jueves, 21 de julio de 2016

Lucio Cornelio Sila: el siniestro encanto de la dictadura -II Parte-





Autor: Tassilon-Stavros





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LUCIO CORNELIO SILA: 

 

 

EL SINIESTRO ENCANTO 

 

 

DE LA DICTADURA  -II PARTE-


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Cronicón Político-Romano
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Lo más probable es que para Lucio Cornelio Sila los recuerdos de infancia y adolescencia no hubiesen conocido lo que los romanos de aúlica alcurnia consideraran "tiempos decentes", porque la empobrecida aristocracia familiar a la que pertenecía, en la Áurea Roma de Druso y Mario, no gozó jamás del rango de ciudadanía distinguida; y en consecuencia se puede suponer (aunque no asegurar, todo hay que decirlo, porque las habladurías cambian más que los bailes de salón, y por ello mismo casi siempre les llega el momento del relevo), que su prosapia venida a menos andaba malviviendo en la total estrechura, y sin poder propasarse en un solo sestercio cuando, por pura chamba, les caía alguno. Y así, a fuerza de orden y muchas privaciones, la familia Sila pudo ir levantando cabeza de tarde en tarde, aunque, según las costumbres mendicantes y pelotilleras de la época, fuera a base de dar sablazos a más de algún adinerado tribuno o burócrata de las clases dirigentes. Castas urbanas (porque lo de la casta viene ya de antiguo) de las que siempre andaban resoplando y pitando para que la plebe se apartase de su camino, perfectamente integradas en el formidable aparato de corrupción que hizo escuela en la nueva sociedad romana, manteniéndose a la defensiva con su "vade retro!" frente a toda filiación histórica que los pudiese emparentar con aquella estoica y moderada Roma de tres siglos atrás.

Y así cuentan los cronicones que las susodichas y orgullosotas castas patricias, pese a considerar a los pobres como la plaga de la patria, no dudaban en apoyar el duro existir de muchos menesterosos con actos de cierta generosidad pecuniaria o domésticos auxilios, con lo cual contribuían también a henchir su despótica vanidad de patógenos ricachones que por los azares más fecundos de las corruptelas políticas habían logrado substraerse a la evolución imparable de las especies mendicantes que tanto pululaban entre aquella "pauperibus turba populi romani" (¡sorry por el latinajo!). Y no es de extrañar por tanto que entre esta indigente aristocracia de pacotilla, crematísticamente descabalada, se encontrase también la progenie de los Sila, turnándose, como tantas otras cientos de desfavoridas "genus", vulgo familias, para espantarle las moscas cojoneras al adinerado monopolio que formaba tanta lucrada estofa patricia.

Fortunas que habían medrado de la noche a la mañana como las almorranas, y conste que no exageramos (se conoce que a aquellos próceres fondones, barbudos y disolutos latifundistas, desde Drusos a Marios, o de Gracos a Crasos, o a otros Cayos por venir, -antes y después de la famosa "Guerra Social" o de la revolución esclavista de Spartacus que durante un par de años los haría correr a zurriagazos- les llovían los millones como propina por organizar tanto necrocomio a su alrededor, sin mayores agobios, salvo, claro está y como ya se ha indicado, el de la más sarnosa ira guerrera en la que se enfrascaban según cuentan para desfacer entuertos politiqueros y casar nobiliarias voluntades desavenidas, u otras suertes de apremios bélicos que acababan, finalmente, por nivelarles terapéuticamente el vivencial presupuesto futuro, dado que el dinero se había convertido en la única preocupación de todos estos "Cayos".

Los desmanes y cohechos  de municipio y senado (donde más de algún corrupto -como un tal Ritio Barberio, con pinta de gordinflas transexual, por poner un ejemplo- andaba bien aforadillo, librándose del fisco) se perpetraban en Roma como actos de solemne adjudicación, aunque muchos, pese a agenciarse fortunones a porrillo, acabasen pringando también a base de alguna que otra escabechina. Naciendo, creciendo, reproduciéndose y estirando la pata, ya fuera por vejez -los menos- o por cuatro puñaladas traperas como las que le asestaron en su domicilio al asambleario Marco Livio Druso, los supervivientes que lograban afanarse estos ingentes peculios ya citados, veían así pasar los cadáveres de sus enemigos sin inmutarse lo más mínimo.

Dadas las profundas creencias del vulgo romano -no así de los agnósticos patricios y senadores-, enjuiciar tales aberraciones era competencia tan sólo de los dioses. Siendo, pues, lo más lógico, humano y eficaz que fuesen sus divinos protectores celestiales los exclusivos conocedores del abono empleado para que semejante auge de áureos inflagaitas siguieran floreciendo en Roma con tanta facilidad y perseverancia.

