viernes 23 de octubre de 2009

El gran secreto de H.G.Wells






Autor: Tassilon





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EL GRAN SECRETO DE H.G.WELLS

PARTE II -I-



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LONDRES - FEBRERO DE 1890-
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La niebla, atravesada por la débil reverberación de las farolas de gas, se recortaba en espesas láminas frente a las fachadas blancas de Westway Street, en las proximidades de Kesington Gardens, donde la atmósfera helada recogía el rumor confuso, cavernoso, de las arboledas enceradas por la perseverante calígine. El boulevard se hallaba completamente desierto. Aquella noche desaparecería para siempre Herbert George Wells.

Mrs. Higgins, pese a haber sobrepasado ya la edad de las emociones ingenuas, no podía evitar sentirse en todo momento atrapada por aquella especie de fascinación que su señor ejerciera sobre ella. Sus palabras fluían misteriosas y sucedían a sobreexcitados razonamientos incomprensibles; y las consideraciones individuales a abstrusos temas filosóficos. Jamás criticaba ante nadie la habitual inestabilidad temperamental de Mr. Wells. Sabía que a lo largo de aquellos años había sufrido grandes decepciones, lo cual no le impedía dedicar casi todas las noches a sus ingentes estudios. Sus investigaciones le absorbían. No obstante, el mundo seguía sin ensalzar sus más que posibles adelantos en las ciencias. Por ello cuando decidía terminar la noche en su domicilio, Mrs. Higgins sentía gran alivio. Herbert odiaba el horizonte limitado de Londres. Y eso le entristecía. Necesitaba su laboratorio. Noche tras noche, volvía casi extenuado, reafirmado en sus disgustos, confuso a veces, ansioso de soledad. Y entonces la miraba entornando con aire misterioso los pesados párpados, los ojos resplandecientes, las ventanillas de la nariz constantemente dilatadas, y los labios apretados, como si en realidad tuviera miedo de dejar escapar algún secreto. Pero era aquella su mejor imagen: la del combatiente de la obstinación que ha sabido dejar zanjada cualquier cuestión que se le pusiera por delante. Jamás se arrepentía de su inflexibilidad y de su abulia, prueba palpable de que la monotonía de las reuniones a las que asistía le resultaba odiosa.

En Mrs. Higgins se evidenciaban también grandes aptitudes para adaptarse a los extravagantes moldes de la insondable psicología de Mr. Herbert George, que, según la buena mujer, no era más que el palpitante relieve que el exceso de inteligencia crea en el cerebro humano hasta que su latir acaba por desembocar en la locura (quizás su mayor temor, pese a la veneración casi religiosa que sentía por su señor, era que, en muchas ocasiones, no podía evitar pensamientos tan odiosos como los que le asaltaban de continuo: una tortuosa certeza que se agitaba en ella como amenaza de tormenta, y que permanecía ya casi enquistada en su mente, fermentando perniciosa en la convicción de que la presentida locura de Mr. Wells iba en aumento).

Aquella última noche el intercambio de miradas de estupefacción entre ambos no le había resultado a la siempre fiel ama de llaves más fulminante que otras veces. Se hallaba ya habituada a sus espasmos nerviosos, al eco demoledor de sus palabras encolerizadas, a sus exageradas peticiones (que no siempre guardaban la debida compostura) de no desear ser importunado bajo concepto alguno, una vez se hallara en su laboratorio. Y ella respetaba siempre aquel vislumbre proceloso que, en consecuencia, descubría, sin asustarse, en sus ojos turbios. Probablemente todo se debiera a la fatiga constante que detectaba en sus pensamientos. Voraces complacencias que favorecían, o quizás enriquecían (opinión de muchos de sus colegas de la "Debating Society Londinense"), el desorden de su mente.

El inquieto espíritu de Mr. Wells poseía también el marco más extravagante del monólogo en el anaquel de las curiosidades que presidiera su existencia. Y con él, se decía para sus adentros Mrs. Higgins, toda incredulidad acababa por afianzarse. Su expresión era insolente. Podía ser el profeta ideal para convertir a los tontos. Y ofrendar conciertos (que provocaran siempre el asombro) sin instrumentos, salvo, claro está, el de su lengua. Se había pasado media vida, se decía su fiel ama de llaves, "por lo menos desde que yo entré a su servicio", desahogando sus resentimientos mientras cenaba:

-¡Todo, ¿me oye?, todo me importa un bledo!... Y por encima de ese todo, ¡Londres! Detesto esta ciudad.

Estos cambios de humor resultaban intermitentes:

-¡Bah, todo puede agitarse, ... y todo pasa!- Exclamaba al cabo de un minuto de reflexión: -¡El sol... inmóvil, pero precipitándose hacia la constelación de Hércules!... Sabios, ¡¡ ja !!... Yo venceré al tiempo... ¡Ya verán entonces estos imbéciles!- Metía la mano en el bolsillo donde tenía la pipa.

-¿Desea fuego, Mr. Wells?- Ofrecía Mrs. Higgins.

Pero su señor se hallaba ya junto a la cristalera, corriendo las blancas cortinas de calicó adornadas con una rimbombante orla roja, y observando, en las noches más brillantes, el alto cielo londinense tachonado de estrellas. Y así hablaba, de pie frente al ventanal, observando los astros:

-Mírelas, Mrs. Higgins, refulgen en grupos, otras van alineadas, y otras, como yo mismo, brillan solas. El polvo luminoso se bifurca sobre nuestras cabezas... Observe como, a veces, están separadas por grandes espacios. ¿No le parece el firmamento un negro mar, con millones de archipiélagos,... islas por descubrir?...

-Es verdad, Mr. Wells, qué cantidad tan inmensa de estrellas- Asentía sin dejarse trastornar por su señor, la embelesada ama de llaves.

-Y no las podemos ver todas... Millones de ellas se ocultan tras la Vía Láctea, copando las nebulosas, y tras esas nebulosas, aún hay más, y más... ¿Sabe usted lo que es un miriámetro, Mrs. Higgins?...

-Pues no, señor, yo...- Permanecía dubitativa y no menos ansiosa de aprender la buena ama de llaves.

-No importa. Suponga usted una yarda... un simple metro, aunque no del todo exacto, en el continente europeo. Trate de imaginar esa yarda multiplicada hasta el infinito. Es una medida que podría producirnos terror... Millones y millones de yardas. Y la más cercana de ellas está separada de nosotros por trescientos millones de esos miriámetros... de esas yardas... ¿Quiere saber cuál será mi verdad?...

