó usted al altar con toda su pureza intacta... ¿Y aún se asombra usted de que después del matrimonio todo siga igual... A ver ¿qué puede usted contarme de su luna de miel?  

Que el mundo se obstine en hacer de la luna de miel una de las más bellas artes del contacto humano no es un capricho, sino una especie de prescripción facultativa para repostar género. Posee su mediano pasar cuando es saludable, pero la verdad es que hay que aplicarle toda la atención posible, porque si no se la considera con mucha reflexión y entrega, se puede acabar yendo a las chimbambas de la frustración y encocorar el deseo, especialmente en el desfallecimiento femenino, acarreando también más de un inexplicable fiasco a hombres enamorados pero poco imaginativos, e influenciados tan sólo, como Berardi Carluccio, por cierta animalidad machista. Volvieron entonces a la mente del desesperado marido muchos de los momentos en los que Roberta y sus actos habían arrancado de ella la temida máscara de cierta inconsciencia femenina ante la que él, con una ceguera rayana en la estulticia, ni siquiera intentó pedir a la excéntrica joven mayores precisiones sobre sus  reiteradas exigencias tan poco acordes con la feminidad necesaria para pegar la hebra romántica entre hombre y mujer. 
  
[En dicho noviazgo -todo hay que decirlo, porque fue muy comentado con opiniones para todos los gustos, en especial, el cachondeo y la susceptibilidad- ya había anidado la clara oposición de su futura madre política y de las dos tías de Roberta] Pero Carluccio, con el entendimiento de un grillo chinchorrero y la voluntad de un  gorrioncillo gorjeante, siguió dale que te pego, conformándose con ejercer de panoli enamorado y propendiendo, con temperamento contemplativo y su difuso romanticismo, ciego ante las inclinaciones sin porvenir matrimonial que ofrendaban las ansias célibes y escasamente responsabilizadas de Roberta, a transigir con la poco comprometida conciencia connubial con que ella insistía en andar por el mundo sin verse obligada a dar cuentas a nadie de sus actos: 

-"Oye, yo nunca voy a ser tuya ni de ninguno. No voy a acceder a ningún convenio contigo como no sea el de que los dos tengamos los mismos derechos y la misma libertad de acción. Si me lo juras, a lo mejor te acepto", había puesto en guardia la bella joven al bienaventurado Carluccio, que, claro está, aceptó como un pardillo y siguió con el fatídico cortejo, pese a las advertencias del padre Constantino, que vio oportunamente el camino de escarmiento que aguardaba a su discípulo, aconsejándole que no abandonara su feliz celibato y que más le valía meterse a hermano marista [acariciado sueño de sus malogrados progenitores] que aceptar el negro fermento convivencial con que lo amenazaba aquella especie de novia artificial de lutto sollievo o alivio luto, que es lo mismo, y que ya antes del himeneo amenazaba con saltarse toda "conjunción copulativa" de cuanta gramática debe enriquecer las noches matrimoniales. Y lo más tronchante del talante de Roberta era que sus modales y peticiones seguían cojeando día a día con los caprichos menos ortodoxos en lo que a su sexo se refería [o como así lo entendería el mundo masculino tan abonado al estamento machista que, todavía hoy, ¡parece mentira!, sigue presumiendo de ser el único paladín "testicular" de la famosa Creación Divina]. La joven, que nunca había aceptado joyas ni mucho menos un anillo de prometida, aunque accediera a contraer matrimonio con Carluccio [desmán este que tampoco nos compete juzgar, aunque se viera bien a las claras que con semejante resolución le estaba tomando el pelo al pobre enamorado de la forma más aberrante], acabó exigiendo, antes del himeneo , y como regalo de boda una potente moto Kawasaki ZZr 1400, con la que recorría toda Roma con traje de cuero para motoristas avezados. Luego, en Venecia, durante la menos lógica de las lunas de miel, se rebeló una y mil veces [como ya estaba cantado] a aceptar cualquier conato de intimidad por parte de Carluccio, golpeándole en repetidas ocasiones, y poniendo definitivamente en claro los entresijos viperinos que enturbiaban las poco complacientes aguas de sus pensamientos escorados: 