Convencer a los colosos celestiales de que se aliasen con ellos en sus patrióticas guerras, o se sumasen gustosos a guardar silencio ante las prósperas corruptelas que se sucedían como loterías amañadas, pese a que algunas veces unos tenían suerte y otros acabaran entre degollinas, al cabo resultaba la mar de sencillo. Bastaban espectaculares donaciones y sangrientos sacrificios efectuados en los templos donde se les rendía culto.


Además, pese a su invisibilidad ¿no nacieron los dioses, tanto en la antigua Grecia como en la Palatina Roma, con sus pocos años de juventud, para partirles la cara hasta al lucero de alba caso de que cualquier tarambana decidiera por un casual -Anibal, el cartaginés, "verbi gratia"- disputarles su futura grandeza bélica y triunfal, su estable organización política, y su competente burocracia, rica, influyente, hampona, y expansionista? Pues por ello mismo no había que escandalizarse ante el hecho de que los citados dioses estimularan, durante casi un milenio -hasta que el Cristianismo llegó para descuajaringarlo todo con su incordiante monoteísmo- semejante golferío, siempre y cuando los hombres -esos animaluchos tan empingorotados y fanfarrones- cumplieran sus deberes para con ellos.

Y no había que extrañarse tampoco por el hecho de que las pompas y vanidades romanas, por muy deleznables que fuesen las argucias y corruptelas empleadas en su consecución, pasaran a convertirse en uno de los más grandes secretos de aquel gran Imperio Romano que llegaría, como ya se sabe, casi a milenario, porque sus acomodaticios dioses no abrieron jamás su marmórea boca ni para decir ¡mu!, importándoles un comino que la Cesárea Urbe acabase convirtiéndose en un áulico cachondeo de la más descarada y enriquecida golfemia que vieran los tiempos.


Mientras tanto, el resto de habitantes de la bota italiana, séase la plebe o chusma, desprovista de habilidades e inteligentes tendencias político-patrióticas -engrandecedoras, según contaban, de su centenaria capital a la que muy pocos podían acceder-, seguía escaldada por la hambruna, la miseria y  toda clase de calamidades que se quieran añadir. La inexistente Italia, ya fuera por la parte alta o por la parte baja peninsular, mientras sus nobiliarios matarifes se retiraban a sus aristocráticas villas,  no conocía, pues, más tocino que el de los cadáveres desperdigados entre guerra y guerra. Y tanto talentudo antepasado a los que la galana pluma de la historia adornaba con sus laureles victoriosos, tanto milite enaltecido por la famositis guerrera, o tanta prosperidad doméstica como la que fundamentara aquella grandeza romana, lo que era a la malhadada plebe que también nacía, crecía de mala manera, se reproducía porque no conocía otra diversión, y cascaba sin enterarse de que significaba aquel dicho, muy popular en Roma, de que al parecer todo el monte era orégano para tanto ricachón,... pues eso, que el triunfal y malsano andamiaje de los capitostes de Roma se la traía al pairo.

Así, para el desperdigado populacho italiano no exístía más verdad que la de aquellos escenarios de continua juerga de sangre perpetrada por tanto encumbrado patricio.Y si éstos sacaban sonadas tajadas de sus responsabilidades patrioteras, quienes acababan pagando los lances de tanto estrago y mortandad bélica eran siempre ellos, los comensales de la muerte que componían la chusma "habitacional" de la maltratada geografía itálica.


Errabundos perros olvidados por la Urbe que en lo único que se aplicaban era en su incesante ir y venir por los abandonados campos de guerra y por las pequeñas ciudades asoladas y desperdigadas en la vapuleada "bota", que parecía de las de usar y tirar. Y no había así más subsistencia para aquella trotamundana morralla humana que la de trajinarse algún condumio en aquel incesante vagabundeo mendicante por tierras de nadie. Tal era el espectáculo que, lejos de Roma, mantenía la Italia plebeya y campesina. Pauperríma península medio abandonada, con su ecología rural casi totalmente apolillada, y con sus escasas aldeas masacradas de mala manera.

En fin, dejemos ya de un lado los ecos diversos de tanto dramático balance obituario que llevó el luto durante décadas a las desfavorecidas y desdeñadas generaciones mendicantes en el agro itálico, sembrado de cadáveres y de la más cochambrosa escasez alimentaria, mientras en la republicana "caput mundi" que era Roma, el albuminoideo juego político de sus jerarquías más conspicuas, antojadizas, caprichosas, estúpidas y mendaces seguían zumbándose la badana entre sí con sus corruptelas, sus favoritismos, sus crímenes y sus ciclos de arbietrariedades guerra-civilistas. El timbre del despertador -simbólicamente, claro,-  había despertado ya a su nuevo lider, Lucio Cornelio Sila, elegido cónsul en el 88 A.C, tras la famosa "Guerra Social", también conocida por "Guerra Servil".