-¿Su verdad, señor?

-Mi verdad- Seguía extasiado Herbert- Mi verdad es que yo recorreré esos trescientos millones de miriámetros... Osa Mayor, Osa Menor, estrella Polar, Casiopea, mi centelleante "Y": Shedar, Caph, Cih, Ruchbach, o la fulgurante Vega de Lira... y mi roja Aldebarán, ... esperadme... ¡Y al diablo el resto! ¡Tendría que ser un perfecto idiota si me esclavizara aquí, a este mundo absurdo, a estos sabios mediocres. Lo mío será una emancipación,... casi un desquite. Y cuando yo no esté, ¡ ja!, ¡qué sigan preguntándose! Me volvería loco si no fuera capaz de prolongar la existencia del tiempo y dominarlo...

¡Todas aquellas reflexiones resultaban tan incomprensibles, tan extravagantes!

Asomaba una risa irónica y asqueada en el rostro de Herbert, y alzando el puño, por el que asomaba su apagada pipa, se explayaba de nuevo:

-Londres, tu finalidad son las cavernas. ¡Ahí habrás de permanecer siempre! Yo viajaré hacia la majestad de la Creación, ... y mi éxtasis será infinito.

Entonces Mrs. Higgins, que jamás dejaba de sentirse encantada ante estas confidencias casi voluptuosas (no todas las sirvientas podrían hacer gala de disfrutar de estos arranques de franqueza tan llenos de esa filosofía que Mr. Wells prodigaba en su presencia con intenciones totalmente caballerosas), le veía optar decididamente por retirarse de la sala (le resultaba gracioso porque casi siempre solía desaparecer antes de los postres; postres que luego devoraba con fruición su sobrino), y deambular errático por el gran caserón, hasta acabar instalándose en su misterioso laboratorio, cuya puerta atrancaba cuidadosamente. La usurpación de semejante santuario habría sido la única causa que podría traerle disgustos con Mr. Wells. Ella sabía que aquella estancia preservaba así a su señor de la "apariencia original" que a otros podría sacar de quicio. Se hallaba bien informada por su sobrino de que todas las críticas que sobre él se volcaban en Londres no eran más que el resultado de la más pura envidia.

Mrs. Higgins que jamás interfería en esas anomalías del comportamiento constantemente observado en Mr. Wells, y que, como se dijo, para ella no eran más que síntomas muy claros de esa, ... no sabía cómo llamarlo, quizás "afección mental" que, al parecer, siempre comportaba la genialidad, se deslizó silenciosamente aquella noche, como una brisa susurrante que recorriera el lustroso pavimentado de la gran mansión, rumbo a sus aposentos: cocina, gabinete y dormitorio, situados en el ala oeste de la casa. Las palabras de su señor, aun siendo secas y estrafalarias, bien que respetuosamente mesuradas, parecían brotar, en especial tras aquel anochecer helado, casi tempestuoso, de la eterna fiebre cogitativa que abrasara por lo general sus pensamientos. Lo único que le aterraba en aquellos momentos era la sensación de total soledad en que se hallaría toda la noche, una vez Mr. Wells se encerrara en su laboratorio. Su sobrino había estado allí aquella tarde, marchándose hacia las ocho. Era un encantador, inteligente e incondicional admirador del gran Herbert George Wells. Joven de dieciocho años que se apodaba a sí mismo graciosamente Mr. Mohorising, y que se acogía, lejos de su Manchester natal, a la protección de su tía y de Mr. Wells. En su entusiasmo desmedido hacia su benefactor, solía asegurar a Mrs. Higgins, casi asustándola, "que la substancia intermediaria entre el mundo y el genial Mr. Herbert acabaría obrando sobre la materia inerte de los asnos (el resto de mortales que habitaban Londres) como una imponderable suerte de electricidad, magnetizándolos más pronto que tarde"

-Es el mayor prestidigitador del genio que hoy habita en esta horrible ciudad, neblinosa, lluviosa, fría, antipática, y donde no hay más fuegos de lucidez que los del cementerio, los fuegos fatuos que se pasean sobre los muertos y les hacen revivir.

-No digas esas cosas, criatura. Tus invenciones me producen escalofríos.- Profería Mrs. Higgins, poniéndose muy seria.

-Que sí, tiíta, que es verdad. Las pruebas de aparecidos son innumerables. Lo dijo un día Mr. Ik Hitchcock. Hasta aseguró, lo oí muy bien una tarde en una de las reuniones de la biblioteca cuando trataba de explicarles a Miss. Dawn, Miss. Mandy y a Miss. Light que cuando somos víctimas del terror, nada importa que lo que creamos ver sea tan sólo una apariencia. La cuestión es ser capaz de producirla.

-A Mr. Ik le gusta mucho ponernos los pelos de punta.- Aseguró Mrs. Higgins- No es que me disguste que pertenezca a Scotland Yard y que todavía ande intentando descubrir a Jack el Destripador,... y hasta estoy por jurar que lo conseguirá. Pero... las historias que cuenta resultan espeluznantes.

-Pues a Miss. Mandy también le gusta ese mundo de misterio y muerte, porque escribe relatos sobre brujería, y Miss Light se llama a sí misma alguna que otra vez "soy una bruja". Por cierto, que Mr. Ik ha publicado esta semana en el Times algo escalofriante: un relato que se llama "Polvo" con tumbas, sangre, gusanos, muertos y calaveras. ¡Es divertidísimo!

-Pues a mí no se te ocurra explicármelo, que luego tengo pesadillas. Prefiero las historias que publica Miss. Dawn. Me divierten tanto sus ocurrencias románticas que siempre acaban con finales tan ingeniosos, como aquel de hacernos creer que una pareja estaba muy enamorada ¡de otros! ¡Qué graciosa!