Honeymoon Vodevil

(Roberta) "Si accedí a casarme contigo fue porque me juraste que tendriamos los mismos derechos y la misma libertad"... (Carluccio) "Pero, cara, lo que quiero es que seas una mujer verdadera y conserves tu dignidad femenina"... (Roberta) " ¡Pues no! A ver si comprendes de una vez que yo no me siento mujer"... (Carluccio cada vez más trastornado) "¿Y que te sientes?".. (Roberta, con anómala decisión) "Me siento un hombre"... (Carluccio, en tono desolado) "Roberta no hables así, que no sabes el daño que me haces... Roberta yo te amo, yo te deseo, ¡aooo!, tú eres mi mujer, te amo, te amo"... (Roberta, con toda su vivacidad despreciativa) "¡Ah, me aburres! Así que no empieces con tus exigencias, porque yo no soy tuya ni de ninguno. ¡Y déjame en paz!" (Carluccio, gritando y tratando de besarla) "¡¡No, no te dejo, no te dejo!!"... (Roberta propinándole un empujón) "¡Te he dicho que me dejes!... ¡No me toques, mascalzone, retrasado!"... (Carluccio volviendo a la carga) "¡No no te dejo!"... "¿Ah, no? ¡Ahora  verás!" (Replica Roberta cogiendo el teléfono) "Pero, ¿qué haces, amore?" (Inquiere Carluccio, incapaz ahora de detenerla) ¡Ah ¿llamas a tu madre?"... (Roberta insistente) "¡Pronto! ¿Hablo con la policía?... Comisario, soy la señora Berardi. Mi marido me está forzando aprovechándose de la violencia de género. Sí, sí comisario me ha retorcido un brazo" (Comisario) "¿Le ha hecho daño?" (Roberta adoptando un tono de fragilidad) "¡Sí, sí comisario!"... "Pero, ¿que estás diciendo?" (Carluccio, gemebundo y mordiéndose la mano, mientras Roberta insiste) "Sí, sí, comisario, tengo miedo de mi marido Me está obligando a hacer lo que no quiero hacer" (Comisario) "¿Dejeme hablar con su marido?"... (Carluccio con sus reproches lloriqueantes) "Pero ¿qué haces, desgraciada? ¿Como puedes hablar así, y con la policía, cuando eres tú la que me has maltratado?" (Comisario pertinaz y preocupado) "Señora, páseme con su marido" (Roberta, desafiante) "Sí, se lo paso ahora,... Ven aquí, sátiro, cretino, el comisario quiere hablar contigo"... (Carluccio, tembloroso, intentando esbozar una sonrisa de turbación victimista) "¿Conmigo? Que vergogna!! Contar nuestras intimidades a la policía. A esto hemos llegado... Pronto señor comisario buenas noches"... "Soy el comisario Loverso. Dígame ¿qué está sucediendo? (Carluccio, todo debilidad personificada) "No sucede nada, comisario. Estoy en el hotel con mi mujer y no estoy ofreciendo ningún tipo de escándalo. Es mi noche de bodas. ¿Me comprende, usted?" (Comisario rebatiendo los derechos conyugales de Carluccio) "Pero si está usted agrediendo a su mujer, ¿le parece poco escándalo?" (Carluccio tratando de constatar sus privilegios maritales) "Pero se trata de mi mujer. ¡Aooo! Somos recién casados. Usted ya me entiende"... (Comisario) "Pero a una esposa no se le retuerce el brazo sin usar la violencia, aunque sea en su noche de bodas" (Carluccio perplejo) "Y entonces, ¿dígame, señor comisario, qué debo hacer?" (Comisario) "Respetar los deseos de su esposa, si no nos veremos obligados a intervenir"... (Carluccio, atolondrado, repitiendo como un autómata) "¡Ah. sí! A intervenir. Está bien, señor comisario, está bien, todo volverá a la tranquilidad y al silencio, buenas noches y gracias por todo... Que vergogna, que vergogna!!" (Exclama Carluccio ya completamente fuera de sí, ante la mirada indiferente y vencedora de Roberta, su fiera sin domar, que ya no cesaría de exponer sus inaceptables experiencias matrimoniales al ludibrio público).