Cayo Mario (siete veces elegido cónsul, reconocido como tercer fundador de Roma por sus muchos éxitos militares, y afamado estructurador de las primeras legiones romanas a las que dividiría en cohortes) se había aplicado de nuevo en emplear su buena mano ensangrentada para derrotar y someter la insurgencia tribal que se opuso a la represora resolución asamblearia de Roma que había negado a la plebe italiana que habitaba las provincias cualquier conato de emigración a la gran Urbe (llegando incluso a expulsar de la misma, a partir del 95, a todos los que en ella residían hacía ya casi más de una centuria). La revolución que se extendió por toda la península y la victoria de Mario, tras devastar aldeas y campos, había convertido, una vez más, a la bota italiana en un terrorífico muladar repleto de muertos.

Sila había alcanzado por chiripa el grado de capitán en el ejército de Mario durante la guerra contra Yugurta, incordiante rey de Numidia que se había granjeado el odio del senado romano tras enfrentarse a su tío Aderbal, aliado de Roma, invadiendo Cirta, capital del reino de Aderbal, y asesinando en ella a muchos comerciantes itálicos. No obstante, después de una rápida campaña librada contra él por el cónsul Lucio Calpurnio Bestia, enviado a toda prisa por Roma, Yugurta se había rendido, aunque, según cuentan los cronicones, la apresurada paz obtenida se había debido a ciertos sobornos que jamás salieron a la luz, porque Yugurta, obligado a presentarse en Roma, se negó a declarar.


Entre 111 a 106 A.C., a Cayo Mario, con la ayuda de un tal Bomílcar, hermano de la madre de Yugurta, se le había encomendado la misión de deponer definitivamente al rebelde e incómodo numidio, que había vuelto a las andadas, desafiando de nuevo al Senado Romano. Y fue esta  vez  Sila, tras recurrir al ejército del rey moro Bocco I, quien con la ayuda del mismo logró capturar al levantisco rey de Numidia, llevándoselo a Roma, esta vez encadenado, para ser ejecutado de inmediato en la famosa Cárcel Mamertina en 104 A.C.

Cornelio Sila irrumpió así en el ámbito republicano de Roma pateándole el colodrillo al subversivo Yugurta. La verdad era que el vibrante sonar de las trompas guerreras de las cohortes de Mario, a quien acompañó en las campañas contra teutones y cimbrios, habían hecho de él otro hombre que el que fue.






Disoluto en su juventud, maduró viviendo de la crápula -quizás para desquitarse de las carencias de su infancia-, aunque sin demasiado entusiasmo por las cosas del querer, a costa de una ex reina del bataclán griego, séase meretriz entradita ya en años, aunque como buena vendedora del sexo, era de las que proclamaban que las prostitutas no tienen edad. Como amante fue, como es de suponer, poco rehabilitadora, y el depravado jovencillo Lucio Cornelio no dudó en perpetrar contra ella todo tipo de desmanes, además de aprovecharse de los pequeños lujos de que la proveían sus clientes, tratándola como a un ridículo adefesio al que engañar sin el menor remordimiento con todas las casquivanas romanas que se le pusieran a tiro, y templándole cualquier conato de bronca quejicosa a base de arrimarle a menudo más de una paliza machista. Sus ocultas cualidades andaban así algo desperdiciadas, puesto que, aparte del sexo y de la buena pitanza chulesca con que le proveía su barragana, jamás le había dado la vena por la política y mucho menos por el uniforme militar.

Hombre de escasos estudios -aunque había leído mucho-, y refractario a las pejigueras senatoriales, se pirraba pese a todo, cuando se tomaba un respiro de paz entre tanta orgía sexual con la que sementaba sus horas, por la cultura y el arte griego, cuya lengua conocía a la perfección. Y el porvenir, ese que se nos echa encima sin sospecharlo siquiera, porque no hay dios que pueda presagiarlo (y aunque fuese así no pasaría de un simple mosqueo, ya que sería como un guadañazo de la parca adivinárnoslo), le llegó a Sila como un halo milagroso que lo apartaría para siempre de ese futuro estreñido que tan poco desarrollo prometía para el joven Lucio Cornelio. Cayo Mario, eligiéndole cuestor de su ejército -aunque no llegara a saberse nunca el porqué de tal decisión- y llevándoselo a sus campañas militares, propició en Sila un inimiginable interés por la guerra, porque según decía entrañaba "audacia sin límites y solaz para la inteligencia". Y así lo demostró, portándose como un magnífico comandante, frío y lúcido, cauteloso y arrojado a la vez, en su expedición y cacería del numidio Yugurta.