-Pues quieras o no, tiíta, los muertos se aparecen.- Volvió a las andadas Mr. Mohorising- Aunque, según Mr. Herbert y Mr. Lazar, que es muy irónico también, jeje, antes de llamar a un muerto es necesario el consentimiento de algún que otro diablo. ¿Por qué te crees tú que hay tanto fantasma suelto y tanta mala fe entre los hombres? Pues, por eso, porque hay más muertos que vivos, y para que haya vida han de haber demonios-Trataba el joven de restablecer su histriónica teoría- Y por eso Mr. Herbert, que es un genio, y está por encima de tanto vivo y tanto muerto, se ríe de todos ellos- Aseguraba luego como adolescente bienhechor prematuramente capacitado para revelar ciertas verdades de mundos superiores a todos aquellos que, según él conjeturaba, no rebasaban los límites de la más primitiva naturaleza- Sus principios filosóficos son geniales, tiíta. Lástima que no los entiendas. Y su superior inteligencia le convierte en el más acreditado centinela y ascendente cometa vanguardista de cuantas maravillas habrá de deparar a la ciencia el venidero siglo veinte. Sus "secretos descubrimientos" todavía no desvelados- Insistía entusiasmado el joven (que con toda probabilidad repetía lo que, a no dudarlo, había oído referir alguna vez a Mr. Zenon Riverstown, sofista renombrado por aquella época, gran admirador de Herbert George, asiduo visitante de la casa, y a cuyas conversaciones en la gran biblioteca de Wells asistiera embelesado, siempre que se le permitía, el joven Mr. Mohorising)- van, y esto es un ejemplo para que tú me comprendas, querida tía, desde nuestro ya fenecido cabo de vela, que fue substituido por la lámpara, a la lámpara que tienes ahí en tu mesa de costura, y que será substituida muy pronto por la corriente eléctrica. Y esa corriente eléctrica que, olvidando el fósforo, nos abrirá la luz en el siglo veinte, será el cerebro de Mr. Herbert,... la gran bóveda bajo la que nos cobijaremos todos junto con sus conocimientos más excelsos. ¡Sus milagros serán innumerables! -La mirada extática del joven turbaba de nuevo a su tía- Mira, tiiita, ¿ves?... Mira la calle... - Dijo señalando la cristalera, tras descorrer sus amplios cortinajes rosáceos.

-¿Ver? ¿Y qué tengo que ver?... Yo no veo nada, criatura- No dudó en contestar Mrs. Higgins sorprendida.

-Pero ¿quieres mirar?- Insistió el joven, agarrándole con fuerza el cuello a su querida tía, para que observara de nuevo más allá del gran ventanal acortinado de su gabinete- Mira, mira, tiíta,... asnos, caballos, bueyes... ¡Londres! ¡Viento! ¡Niebla!... ¡Asesinato y muerte! Acuerdate, jeje, que Mr. Jack el Destripador aún corre por ahí haciendo de las suyas.

-¡Niño, que me vas a ahogar!- La obstinación de su sobrino causaba ya en Mrs. Higgins una especie de jocoso espanto- Y ya te he repetido miles de veces que no me gusta que me metas el miedo en el cuerpo. ¡No seré yo quien salga por la noche! ¡Bueno está Londres con ese monstruo suelto por ahí!... Entonces ¿qué es lo que quieres que veas? Si lo único que se ve es eso, ¡qué horror!, niebla y nada más que niebla. ¿Dónde ves tú los burros y los bueyes? Quizás, esforzándote mucho, alcances a ver algún caballo.

-¡Los veo, querida tía, los veo!- Se rió Mr. Mohorising- Pero veo más burros y bueyes que caballos. Y veo,... y el mundo entero tendrá que verlo también,... veo a Mr. Herbert, un ídolo que resplandecerá como visitante de una lejana mitología y cuyos ojos, ojos de un dios, se iluminarán con luz eléctrica.

Mrs. Higgins, espeluznada también por aquella tremenda imaginación de la que hacía constante gala su sobrino, se convertía ahora, aterrorizada, en receptora de aquella herencia de "sustancia mítica y casi demencial" que provocaban tales fermentos "filosóficos" (juzgaba ella) en su mente: las enseñanzas enfebrecedoras de Mr. Wells.

-Y ahora, tiíta querida, déjame dos o tres libras, que estoy sin blanca... y me tengo que ir "ipso facto" porque tengo una cita ineludible.

-¡Bueno!, es que no doy crédito!- Se escandalizó Mrs. Higgins descubriendo el juego burlón de su sobrino- Mr. Wells podrá convencerte a ti de todo lo que quiera, pero tú a mí ¡no!...

-¡Venga ya, t...!

-¡Que no!

-¡Ah, tú eres grande!, hermana mayor de mi madre y yo...- Le estampó el joven un sonoro beso- os quiero tanto, Madame.

-Confórmate con dos libras y se acabó- Le dio el dinero por fin su tía con expresión resignada y complaciente en el fondo.

-Lo que he dicho, Madame, sois grande, digna joya de esta gran mansión del saber.

Tomó Mr. Mohorising las dos libras, hizo un glorioso saludo y desapareció.

-¡Granuja!- Exclamó divertida Mrs. Higgins.

Sumida ya en el silencio de su gabinete, tras entregarse a sus incansables trabajos de bordado, se quedó traspuesta. El fuego de la chimenea concedía una ardiente pesadez al aire de la estancia. Emanaba de la misma el tibio perfume que despedía el crepitar de la leña y que calentaba sus mofletudas mejillas, exigiéndole una especie de acrecentamiento a su molicie (cuando Mr. Wells no requería sus servicios) Y, en consecuencia, por costumbre, acababa abandonándose todas las noches, tras la costura, a la hipnotizadora y desordenada florescencia de las llamas. La habitación giraba y giraba de inmediato, y ella, como sorprendida por una fiebre languideciente, se quedaba profundamente dormida. El ventanal daba a una avenida trasera al caserón cubierta de frondosos olmos, cuyas copas, perfectamente adaptadas a la humedad de la vida londinense, se balanceaban todavía entre la niebla, violentamente impelidos por el viento.

El amplio butacón de Mrs. Higgins, situado frente a la parte trasera del boulevard de Westway, gozaba, como se indicó, de la alameda de olmos que ahora se perfilaban tan sólo como una gran mancha negra aterciopelada por aquella especie de cielo bajo o humo albo de la niebla por entre cuya superficie sobresalían. Todas las estancias, incluida su gabinete, se hallaban completamente cerradas. Tanto ella misma como su señor sentían verdadero terror hacia las corrientes de aire. Aquella mañana había encerado, además del gabinete, gran parte de la enorme casa. Y ahora el viento jadeaba sobre la inmensa pizarra del tejado, removiendo la inacabable hojarasca que, proveniente de Kesington Gardens, se amontonaba en las calles enverjadas, y una capa de polvo imposible de combatir, pese a la humedad exterior, y para disgusto de Mrs. Higgins, filtrándose por los más inaccesibles recovecos de la mansión, se había instalado de nuevo en cómodas, butacas, mesas, daguerrotipos, cortinajes, etc.