El doctor Manfredi naturalmente no se mostró sorprendido una vez Berardi le puso al tanto del patético vodevil en que acabó convirtiéndose no tan sólo su luna de miel, sino también las despectivas salmodias con que la joven Roberta impidió, durante aquellos tres meses de matrimonio, conciliar sus deberes conyugales con él [y que para ella no significaban más que la ominosa cursilería de un romanticismo a cuyos efectos fulminantes por parte del marido se había sustraído sin el menor recato ni remordimiento, dando sobradas pruebas de que su rechazo carnal hacia el sexo opuesto no obedecían a una atildada malicia femenina, ni a enjuiciables elementos contra natura, ni a desviacionismos debidos a trastornos por aversión al sexo o a frígidas perseverancias de su condición femenil, sino que irremediablemente la remitían hacia las naturales limitaciones impuestas genéticamente en su nacimiento y que, tras aquella insistente fobia a toda actividad sexual con el hombre,  ya no cabía más  firme diagnóstico que el de una evidente disforia de género]

Berardi Carluccio, ya casi sin respiración, palidísimo, aunque exhibiendo esa sonrisa candorosa que para él, pese a sus constantes expresiones gimoteantes, consistía en demostrar una actitud lo más cercana posible a su dignidad masculina, y aunque acharado, se atrevió a inquirir al doctor Manfredi:

-Pero, ¿tendrá cura, verdad, dottore? ¡Mi Roberta! La mia cara Roberta!!... En fin, ¿por qué tanto drama, verdad, dottore? Confío en que tan sólo se tratará de una indisposición pasajera... ¡Esas manías de Roberta, esas locuras de sentirse... ¡Aooo, me niego a repetirlo! ¡Todo eso no se trata más que un capricho ridículo...!

-No, amigo mío - le ofreció una cálida mirada de comprensión el doctor Manfredi- No se trata de un simple capricho. Su Roberta, acéptelo usted, es en realidad un hombre. 

-¡No, no puede usted afirmarlo! ¡Aooo!... No acepto que me diga usted estas cosas!- estalló de pronto Carluccio- ¡Roberta es una mujer,... es mi mujer!... ¡Y se curará...!

-No hay más cura que una obligada operación...- se mostró taxativo el doctor- Roberta debe someterse a una cirugía genital masculinizante. Su reasignación sexual de mujer a hombre no puede ya demorarse. Debe usted aceptarlo, señor Berardi, y no seguir sumido en esa especie de sonambulismo romántico que ha dado lugar a una boda del todo inexplicable, que ha generado las amargas desavenencias que usted tan explícitamente me ha expuesto, y que usted, amigo mío, ha seguido aceptando con los ojos vendados frente a la más palpable de las realidades. Roberta debe adecuar su cuerpo, mediante la cirugía, a su verdadera identidad de género, y que no es otra que la de sentirse el hombre que en realidad es.

Berardi Carluccio se alzó de pronto, como quien se despierta bruscamente de una pesadilla, y con el terror pintado en los ojos, empezó a lanzar frases incoherentes que se atropellaban en sus labios mientras abandonaba el despacho del doctor Manfredi y corría enloquecido hacia la habitación en que Roberta se hallaba hospitalizada:

-¡¡No!! Amoreeeeee!! ¡¡¡Roberta, cara, me arrojaré en tus brazos, aooooo, me pondré de rodillas, haré todo cuanto tú quieras...!!! ¡¡No lo hagas, Roberta, Robertina... vuelve conmigo!!