La andadura de Lucio Cornelio, tras la triunfal campaña de Numidia y su regreso a Roma, fue durante los cuatro años siguientes de las que no se santifican con la esperanza de una mejora notable. Muy al contrario, adujo que en realidad "se había aburrido como una ostra", y que no deseaba en absoluto optar a magistraturas de más alto calibre. Y volvió a engolfarse en el que fuera su repertorio de comportamiento más alegre: el canallesco o "cultivo del corazón ardientemente libidinoso", olvidándose de las medallas conmemorativas de sus éxitos y celebrados arrestos bélicos.

Y como los chulánganos que vuelven al redil, se dispuso a seguir pasando la vida medio tirandillo, aunque torcidamente y sin provecho (¿será verdad eso de que la golfemia o el jolgorio, ya sea corrupto o rijoso, no tiene tiempo para pararse a pensar en remordimientos de conciencia, y que sus actos no poseen más fuelle que el de la irremisible ceguera moral?). Y durante los siguientes cuatro años no dudó en liarse de nuevo con todas las pelanduscas de Roma, porque con ello, insistía, combatía aquel soberano aburrimiento que había monopolizado su libertad de acción, una vez convertido en cuestor de una de las legiones de Mario, y en un ponderado e inimaginable campeón capaz de vencer y acabar con el bárbaro Yugurta.

Discriminativo pues con la casta senatorial y militar, déspota y dominantona, el Senado, como el mismo Mario, andaba de muy malaúva por haber puesto tantas esperanzas en la espada triunfadora del electo -a dedo- comandante Sila, cuyas calaveradas y entretenimientos adocenados -ahora compartiendo sus noches de juerga, no sólo con meretrices de toda laya, sino con gladiadores, poetas malditos, y actores mediocres- se habían convertido como es de imaginar en la comidilla preferida del vulgo romano. Con todo ello Lucio Cornelio parecía demostrar muy a las claras a la  gloriosa, corrupta y aristocrática Roma que en realidad a él la República le importaba una higa, séase un bledo. Y Cayo Mario, sin arrimarle la menor paciencia, no cejó desde entonces en echarle encima, tanto a él como a su camarilla de prostituas y amigorros, una especie  de "Cavalleria Rusticana" -adelántándose a la ópera en dos mil años-, condolido con los actos depravados con que perdía su precioso tiempo el insaciable y petulante rufián que en realidad era Sila, y que tanto había presumido de izquierdista, cuando no era más que un bergante, chulesco y repelente sabiondillo, de nuevo sobrealimentado por una especie de "sugo alla puttanesca" ("jugo a la prostibularia", para mejor entendernos).

La dimensión histórica apoya su existir entre los resquicios de la sorpresa. Su circulación no vive, pues, de ningún derecho de autor novelero, sino de las instructivas crónicas, que, como las siete plagas de Egipto, han dado paso expedito y lo siguen dando a las no menos libres iniciativas patrioteras de los hombres y mujeres. En ellas, como es de cajón, han anidado siempre, las claras y honestas -unas veces- y otras las no tan nobles virtudes del comportamiento humano. Vivencial Babel con sus mil variadas lenguas y sus religiones, con sus leyes y sus instituciones, con sus hábitos y sus costumbres, ora respeuosas, ora viciosillas, y ya -por ahora- casi imperecederas. Por todo ello, como muchos insisten, hay que experimentar la historia con espíritu deportivo (aunque otros añadiríamos que mejor con espíritu cinematográfico). La historia, por ser así tan caprichosa, reiterativa se suele pasar por el arco del triunfo todas las manifestaciones de duelo que en ella han sido, aunque ha provocado millones de soponcios. Y así rueda y rueda como la rueca fantasmal que no deja de hilar conmociones o asombros inesperados como se indicó en la primera frase.

¡Y "pa chasco" el que se llevó la parrandera cáfila de truhanes y barraganas que acompañaron durante cuatro años en sus francachelas romanas al veleidoso Lucio Cornelio Sila, cuando, éste, improvisadamente, tras mil cuatrocientos sesenta días -más o menos- de vivr entregado a la más inconsciente y criticable de las gaudeamus, decidió de la noche a la mañana presentarse a la "Pretura" -"magistratura romana"-. Algunos de aquellos correligionarios tarambanas aseguró que semejante determinación era un acto de "tresmesino", porque Sila fue derrotado de inmediato. Pero como su inmenso orgullo era de los que borran las ideas claudicantes para abrir paso al, una vez más, ingente botín que arrastran las ambiciones, concurrió, erre que erre, como "aedilis" plebeyo -magistratura que le permitía ascender con un coste económico más bajo en el "cursus  honorum"-, y que como el "aedilis curul" patricio, encargado, entre otras diversas tareas, de la organización de los juegos en el circo de Roma, le condonaba los gastos para la ejecución de los citados juegos. Sila resultó elegido y se ganó el beneplácito del populacho, y probablemente el de más de un patricio, organizando en el anfiteatro un exitoso espectáculo, por lo innovador, de feroz combate entre leones. Alcanzar, al año siguiente, el cargo de pretor fue entonces para el reaparecido, impulsivo y calculador Lucio Cornelio Sila pespunte de "coser y cantar".