-"¡Qué situación abominable!"- Pensó Mrs. Higgins, utilizando el término que para ella mejor dibujaba y agrandaba las dificultades con que se significaba la siempre inacabable y fastidiosa limpieza de la casa- "Estas ventoleras londinenses son (redundó en su expresión) una verdadera abominación... Mañana habrá que empezar de nuevo..."

Pero el sueño ya la había vencido. Era medianoche. Londres dormía. Y por ello fue todo una sorpresa, pues, entre el infinito silencio que cómodamente se instalara a lo largo y a lo ancho de Westway Street, torciendo hacia la puerta principal de la fachada, brillaron dos faroles en la niebla, y un negro cabriolé se detuvo frente a ella. Del coche descendieron, como repentina aparición vespertina, Miss. Miranda Dawn, la conspicua abogada de Mr. Herbert George Wells, en cuyo rostro jovial y atractivo corrían pareja la siempre agradecible compostura que recupera los derechos más inalienables de la inteligencia cuando ésta viene expresada a través de la cordura y de la reflexión; y como antídoto a esta idea preconcebida del respeto, tan presente en el ejercicio de la abogacía, y que todo servidor de la ley y el orden "debe a la mundanal ignorancia", Miss. Dawn se concedía también uno de los giros más nobles que aportar se puede a estos principios: el más encantador de los fanatismos propendentes a la alegría sin cortapisas. Iba elegantemente enguantada, luciendo un desbordado vestido de los llamados mozambiques y una capa de abrigo de medio cuerpo, bajo la cual sobresalían algunos discretos encajes, punto Alençon, puestos de moda por Valenciennes. La acompañaba Mr. Zenon Riverstown, sofista famoso en Londres, como ya se indicó, de aristocrático porte, enfundado en un distinguido paletó o gabán de negro paño, y cuya reputación se reafirmaba, además de en sus caballeorosos modales, en el respeto que a todos cuantos le conocían inspiraban sus amplísimos conocimientos en economía social, política, filosofía, bellas artes, literatura, historia, doctrinas científicas (a cuyo progreso había dedicado, junto a su muy admirado Herbert George Wells, un tiempo inmemorial de interesantes estudios), y aunque siempre insistía en que la educación debe ser la eterna escuela del respeto, no le importaba, como buen conocedor (aunque no excesivamente entusiasta) del mundo social londinense (a despecho de tanto diletante empingorotado por el que allí pululaba, siempre envidioso de su prestigio), hacer gala también de su escepticismo frente a los abusos de la realeza; mostrándose mucho más respetuoso y devoto con los "sortilegios miríficos" (así los llamaba él) que a Occidente había aportado el genial clasicismo griego, afirmando convincentemente que todas las lenguas civilizadas derivaban del mundo helénico. Le encantaba así hablar de sus dioses, hacía bromas sobre los ídolos contemporáneos que inspiraban las ambiciones funestas de la gran Inglaterra, y se permitía reírse de la absurda invención del pecado, pregonando de continuo, y haciendo con ello las delicias de sus más conspicuos compañeros de tertulias privadas: "¡Pecado, ante mí y mis amigos, habrás de detenerte, pues mis dioses jamás te conocieron!"... Penetraron ambos en el jardín de la mansión, que debido a la tempestuosa noche, se hallaba en un estado lamentable. Los últimos perfumes hibernales flotaban en el aire húmedo. Mr. Zenon jugueteó un momento con la larga cadena del reloj, y Miss. Dawn, muy agitada, hizo sonar repetidamente la campanilla, cuyo sonido insistente recorrió vestíbulo y salones, como si husmeara más allá de los muros internos ese misterio que encubre el silencio, siempre en busca de las cosas o de los seres ausentes.

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martes 20 de octubre de 2009

El Eremita parte II -X-




Autor: Tassilon





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EL EREMITA PARTE II -X-


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Carga penosa de la carne, si has de prolongar mi momento, llévame despacio hasta el silencio que ha de hurgar en este tejido seco, desvalido y viejo; agigantándose sobre mí, entre mis impulsos exangües; devorando, como al perro tiñoso, el postrer aliento lisiado de su sensibilidad. Y que ese silencio que ha de sumergirme entre sombras que duermen bajo aristas de piedras olvidadas, se eleve como una niebla hacia los blancos terrados de Oriente, entre cuyos vestíbulos complacientes se quedaron susurrando tantas olvidadas promesas de bondad. Escoja de nuevo mi actitud litúrgica la perfección de su ideal, arrastrando mi tránsito, como en un desmayo dulce, sin lágrimas, mis encarnaduras sin vida. Y como solicitadas por las blancas estrellas pensativas, siempre afanosas en su atavío, se suman en un recorrido de vibraciones tornasoladas, como un cuerpo, por su pureza intacto, no profanado su nombre, mecido en su pobreza, y sensitivamente adivinado entre los juncos imantados de algún río. Y que, cuando ya metamorfoseado, yo falte, me ceda así una limosna de tolerancias, que nada tenga de compasión pavorosa, sino que se vuelque despacio en la confidencia de mi desvalido reposo sin alabanzas. Y que sea el mar la única presencia que reverencie mi sepultada intimidad a través de las crines rizadas y venturosas de sus aguas, azul refugio donde mi soledad de anciano hallara tantas veces su paz de caminante y una nueva heredad a sus plegarias, aquellas que rehuyeran palabras de fiebre y de asechanzas.