Medio hospital salió en pos del enloquecido Berardi, que tan pronto entraba en una habitación como salía de otra, tratando de hallar a su mujer. Cuando, finalmente, se encontró frente a ella, su bigotuda suegra se interpuso entre él y su hija:

-¿Qué has tratado de hacerle a mi desdichada hija, sátiro violento, asesino, mascalzone? - Y le abofeteó delante de las dos enfermeras que entraron tras él. Y es que la injusticia, como el mundo, no es más que un pañuelo.

Berardi, sin inmutarse y lanzándose sobre la cama, estremecido de impaciencia, tan grande eran sus deseos de tocarla,  siguió profiriendo sus sentimentales ayes de incomprensión, tan dolorosos como peripatéticos:

-Roberta, cara!!... Robertina!! ¡Perdóname, aoooo, perdóname!! ¡No te dejes engañar! Tu sei la mia cara moglie!! ¡Tu madre, el dottore, tratan de volverte loca!!... ¡Escúchame...! ¡Tú no eres un hombre, tú eres...!

-¡¡¡No me toques, imbecille!! - fue la única bienvenida que Carluccio obtuvo de ella- ¡Quitádmelo de encima!... ¡Mascalzone, cerebro de chorlito, cavernícola, pagliaccio! ¡Claro que voy a operarme! ¡Yo me siento un hombre! ¡Quiero ser un hombre,... y meterme a soldado!... ¡Fuera de mi vista, cretino, tus deseos machistas me hacen vomitar! ¡¡Yo no soy una mujer, yo no soy una mujer!! ¡¡Quiero ser soldado!!...


Gerardi Carluccio vivió durante los cinco meses que siguieron a la hospitalización de Roberta la más sombría de las depresiones al encontrarse acorralado por un insoportable desasosiego tan espiritual como carnal. ¿Qué quedaba ya de la moral en su mundo tan inmutable y personal? Su amada Roberta, frente al dictamen  exhaustivo del doctor Manfredi en lo que a su equívoca identidad de género se refería ya no tendría excusa alguna para seguirse comportando de aquella manera para él tan irresponsable, porque debía aceptar la certeza de que la bella joven que había sido su esposa pronto no sería más que un bello ragazzo, soldado además por si fuera poco. Nicoletti Roberta había transformado el tan cacareado Raciocinio humano [en su más puntual acepción] en una única razón para seguir existiendo: ¡la de convertirse en hombre! Nada probaba que fuera justo. Mas siendo verificable a través de los sentidos, no se trataba, pues, de una defectuosa ley de nacimiento como tanta homofobia reinante se obstina, todavía hoy, en aseverar. Carluccio había vivido siempre inmerso en la visión más clara de esos dos conocimientos que convierten nuestras necesidades humanas en la única medida de lo Absoluto: el cuerpo que siente y la inteligencia que percibe, pero sin sensaciones confusas que induzcan, como ya se indicó, a leyes naturales defectuosas. Y por eso mismo había caído irremisiblemente en el abismo espantoso del escepticismo. La multitud sigue invariablemente la rutina, obvia los criterios diferentes, y en especial el del sentido común, más idóneo para las minorías, que son las que aportan siempre todo tipo de progreso. Y así, en cuanto a la Evidencia, desde que el mundo es mundo, negada por unos, afirmada por otros, se alza siempre triunfante la Revelación, a veces espesada por tinieblas, pero aclarada por la Lógica. Las pasiones amorosas como la de Berardi Carluccio son, en efecto, inclinaciones legítimas, pero al exagerarlas, se les llama egoísmo. No hay, por tanto, percepción racional que no presente escollos a la inteligencia. Hoy por fin estos acontecimientos han alcanzado la simplicidad necesaria para que la sensibilidad física pueda darse todas las tortas que quiera con la sensibilidad moral de la masculinización y de la feminidad. Y esto ya no debe asustarnos. Pero Berardi Carluccio, siguió inmerso sin remedio en su único y admisible "yo", y en el hipocondríaco rigor de no admitir otro universo posible salvo el de sus obsesivos sentimientos románticos, y en el cual no tenían cabida ni las más ínfimas modificaciones. Y ya puestos, [por amor a Roberta], continuó renegando de tanta idea espiritual como en la que había sido educado, aceptando únicamente las nociones internas de la sensualidad con que nos alimenta la materia de la que estamos hechos.