 

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sábado, 9 de julio de 2016

Albornoz de Montealto






Autor: José Luis Luque del Pino

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ALBORNOZ DE MONTEALTO



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Tres locos se van a un balneario.
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La idea de estos tres zumbados del albornoz -después del lío que arman con los apellidos de Albornoz- me trae recuerdos, ¡cómo no!, muy cinematográficos. Por ejemplo: las comedias locas de la Ealing Studios inglesa en las que Peter Sellers y unos cuantos chalados típicamente ingleses siempre andaban metidos en fregados descuajaringadores, y hasta creo ver algún sketch tipo Monty Pithon. La verdad es que no pude dejar de reírme de lo lindo imaginando la escena. Y es que los balnearios siempre tienen algo de Cottolengo. El humor siempre merece ser bien recibido, es como ponerse el mundo por montera. Y por ello mismo, como alimento neuronal puede aderezarse con todo tipo de excipientes, y majarse y revolverse con todo. Hasta con "rana de San Antonio, hígado de toro, fresca deposición gallinácea, y pétalos rasposos de rosa de Jericó cortada en noche de cuarto creciente", como recetó una brujilla... El humor es una cruzada contra las quemaduras del alma, que nos templa el ánimo y nos robustece en la adversidad. Y una pomada para el corazón que nos desentumece del barro ruín que abrasa el mundo. ¡Saquémosle tajada, porque también es puro mazapán, hervido en rocío y aromatizado con clavo y azahar!
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La tarde que llegaron tronaba. La recepcionista les preguntó si tenían albornoz. 

-¿Se refiere al General?- preguntó Mary Reyes. 

-¿Qué general?- dijo la recepcionista, con cara de sorpresa.

-¡El general Albornoz!- apostilló Pedro José. 

-No le conozco- respondió la recepcionista confundida.

-¡No importa!- intervino Manuel Andrés, con intención de zanjar la conversación- Estamos muertos matados de cansancio y lo que queremos es dejar estas puñeteras maletas en la habitación y darnos un garbeo por los jardines o por donde sea antes de que se ponga a diluviar. 

-Bien- dijo la recepcionista- Aquí tienen ustedes el albornoz. 

-¿Qué albornoz?- pregunto Mary Reyes. 

-¡Otra vez vamos a empezar con el albornoz!- gritó fuera de sí Pedro José. 

La recepcionista cogió la llave de la habitación, con un visible temblor en las manos y la puso sobre el mostrador. 

-Les prometo que no volveré a mencionar el albornoz- dijo con cara de susto. 

-¡Estupendo!- exclamó Manuel Andrés-

-Aunque...- dijo la recepcionista. 

-Aunque, ¿qué?- preguntó Pedro José. 

-¡Nada, nada!- zanjó la recepcionista, aliviada.
   
Después de dejar las maletas, cepillarse los dientes y ponerse lo primero que se les vino a mano, como toallas -ellos- y una especie de clámide rosácea y un enrollado toallón a juego sobre la cabeza -ella-, Pedro José se había entregado un instante a relajarse haciendo o imitando la posición del yoga, recibiendo por ello una reprimenda de Manuel Andrés.

-¿Qué haces, "atontao"? ¿Ahora te vas poner a hacer el yoga ese?... ¡Dejate de posturitas y vámonos a pasear!

Y como se le había metido entre ceja y ceja a Manuel Andrés se dispusieron a airearse. Aún no habian pasado cinco minutos, cuando comenzó a caer agua como si nunca hubiese llovido. 

-¿Nos metemos en el hotel?- preguntó Mary Reyes, con el toallón y la melena empapada por el agua.

-¿Y si nos aburrimos?- dijo Pedro José. 

-¡Siempre estaremos más secos!- intervino Manuel Andrés. 

-¡Ya saltó el listo!- se quejó Pedro José- ¿Te crees que no sabemos que el agua moja, "enterao"? ¡Con lo bien que estaba yo con mi yoga!...
   
La recepcionista se quedó estupefacta, al verles entrar con sus toallones y calados hasta los huesos, (era evidente que no les había visto salir). 

-¿Por qué pone esa cara de sorpresa?- inquirió Pedro José, en tono molesto- ¿Acaso no hemos venido a tomar las aguas? 

-Sí, sí, desde luego- dijo la recepcionista con una amplia sonrisa- ¡Ah!, una pregunta. ¿Antes se referían ustedes al Cardenal?... Ya saben, al Cardenal. Al... que fue arzobispo de Toledo en la corte de Alfonso XI... Que era de Cuenca... 