Palacio callado de la carne, si no has de recordarme tras padecer mi última peregrinación, concédeme el devoto murmullo con que nos rinden las vigilias, para que mis caminos proclamen el sosiego de mi transformación. No he de llorar frente al día desnudo que mis manos enfríen. Que sea el ámbito callado de las inmóviles frondas quien recoja mi piel amarillenta y helada, mi última evocación platónica en este cuerpo inerte. Y que aletee el aire oloroso con la vestidura secular y dorada de mi postrero sol, perdida luminosidad de mis muchos tiempos. Furores implacables y humillaciones rencorosas, jabalinas del destino, a las que ahora dejo mis entrañas abiertas, como tributo de mi marcha, por entre la senda morada de la muerte. Que reciba mi cadáver, como único plañido, el canto acendrado y tierno de las aves. Que la palidez gozosa de mi senectud sus vuelos amortajen. Dejé las arrogancias de mi corazón bajo los techos y capiteles de los templos donde observé el delito entrometido de sus altares engañosos. Ya se cierran mis ojos, una vez recogidas nuevas revelaciones entre los anatemas del escarnio y los laureles limosneros. Descansen mis penitencias, y que no resuene un gemido, porque mi hontanar mana dulce y limpio. Y que, como el mendigo que fui, frente a la sabiduría desleída del mar, descansen eternamente mis despojos.


Último atavío de la carne, cuando desaparezca acogido entre la niebla, sublima mi sombra cual trémulo y frágil lino que entre los verdes árboles se desvanece, sin evocaciones melancólicas, como gaviota extraviada tras el suspiro apagado del poniente. No presidas mi mansedumbre con las orlas del luto, y adivina mi ventura, gentiles sueños y visiones, fuentes que me socorrieron alimentando mis últimos ritos. Ofréceme una alianza de ternura, en cuyo manto albo hayan de quedar envueltas mis palabras y mi nombre, mensaje de gratitud a las églogas bucólicas que jamás sosegaran en mis manuscritos. Queden mis pulsaciones dormidas entre esa magnitud de un mundo en cuya indiferencia anduve perdido; convulsa corriente en la que no hallé más nave que mi choza privilegiada, pero oculto en una foscor lívida y dolida. Imperio de sangre huida. Asísteme en mi última agonía. Deja que mi aliento cansado proclame mis disciplinas entre las labradas tierras de mi isla, frente a la costa de cantiles espumosos que el paisaje ampara y guía; y entre los caminos desnudos, rasgados por los dardos de vencejos, cuando muere el día. Que palidezca mi imagen, una vez inmóvil, como por un milagro sobrecogida. Y que sobre el tálamo marino, oratorio de mis olas, por entre cuya emoción austera cabalgaran mis últimas locuras, jamás temerosas en las tinieblas, siempre impacientes y embebidas por sus vislumbres de luna, suspire como ave adormecida. Y que sea el viento quien llore con su vibración estremecida. Que arrastre el origen de mi sangre, como arrastra las espigas amarillentas de un trigal. Quede mi pozo de luz y musgo en su jardín. Allí hallaréis mi epitafio, altar corroído, viejo refugio, honesta cuna. Y que ese sótano primitivo de mi primera carne robusta guarde aquella dulce palpitación inicial: los siglos de mis ojos, como una limosna eterna de amoríos asomándose desde el brocal.

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lunes 19 de octubre de 2009

El Eremita parte II -IX-





Autor: Tassilon




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EL EREMITA PARTE II -IX-


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Ahora, cuando llamea la descarnada sierra de mi isla, cuyos montículos descienden en peldaños verdeantes hacia el mar, celebro mi abandono, por el ocaso magnificado. Y frente a la llama de mi tierno recinto, hallo una respuesta más justa y sosegada a mi vida. Huye el acecho que la duda de mi voluntad sufriera. Y en el rescoldo receloso de mi conciencia no perdura ponzoña escondida, ni en el frío íntimo que ahora me reprime rumores hostiles oculto. Raigambres sustento de un nuevo alimento. Efluvio de unción matinal en mi postrer promesa difundida. Y mi silencio se alarga. Pero posee plenitud y equilibrio. La presencia del mar es definitivamente mi conversación inseparable. Mi primera mañana en la tierra. Y tras él escapan mis sueños como en un oasis de misterios. Mi memoria no vuelve. Jamás habrá de temer ya los presagios adversos. Me limito a ser una forma. Un acoplamiento ocasional y perecedero a esa ondulante sustancia de aguas verdes. Y aunque en el espacio informe mis ojos se desorienten, el mar me fecunda nuevamente. Es mi protector amanecer rayado de luna, mi vientre materno. Superviviente laberinto del recuerdo. Mi escritura secreta en el Oriente de mi término.


Hasta mi revuelto vergel hibernado se llega, rota y mojada, la fría niebla. Sepulcro embalsamado de la brisa, caprichosa espiral insondable que absorbe la lejana marea de mi playa, malhumorada y lúgubre, entre cuyas olas grises el invierno cabalga, sajándola con sus lanzas. Ahogados en la bruma, en su intento de ver, mis ojos se insinúan, como si se arrastraran esperanzados sobre la distante arena. Pero el hueco oxidado de mi choza, ventanuco que una vez orlaran los lirios, perdió su densidad verdosa, el fermento florido de su estela. Y tras ella, en su mezquina oscuridad, no existe ya altar ni ofrenda. Tan sólo el sueño moribundo de su envejecido centinela. Trae hasta mí la hojarasca convulsa su eterna fábula. Y la última nube azul su extraviada y gélida orla. Perdí el oro del poniente y la mirada inocente de mi luna. Declina hacia la inanidad mi vejez de profeta. Y el viento, vigía insomne que rehuye las tinieblas, muere ante mi puerta. Pero el mar es mi memoria. Y el viento juguete de los dioses. Y aunque Gea y Cronos me sumerjan en su noche, me dejo acunar por la intensa luz de mi vida, sin temer a la verdad que envejece. Y de mi asiduidad peregrina, que hoy muere, aún arranca un ilusionado impulso de poeta.