Y por todo ello, sin encomendarse ya ni a la bondad de dios [dado su desaforado y bien nutrido instinto romántico y no menos pasional] anduvo Carluccio a la búsqueda todavía de cuantos recursos posibles pudieran auxiliarle sentimentalmente hablando. Tenía ahora el talante macilento de un hombre depravado pero desgastado, y aun sabiendo que ya Roberta no existía para él, atisbaba ahora un segundo tiempo de oportunidades, como un tigre casi agonizante, pero que no tenía por lo pronto la menor intención de morirse. En consecuencia, Berardi Carluccio, presa fácil de aquella estupefacción que le había derribado moralmente, arrebatado por una especie de masoquista embriaguez, y sintiéndose, sumergido, ahogado casi, bajo un mar de veneración tan patética como sensiblera que lo seguía arrastrando hasta la imagen reverenciada [ya inexistente] de la que una vez fue su juvenil, bellísima y amada consorte, pasado ya el sexto mes de su separación, se aferró a una definitiva esperanza: averiguar el oculto paradero de Roberta.


Antes de iniciar sus desequilibradas pesquisas acudió al abogado que había tramitado su divorcio, quien, lejos de prestarle su ayuda, empleó la varita adivinatoria de un sabueso para quien todas las virtudes son dudosas, y le lanzó el garfio de sus objeciones, aconsejándole que se alejara ya de una vez de aquella especie de agotador delirio en que el despechado ex marido se debatía: “Recupere usted de una vez el equilibrio, caro señor Berardi. El equilibrio lo es todo, y usted no hace más que andar oscilando sobre un horrible vacío infranqueable”.

Y el padre Constantino, desolado ante aquella floración de tan voluptuoso trastorno sicótico como el que de nuevo aquejaba a su pupilo –que tras una especie de muerte fálica en toda regla se emperraba otra vez  por recuperar la que había sido su única e irrenunciable pasión amorosa- insistió in senso biblico que no sólo debía guardar la debida compostura moral tras la triste contingencia de su fracaso matrimonial, sino que frente a tantas “verdades defectuosas” como las que convierten la existencia en una diabólica diversión tan maligna como peligrosa debía ante todo: “¡Volver a Dios, caro figliolo! ¡Volver a Dios!”, porque date cuenta Carluccio de que estás proyectando una visión aterradora  sobre tu vida futura si te empeñas en seguir engañándote más y más” Pero todo razonamiento fue inútil. Y Carluccio decidió entonces reanudar la búsqueda de su ex mujer recurriendo a un detective privado.

El acceso al cuartel en que se había incorporado al servicio militar voluntario el ahora recluta Nicolo Roberto fue a partir de aquel sexto mes una sede militari vigilada domingo tras domingo por el infortunado Carluccio [encrespada ya su vida con el dolor lacerante del creyente para quien su alma había muerto definitivamente] Todo ello significaba enfrentarse como el sentimental frustrado que en realidad era a la visión aterradora de aquella realidad última, externa, consciente y omnipresente de la desaparición del plano femenino de su amada Roberta. Por fin, aún caliente la pasión en su corazón, en una de aquellas tardes en las cuales los soldados iniciaban su paseo de esparcimiento dominical por Roma, y entre dos compañeros de milicia apareció Nicolo Roberto. Carluccio, que aguardaba impaciente frente al cuartel, volvió a estremecerse de deseo. Y más allá de cualquier toque de responsabilidad moral, siguió a los tres jóvenes con una obsesiva oscuridad en su mente:

-Roberta, cara!... Guardami, ti amo, ti amo!...- exclamó Carluccio, los ojos y la boca abiertos en un transporte abrumador. 

Y frente a aquella realidad absurda, emancipados de nuevo los polos más oscuros de la energía pasional que de nuevo mostraba Carluccio, sonaron divertidas las risas irónicas y divertidas de los tres soldados.