-¿Nos está tomando el pelo?- preguntó Mary Reyes, exprimiéndose el suyo (aunque no hacía mucha falta que se lo exprimiese, porque bastante exprimido lo tenía ya). 

-¡No, no, por Dios, no se me ocurriría! Es que dijeron ustedes algo de un general y con ese nombre solo he encontrado un Cardenal. 

-¡Los cardenales son muy molestos!- exclamó Pedro José- El último que yo tuve me duró una semana. Me tropecé con una vaca, y ella ni se inmutó. Las vacas ya  se sabe, son muy sufridas. 

-¡Te quieres callar de una vez!- gritó Manuel Andrés- ¡Aquí no hemos venido a contarle nuestras vidas a esta señorita! A ver, ¿a qué hora nos toca mañana la bañera de burbujas? 

-Los horarios se los darán en el Balneario- contestó la recepcionista haciendo un puchero. 

-¡Oiga, no llore, que nosotros somos muy sensibles y nos va a contagiar el llanto! 

-No, si no lloro, es alergia primaveral- balbuceó ella.  

-¡Aaaah, bueno!- exclamaron los tres al unísono.
   
Bajaron a desayunar en albornoz, con un gorro de plástico adornado de margaritas, en la cabeza. Se llenaron los bolsillos con cuanto paquete de galletas había en el bufet y se sentaron en la mesa desparramando sobre ella docenas de porciones de mantequilla, mermeladas, tostadas, y una montaña de lonchas de jamón de York y queso.

-¿Café?- les preguntó la camarera estupefacta. 

-¿Tienen ustedes té... con sabor a café?- inquirió Mary Reyes con una sonrisa.

-¿Té con sabor a café? No, lo siento. 

-¿Y café con sabor a té?- insistió Mary Reyes. 

-No, tampoco- contestó aturdida la camarera. 

-¡Ya está ella pidiendo gilipolleces para no adelgazar!- protestó Manuel Andrés. 

-Será para no engordar- intervino Pedro José. 

-¡Ya saltó el listo! ¿Te crees que no sabemos que el té adelgaza? ¡A ver cuando te vas a anterar de que ella tiene el metabolismo al revés!  

-¡Ahhhh, no me acordaba!- se excusó Pedro José.  

-Bueno, pués tomaré chocolate con sabor a café- dijo resignada Mary Reyes. 

-Lo siento mucho, pero tampoco tenemos.

-¿Y café con sabor a chocolate?... 

-Pues no, tampoco- contestó la camarera con un temblor en la voz. 

-¡Pues entonces no desayuno, ya está!  

-¿Y ustedes... que tomarán?- preguntó la chica, compungida. 

-¡Yo... café con sabor a café y éste lo mismo! 

-¡Pero es que yo... quería té con sabor a té!

-¡Pues hoy vas a tomar café con sabor a café y se acabó! 

La camarera les llenó la taza, clavando tener un Parkinson en la mano, y salió disparada a esconderse en la cocina. Después de beberse catorce cafés entre los dos se fueron al balneario, ellos eufóricos y ella cabizbaja y disgustada todavía. 

-¡Vamos tonta, alegra esa cara, mañana pruebas el café con sabor a café, esta buenísimo!- trató de animarla Pedro José. 

-¡Vale!- contestó ella, pero ¿te has dado cuenta de que tampoco tienen mermelada de fresa con sabor a naranja? 

-¡Bueno, mujer, no te preocupes, ya encontraremos algo que te haga feliz!  

-¿Sabrá la camarera tocar la flauta travesera... o será una asesina?- se preguntó en voz alta Mary Reyes. 

-¡Como Hitler!- exclamó Manuel Andrés. 

-¿Hitler tocaba la flauta travesera?- preguntó Pedro José. 

-¡No, imbécil, Hitler era un asesino... de judíos!- vociferó Manuel Andrés. 

-¿Y de judías?- preguntó Pedro José. 

-¡¡Sí, sí, sí, siiiií, y de lentejas y garbanzos!!- gritó exasperado Manuel Andrés.