Así volará sobre el perfume marchito de mis caminos el grito de las gaviotas. Y me acogerá la atmósfera inquieta como a un espectro de hielo. Mi imagen querrá rehuirme, resignada, inexpresiva, coherente con la irónica herida disimulada de mi último duelo. Sé que la proporción y el ámbito jamás me serán restituidos. Y como bálsamo único, aún poseeré la vanidad del solitario, la que me llevó a chocar con el mundo. Si arrastrarme pudiera, yo me deslizaría afanoso, como ave sin graznido, por entre la luz espectral de aquel limbo poblado tan sólo por los lejanos cadáveres de mis reyes destronados, de mis dioses fulminados, que acosarme desean poblando el borde de mi sueño con sus estridentes alaridos. No comprenden que mi oído ya no se confunde en su mentira. Que busco el descanso. Que, como el fuego, me quedé desnudo, enardecido en la llama mística de mis himnos. Y que devorar ya no pueden la serenidad marchita con que me acogiera el dilatado manto, esa ofrenda acrisolada, incomensurable, de mis mares míticos... Cuando Orión, el insinuante gigante rubio, descabalgue, haciendo temblar mi choza y despidiéndome con un murmullo, quedará mi cuerpo dormido y acurrucado como un perro en el suburbio. Y completada tal persuasión, llegará hasta mi puerta una mano tímida, un susurro de inocencia teñido de rojo, una mirada furtiva sin llanto, sin enojo. Un alba melancólica, con el oro cálido y viejo de sus dádivas, dibujando en sus etéreas mejillas enjambres de luciérnagas apasionadas. Y Caronte, como una caracola oculta, me aguardará tras el horizonte de mi embarcadero. Librados de su oscuridad mis huesos, yo me alzaré lentamente, sin pánico, para costear un lago de zafiro. No me convertiré en el pájaro perdido, que, chapoteando en el fango, bate lúgubremente sus alas sin respiro. Yo tengo mi barca y mi remo. Y fui siervo que se humilló frente al trono marino. Y aunque Caronte posea su niebla, su lago negro, yo habré de navegar vestido de lino. Viejo y descalzo, pero como brisa vivificante entre los trigos. Un instante más. Y sin el rigor ni la pompa de los ritos, ya liberado en mi barca, me escoltará un paraje más abierto, un nuevo dibujo de islas entre el silencio. Y brotando del agua, entre cañas y juncos, mi fiesta helénica se purificará en un nuevo equilibrio. Y sin vestido, sin sandalia, con mi cayado, me acogerán columnas y jardines de un tiempo que dura siglos.

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sábado 17 de octubre de 2009

El Eremita parte II -VIII-





Autor: Tassilon





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EL EREMITA PARTE II -VIII-


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De la infancia de mi tiempo persiste la resonancia delirante de los oráculos. Y de la floreciente adolescencia de mi linaje los fulgurantes vuelos de mis breves fantasías, insaciable pureza vivida sin previsión. Yo me sumía en melodiosas percusiones de locos afanes. Y cedí a los súbitos impulsos del deleite que mis anhelos teñían. Tan mágica espontaneidad la promesa del mundo poseía, que jamás enumeré los males. Mas todo era falso. Y rechacé de los dioses todo fruto de invocación. Y los ojos del hombre, los que yo creí mansos y tristes, se posaron iracundos sobre mí. Sus bocas se alzaron para escupirme porque no me humillé ante una frente ungida. Y cuando de su grito implacable mis oídos aparté, el veneno de su sangre vertieron en mi abierta herida.

Arrojado fui al paisaje de piedra. Tan sólo me rodeaba un país desolado y candente. Fueron mis compañeros los alaridos de las hambrientas fieras. Resonaron mis pasos entre sus montes rotos. De los abrasadores delirios de Casandra recibí su torrente tempestuoso. Rozagante peplo en nave negra, noche en la tierra, extraviado bajel del miedo. Y un crascitar de cuervos como afirmación de razas frente a los textos apocalípticos que me engañaron con leyendas y desenfrenos. Excelsas mansiones equívocas, corceles áureos de los variopintos dioses, vasto continente de ciegos atributos. Cosecha injusta de un yermo éter... Guardián no soy ya del oráculo, sagaz palacio que teje el porvenir del miedo. No entono el himno clamoroso que administra sus sentencias, ni adoro los sacrílegos embates de sus fuegos. Dejé mi epitafio tras los vientos del Este: oprobio fue mi templo, sierpe su toga en mi cuerpo, apotegma falsario el esclavizador púlpito de sus mandatos e indultos.

De aquella descendencia escogida soy el intratable amigo de censuras. Mis palabras de amistad son altares poco frecuentados. Solitario viandante entre la oscura niebla. Mis afanes sangran sobre un cetro de dardos y pertenezco a la estirpe de los necios desdeñados. Furor de casta que regocija a los caudillos. Soy la burla retórica, el lancero de irrestañable fuego. Viento y llanto en las almenas de murallas sobre figuras resplandecientes con arneses de guerreros. Onagro de vasallos y príncipes que forjan sus Imperios en bronces y aceros. No habré de llevar sus anillos a mi boca. Dejo el odio entre los hijos de los hombres. No concedo gloria inmortal a sus tragedias y parricidios entre litúrgicos clamores. Con arduo empeño huyo del sendero implacable del crimen. Y persiguiendo lo imposible, cercano a mí el pomo de la muerte, yo arrostraré la vida que me dé el destino. Me dejaré impeler por los soplos livianos del viento. No acompañaré al coro de los dioses, no asistiré al asedio impertérrito de sus traiciones, ni me adentraré en los despóticos oídos de los súbditos, mercaderes tenebrosos que se ungen con la hiel nauseabunda de sus proféticos hedores.

Y esparciendo voy mis miradas más allá de los pueblos tumultuarios, donde medida no tienen los poderes de las armaduras, las preeminencias de los báculos. Buscando caminos que oculten sus santuarios; rehuyendo las escalinatas torrenciales de los mármoles blancos. Desincorporadas de mis viejas claridades de inocencia, el deseo y la tentación. Hago de mi vanagloria un sollozo arrepentido. Y llego desnudo para arrodillarme frente a las aguas, trazada ya la visión de mi nuevo reino, donde todo lo atiendo, todo lo aspiro, todo lo contemplo... Si me buscáis, en la calma de la Naturaleza hallaréis mi casa de oración. En mi rural vereda permanece mi imagen. Mi elemental precepto de amor. Y de las tierras aborrecidas retengo tan sólo este refugio íntimo. La glosa espontánea del hombre que ya no siente dolor. Águila de oro fue mi linaje de advenedizo. Mal y castigo mi vanidoso laurel ilegítimo. Pulso equívoco con el que los hombres ungir suelen sus juicios. Y de la sangre que enfangara mi tierra de luna, aparté la simiente del poder, los impuros triunfos que atraen los cuervos sobre nuestras cruces, siempre ensambladas por los maleficios.