La resistencia activa de Nicolo Roberto frente a aquel cuerpo casi de monigote en que se había transformado su ex a los ojos del joven dio pié el drama final, porque Berardi Carluccio experimentó un impulsivo instinto de ataque. En un momento, alrededor de los soldados y de su perseguidor se apretujó la curiosidad ciudadana. Las voces y las risas del gentío, formaron una especie de rugido horrísono. Pronto aparecieron los carabinieri.

-¡Atrás!... ¡Apártense!... ¡Tenemos que llevarnos a este loco!...

Volvieron a retumbar gritos de angustia:

-¡¡Roberta!! Amore mio! Ti amo, ti amo...!!... Ascoltami!!...

La  red de voces ocurrentes y guasonas se extendía ya entre aquel barullo humano y automovilístico. Unos a otros se transmitían el disparatado suceso. Un joven militar y su novia inquirieron:


-¿Que ha pasado?... 

-¿Han arrestado a algún ladrón?...

-Nada, que han detenido a un loco que pretendía besar a un militar.

-Un finocchio!...

-Que schifo!...
















 


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domingo, 9 de abril de 2017

Carme Chacón: dolor y conmoción política

MUERE CARME CHACÓN 

[Madrid, 9 de Abril 2017]



 Tassilon-Stavros

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 "Ofrezcamos entusiasmo a los seres perseverantes, y en especial eternidad a los que son eternos" [Heraclito]
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Quiero expresar mi despedida sin insistir en testimonios del ayer, sin medir ya ningún tiempo. Pero dejaré siempre entornado el postigo del recuerdo para que el ímpetu noble de ese corazón, que ahora ha dejado de latir en el ocaso de las horas, no pueda desvanecerse nunca en la sombría indiferencia del olvido.

A Carme Chacón, conciliadora de compromisos y devociones,  la  vida, como una dolorosa extenuación, le volvió la espalda de repente, en una casa silenciosa y cerrada. La muerte la ha querido a su lado, y nos queda la duda dolorosa de si habrá sido apacible y misericordiosa. Y ahora consternados, es difícil imaginar un presente sin ella. Nos ha dejado con una leve protesta de ternura porque no podía esconder que amaba este país sin resabios entre los tumultos del despecho. Son muchos, pues, los hombres y mujeres que le agradecerán y alabarán siempre tanto amor.

Y ya no tenemos más remedio que llorar porque perplejos hemos tenido que asistir, tras la víspera de su llegada a Madrid, a la dura servidumbre del peligro que acechaba su salud. Triunfó un despiadado diagnóstico, que ha dejado rota su maternidad. Si nos fuera dado vivir horas apócrifas, las pesadumbres del mundo aún palparían su fortaleza e inteligencia. Fue generosa, justa y luchadora. Puso elogio a la beldad de las grandes palabras. Lejos, pues, de ella las espadas viejas, que a veces se han blandido vengadoramente. 

Su sonrisa y su voz nos roció siempre de franqueza, atendiendo y entendiendo con generosidad y una irrepetible mesura fraternal, como mujer de raza e hija del pueblo que tanto amó, que había acertado en su verdadero designio de solidaridad con el duro mundo político. Ha sido una atrocidad más de la vida arrancarla a sus cuarenta y seis años de las sendas que encienden las emociones de los días por vivir, y que nos mantienen en una conciencia perfecta de que, aunque tantas veces nos turbe el oleaje sombrío de las dificultades, podamos reavivar, entre sueños plenos e inefables, las palpitaciones de una nueva vida compensadora.

He querido meditar sobre estas cosas, mientras como tantos de sus compañeros del "Partido Socialista Español y Catalán" [PSOE-PSC] la lloran frente el trance siempre desconocido, cruel, incomprensible de la muerte. Y ahora que la noche inmensa se ha apoderado de tu vida, yo quisiera que de todos los balcones de España, querida Carme, cuyo corazón herido guardaste en tu oculto jardín de entereza, descendiera una eterna lluvia silenciosa de flores. D.E.P.

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