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Tendencias o teorías: "Los tontos son muy ocurrentes. Tienen una resignación sin límite. Tienen hasta empaque y lucimiento, y aunque amanezcan atravesados, son dicharacheros y tan capaces de estarse horas y horas concediendo al parlanchín instinto humano una misteriosa andadura cogitativa, que el que se pone nervioso escuchándolos es el que más pierde. Lo mejor es arrimarles paciencia y agradecimiento, y no tratar de afinarles sus instructivas aplicaciones a la ocurrencia, porque, al mondarnos de risa escuchándoles, hasta las oclusiones intestinales se curan. ¿Acaso no se ven hoy mayores disparates, se vieron y se seguirán viendo? ¡Hombre, y usted que lo diga!... Eso le honra... Qué rara es la gente que no se ríe, ¿verdad usted?... Es que ahora los escritores no son como los que yo leía de chico,  no saben decir las cosas tal como piensan, le echan demasiado teatro a esto del vivir y nos ponen rancio el corazón con tanto querer lucir las miserias diarias a la luz del sol. Ahí tiene usted a los gorriones y a las tortugas de las Galápagos ¡cómo se defienden!... Sí tiene usted razón, en fin, ¿me deja usted su albornoz, porque esos nubarrones amenazan lluvia, y antes de que descarguen y acabemos como un cenagoso congrio, quiero ir a tomarme una horchata? ¿Le gusta a usted la horchata?... No mucho, me gusta más el ponche Caballero con una yema de huevo. ¿De tortuga?... ¡No hombre, de pollo!... ¿Qué rara es la gente? Bueno, ¿me deja usted el albornoz o qué?... Ahora, en cuanto me ponga los calzoncillos... ¡Pues sí que anda usted suelto... no te digo!... 

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¡¡Gracias hermano Luisito!!


.......................................... Tassilon-Stavros

                                            

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domingo, 26 de junio de 2016

Muerte en el mar -Final-







Autor: Tassilon Stavros

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MUERTE EN 

 

 

EL MAR  -FINAL-

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 La verdad sobre la Armada Invencible
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La elección de Isabel, sin ella imaginarlo, fue así saludada por la nobleza española con aplauso unánime. El Cardenal-Infante Don Alberto, regente de Portugal, aguardó el desembarco de las tropas inglesas con un poderoso ejército, mediante el cual las ansias de venganza de la hereje Isabel serían fácilmente reprimidas. En efecto, fue una descabellada incursión la que allí, frente a las costas de Lisboa, tuvo lugar. Drake, desconocedor del poder de los destacamentos que mandaba el regente de Portugal, contaba con un rápido triunfo que sentaría nuevamente en el trono lusitano al prior de Crato, nombrado por Isabel. Seguro de su éxito, se precipitó con ciego ardor contra los tercios españoles y portugueses en las proximidades de Lisboa.

Fue una terrible carnicería. Los ingleses fueron aplastados, pagando así el intolerable tributo a la ambición de su soberana. Las víctimas se contaron por cientos. Presas del caos, no hubo forma humana de restablecer el orden entre el ejército corsario, más avezado a la batalla del mar y al saqueo de sus ciudades costeras.  Lisboa, avanzado baluarte contra el imperialismo corsario de Londres, mostróse así reacia al asedio inglés. Los cadáveres de aquellos mercenarios al servicio del trono británico amontonábanse en fosas comunes cercanas al mar. De esta suerte, temeroso de alargar aquel enfrentamiento imposible de sus tropas con aquellas fuerzas espectaculares del Cardenal-Infante, mediante las cuales Felipe rompía, finalmente, las cadenas de su gran descalabro en Calais, y temiéndose ahora un fin trágico y sin gloria, por inmediata inanición de aquella retaguardia aniquilada, así como una posible epidemia de tifus, Drake ordenó a los escasos supervivientes que alzaran sus reales y reeembarcaran rumbo a Inglaterra, vivamente anonadado por la pérdida de sus mejores hombres.

Habíanse enfrentado a un nuevo tiempo. Frente a ellos entronizábase la renovada supremacía del imperialismo español, y esta vez habían sido vencidos por él. A partir de entonces sucediéronse una tras otra las derrotas inglesas frente a las escuadras de Indias, objetivo primordial de los corsarios Drake y Hawkins, y del no menos afamado almirante Howard. En aquel año del Señor de 1591, Howard siguió con sus avances en aguas del Atlántico, exacerbando así los ánimos de los un tanto aislados conciudadanos de Albión, y tratando con ello de alimentar la epopeya patriotera de un pueblo que, en realidad, desconocía el triunfo de sus nacionalismos, pues las lápidas diseminadas por las frías tierras verdeantes de Escocia y Gales reducían la historia de aquella isla, cuando menos desmembrada, en simples símbolos de federaciones temporales, que durante siglos ignoraron el concepto de una auténtica patria inglesa. 

Lanzóse Howard, con fuerzas numéricamente inferiores, al acecho del paso de los convoyes provenientes de Indias. Y descubierto por los españoles, fue puesto en fuga a la altura de las Azores. El Revenge, uno de sus mejores buques fue capturado, sirviendo después de modelo a los ingenieros de Felipe para la elaboración de nuevas embarcaciones en los astilleros de la península. En 1594, el fermento conquistador de los corsarios ingleses hallábase nuevamente en auge.