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miércoles 7 de octubre de 2009

El Eremita parte II -VII-




Autor: Tassilon





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EL EREMITA PARTE II -VII-


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Halda de mar entre dos oteros. Patas de loba de bronce. Torreones de calima, sahumerios esparcidos del ocaso. Del molino con techumbre de leña me llega un sendero entre los cáñamos. Arden mis viejas pupilas frente a la holgura. Isla venturosa, salterio que tañe mi descanso. Y en mi huerto, donde la abundancia no resplandece, frente al esfuerzo ahogado de los heliotropos, un único latido receloso se yergue. Sedienta higuera, áspera y rancia, que su verde blandura perdiera. Mendiga de frágil silueta, lengua sin sabores que incuba la miseria y perece. Más fastuoso mosaico no poseo, ni más estirpe credencial que la del ave perdida en melancólico litoral. No pertenezco al estrépito humano. Mi aire desmañado no se abre paso en sus conciencias dormidas. Serpiente soy desplegando sus anillos en palabras de torpe artificio. Ojos recónditos, llaga fermentada en el pantano.


Mas miedo no hay en mi memoria. Cumplida anduvo la desazón del tiempo. Y mi alianza de ternura todo lo alcanza. Labro mi ronda entre los peldaños fértiles de mi desamparo, sin destemplanza. Pero persigo esa tenaz perfección con que la belleza celebra los umbrales de la tierra. Barro pardo, peña roja, pecho en carne viva. Humanidad viscosa que la austeridad y la meditación encierra. Soy la imagen llameante del taumaturgo, que estampa rúbricas de odio frente a otras ofrendas. El convidado siniestro que arruina altares de corrupción. No sirvo a Belo. Rehuyo las danzas de dryadas y pastoras. Pieles viejas de serpientes son mis proverbios sin canción. Ponzoña escondida, enseñas roídas por los buitres. Cautiverios doctrinarios entre huesos astillados e irreconocibles. Mi licencia es soledad. Una necesaria máscara de mi libertad. Hoy, de mi ser, flamante perspectiva. Tiempo y espacio que recogen, como vientos rigurosos de mi abnegación, nueva forma definitiva.


Y así rehuyo el presagio violento que me destierra del vínculo humano. Al rebelarme contra sus dioses, víctima soy de sus resabios léxicos. Juzgan mi escepticismo griego. Mis recursos de sofista. Y mi verdad absoluta es arrojada al inextricable laberinto de otros credos. Y como portador de un pesimista gnosticismo que me destierra de su divina armonía, pervierten mi ternura en sus vigilias de ironía. Y no me aceptan como hijo del paisaje. Todos mis excesos se convierten en pecado. Soy el cuerpo astral de sus prestadas divinidades apartado. Pero yo vivo en mi noche constelada de estrellas. Y redención no busco en el recuerdo de aquellos aljibes, de aquellos acantos en los dinteles y arcosolios de los templos, donde una vez oré a los dioses entre talladas columnas de grifos y delfines, apartándome luego de sus ágoras populosas, de sus memorias que hacían del mal un bien pervertido; de sus cortejos fúnebres, lamentaciones envilecidas de suspiros, murmullos de salmos a los que aunaran aullidos y alaridos.


Dejadme en mis ruinas aisladas. Me oculto bajo los ramajes tiernos como los dragoncillos por entre las espadañas de las pitas. Y si perdí los brazos de las palmas, la pintura arcaica de mis calendarios paganos, la realeza de las cumbres de Oriente y sus óleos pingües, tengo mi barca plana, a la que le pone hechizo mi limpia playa. Y mi porción de felicidad, donde mi fealdad se inflama, y mi mendicidad, escudriñada y maldecida en la actitud ruin que el mundo favorece, posee el brillo inusitado de este dédalo costanero y silencioso que a mí me enternece. Mi penitencia convierto en complacencia, y ascua que no agoniza es mi perdón. La forja de mi padecer no conoce la ciénaga ni el pavoroso miedo. Tengo mi sacerdocio elegido, mi hábito mísero y viejo. Y tras mi ordenada muerte, no esgrimo decepción. Poseo mi arena fresca, y del crepúsculo, mi postrer divinidad viva de fosforecencia, su fiel tonalidad deliciosa. Y el vínculo estrellado de mi isla viene siempre conmigo. Impresión azul de mis cálidas penumbras que transforman mi cautiverio, entre exquisita mesura, en percusión melodiosa.

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viernes 2 de octubre de 2009

El Eremita parte II -VI-




Autor: Tassilon





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EL EREMITA PARTE II -VI-



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Si alguna vez asomara en mis ojos una lumbre torva que aguijara la suave gloria de mi escogido retiro, el claro amor que acaricia mi refugio, la alabada conciencia de mi ventura, se consumirían las estopas de mis lámparas, y cerrando mis postigos, mi verdad litúrgica moriría en su secreto envejecido. Pero antes oiríais mis gritos de discípulo afligido, y el terremoto de mis llantos revolcándose en la contrición de mi último latido. Luego asomaría en el aire un ave negra y hambrienta, visión terrible y definitiva, destacando en el azul, de mi nave a la deriva sobre las aguas vengativas de mi mar. Y bajo su sombra morada, desgarrada mi piel, perderían mis caminos sus contornos, rendidos mis vestigios de tanto huir sin andar. Surco del desamparo, se abrirían mis llagas sobre breñas calcinadas. Cansancio de pesadilla. Horizontes dilatados de una nueva soledad. Y perdida mi isla, mi calentura de Naturaleza, me quedaría sin el tumulto de mis olas de arena, sin los signos divinales de mi mar. Extraviado en un desierto viejo, ladino, entre profecías agoreras y una náusea de constelaciones, como un astro enloquecido, mineralizada siempre toda promesa de regresar.


Alabada sea, pues, mi ventura frente a la exaltada magnificencia de mi pobre imperio rendido. Quede mi gloria entre las anchas noches olorosas de heno, en la miel del paisaje idílico, en los callados días de mi isla, en la querencia del ejido. Desposo mi mirada en el tapiz de las aguas, y bajo las tonadas de las aves erigí mi nido. En mi confianza del bien ya no ostento, de mi juventud, lo vano. Por el ademán de los más pobres me guío. Y entre la mies caída de las garbas hallé mi río. Y si una vez del salmo y de la profecía fui dueño, hoy súbdito soy de las golondrinas y de su oleaje de júbilos. Me pierdo en el barrancal y en la marisma, cuando la gente engañosa me agravia y me lastima. Y si huyo de sus huertos joviales, me interno en mis cuestas y senderos. Frente a las aguas vivas moro. La luz de mi noche es pringue de resina, y tengo un haz de mirra que grana su brasa como el cáliz de un loto en su pebetero. Encarnado me hallo en mi choza como en un friso cerámico. Posee su calma pastoral. Es mi cenáculo caliente, y destila un aroma de molinos harineros.


No os daré mi nombre. Aceptad mi pordiosero corazón, con su paz y su sosiego. Y una vez cegado mi entendimiento a otros deseos, seguiré rehuyendo convicciones gentílicas, aquéllas que exigen la primicia de sus pompas y liturgias. Vanagloria de quienes se aman más a sí mismos que a sus propias vidas. Y oír quiero como un susurro lejano la errante estrella de mis viejas profecías, el tropel hambriento de la guardia bárbara de mis templos, las risas junciosas y halagadoras adheridas a las túnicas de los Basileos, ansias de reyes que originan sangres como simiente de sus letanías. Más fortaleza no tengo que la de mi fragilidad. Es mi semilla menuda, la definitiva estrella de mi soledad en medio de la creación. Y si los afanes de los hombres se precipitan por ciudades, yermos, y templos, yo escapo de sus voces, dejo atrás los siglos de mirada humana, y me desciño del misterio de las generaciones y de las permanentes ansiedades que acometen su razón. Mi santuario interior vive solo, en medio de la salina de la luna. No me queda sino un instante. Un eco entre las piedras. Un ungida expectación en la esencia de mis madrugadas, cuando despierta el rescoldo del fuego terrenal creado para el bien de los hombres. Y después de errar por todos los confines, me despojé de mi manto sagrado, de mis dioses, de sus puertas extrañas... Y ahora poseo un terruño polvoriento, y hasta el mar me conduce su senda intacta. En aquellas rutas largas rezagadas quedaron mis más complicadas enseñanzas. Y me guarecí en una solitaria tierra de luna, en un llanto radiante frente a la flor del alba, y tan sólo me desbordo en la perfecta sencillez de una pregunta: ¿Cuánto falta?...

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domingo 27 de septiembre de 2009

El Eremita parte II -V-




Autor: Tassilon




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EL EREMITA PARTE II -V-


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Bullicioso mundo que dejando va su canto entre las inmensas aguas de la vida. Tejido multicolor donde se coronan y dispersan los sueños. Misterio de voces infinitas entre laberintos de sombras y pensamientos. Torbellino incansable y voluble. Prisionero que forjó su cadena en la enredadera del día y de la noche. Crónicas jerárquicas del denuedo esclavizado a su palacio cerrado, y que jamás disculpa el espino negro de sus afanes sometiéndose a un claustro de remordimientos... Vienen sus estaciones danzando, y danzando se van. Y tras ellas siguen sus procesiones entre zozobras y esperanzas; relumbrones de triunfo y derrota del ser. Horizontes sembrados donde creímos acercarnos a la plenitud. En otro tiempo espectáculo creado para nuestro antojo y complacencia... Pero mi pasado, engañoso y ligero, reclinarse no desea en mi frente, ya socavado en sus escombros tras la quietud de mi sangre. Y si no me exige servidumbre es porque no es menester.


Y yo sigo mi ribera de transparentadas lejanías con promesas de una soledad sin lágrimas, como hijo únicamente de su complacencia. Y cuando piso el umbral de mi choza, lejos de las calimas que aprietan los puertos y el ahogo de la aldea, ya no temo la discordia como un mal, y me retraigo en el silencio de mis tolerancias. Llegarán los aletazos del poniente, mis tardes de nubes incendiadas... Y dejaré mi ánfora pluvial, mi fanal, mi candelero, bagaje miserable, lo único que heredé de mi templo, sobre lajas de piedra, frente a la fronda vetusta de mi puerta, como si anunciara al andar viajero el júbilo de mi pobreza, la mirada enjuta que nada recuerda del ahínco de la abundancia, la rinconada desnuda de mi isla, ahora estrado apacible de mi intimidad. Único refugio sin hachones y fogariles, tan sólo rescoldos de intemperies cobijadas.


Mundo de lenguas arcaicas y colonizadoras. Yelmos tenebrosos del maleficio Griego. Mascarones del conjuro Persa. Globo cimero de los portales Sasánidas. Ofrendas de Príncipes que volcaron en las carnes de los alabastros el aborrecido designio político de sus soberanías. Escarpas de los Templos que todavía revivifican el oro de sus piedras basálticas. Velas intrépidas que proyectaran gobiernos ávidos transportando sus liturgias conquistadoras desde las aguas turbulentas del Leteo. Epístolas deificadas que compusieron tonadas para los Mimos Atenienses. Eros embriagador, heraldo extraviado en remotas primaveras. Profecías de Basileos, inquietudes en los Astros, magias que cantaron el pecado de Penteo... De aquellos linajes confirmados sólo quedan nidos entre tejas rotas. Y de sus espuelas vibradoras, puertas carcomidas de palacios. De su mundo, un oficio de tinieblas. De las urnas radiantes, las noches marchitas. Y del túmulo augusto de la Historia, la lumbre de los pórticos, el rezo del discípulo, la roída cera de la memoria.


Y yo sigo subido en mi pobre barca, sobre aguas sagradas remansada. Atrás quedaron mis trastornos de huida, y los salmos peregrinos de las caravanas remotas que atravesaran las aldeas y desiertos de mi vida, como la voz del viento, transportando mis ruegos contritos, mi voz herida... ¡Cuán lejos ya los ásperos horizontes calcinados acechando un camino por el que no he de volver! Y como si en mí latiera la creación intacta del primer hombre, es la mía una felicidad nueva, una infantil candidez, un salario sin limosna, una mortaja deliciosa que nadie ha de velar... Sustentado vivo por mi isla de tierna pastura, entre el embelesamiento de mis postraciones. Atacado de esta fiebre que no me extenúa, siempre obstinado frente al fervor de la luz, y penitenciario de mis noches espejadas en el mar. Relegadas quedaron mis viejas llagas entre otras gentes, memorias desafiantes de un Oriente tan duro como montañas. Montañas que siempre hieren al tocarlas. Y renazco de lo más profundo, entre las lumbres antiguas del origen. Mis sueños pertenecen al silencio. Mi floración grana en el campo dormido. Un río tierno y ligero recorre mi callada heredad. Y cuando me asomo al mar, frente al oleaje confiado de mis tiempos esperados, se extiende, temblorosa como el firmamento, mi playa de eternidad.

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