Concentrada la flota de Drake frente a la Gran Canaria, avanzó con sus naves hasta el pie de las murallas de la capital. La ciudad estaba bien defendida. Una vez y otra, con toda energía, fueron rechazados los ataques ingleses por las guarniciones regulares de España y la escuadra guardacosta allí apostada. Muchos de los corsarios que se habían lanzado al asalto, tratando de escalar las murallas, cayeron prisioneros, y a través de los mismos, convenientemente sometidos a tortura, logró averiguarse que el objetivo primordial de Francis Drake y John Hawkins era atacar Panamá. Había sido aquel un secreto militar celosamente guardado por Isabel y sus piratas. 

Los almirantes españoles estaban impacientes por saldar sus cuentas con las tropas isabelinas. Y, finalmente, parecía haber llegado el tan ansiado momento. La gran flota española diseminada en aguas del Caribe y las ingentes tropas concentradas en Tierra Firme hallábanse ya en guardia cuando las naves piratas aproximáronse a Santo Domingo. Descubiertos los corsarios ingleses, la maquinaria represiva puesta en marcha por la impresionante armada filipina, buena conocedora de las ansias de rapiña y del colosal saqueo con que prometíase resarcirse la insaciabilidad filibustera de los favoritos de Isabel, sería masiva y despiadada. La flota inglesa fue, de esta suerte, reducida a cenizas. Y manteniendo ahora tan sólo los rescoldos de una imposible supremacía naval, fue así prácticamente exterminada como segunda protagonista de la historia europea en aquel colofón del siglo que ya finalizaba. John Hawkins se arrinconaría en un terrible sentimiento de desesperación muriendo poco después.


Por su parte, Francis Drake trató por todos los medios de ir descargando su ira ya incontenible sobre pequeñas poblaciones españolas caribeñas a las que consideraba desprovistas de toda protección. En efecto, muchas de ellas se hallaban indefensas y sus pobladores no dudaron en evacuarlas previamente al conocer su presencia. Pero, al mismo tiempo, sus escasos defensores reafirmáronse en muchos ataques de guerrillas, arte en el que los españoles eran duchos como pocos, contra los ingleses. Ataques bien milimetrados que en aquellos territorios selváticos, clima a los que los corsarios de Isabel hallábanse poco avezados, iban sumando bajas a las producidas por enfermedades tropicales.

Drake planeó atacar Cartagena de Indias, pero el gobernador Pedro de Acuña, conocedor de los planes, había preparado cuidadosamente las defensas que ahuyentaron a Drake tras ver su disposición, continuando su camino hacia Panamá. Francis Drake trató de seguir con el exiguo resto de sus naves supervivientes hasta Panamá en un necio intento por saldar cuentas por la derrota sufrida con la rica ciudad centroamericana. Allí le aguardaba Diego Suárez con su magnífica y descansada guarnición, que embistió contra los ingleses con aquella dinámica espléndida, de gran fervor y disciplina, que caracterizase a los tercios españoles.

El 6 de enero de 1596, llegó frente a Nombre de Dios, encontrando la ciudad desierta. El capitán general de la zona, Alonso de Sotomayor, supuso que Drake atacaría subiendo por el río Chagres, por lo que concentró un gran porcentaje de su escaso ejército en la fortaleza del Chagres, pero pensando también en un ataque por tierra, construyó sobre una loma en el camino que llegaba de Nombre de Dios el fuerte de San Pablo, con 70 soldados al mando del capitán Juan Enríquez. Drake propuso que Baskerville avanzara con 1.000 hombres por el camino, mientras él lo haría con una flota de barcazas por el río. Al final Drake no hizo nada y Baskerville, tras dura marcha fue rechazado por los disciplinados hombres del capitán Enríquez. Cuando preparaba un segundo ataque llegaron por la espalda 50 infantes de refuerzo al mando del capitán Lierno Agüero, quién tuvo la brillante idea de hacer sonar todas las trompetas y tambores, como si fuera un gran ejército, lo que provocó la desbandada de los ingleses. Atacados por españoles y panameños, contaron cuatrocientas bajas entre muertos, heridos y desaparecidos durante los tres días que tardaron en reunirse con Drake en la costa.


Bajo un sol que caía a plomo, reclamando espacio libre para  su huida enloquecida, y azuzado duramente por las fuerzas de refresco bien pertrechadas de los españoles, Drake mordió de nuevo la áspera corteza de su total impotencia. No tenían posibilidades de obtener agua potable ni víveres. Cada vez que penetraban tierra adentro buscando provisiones, la guerrilla española y panameña producía nuevas bajas, a las que había que sumar las producidas por la selva tropical. Tuvieron que abastecerse de las aguas insalubres del río que produjeron nuevas enfermedades en los ingleses. Drake, enfermo y hundido tras comprobar la magnitud de la derrota de Baskerville ordenó zarpar, tras quemar Nombre de Dios. Y entre un estrépito hecho de dolor y bulla, fue así breve, aunque no menos sangrienta la postrer batalla. Milagrosamente logró escapar el insaciable pirata. El brinco suave que ofrendaban las verdes aguas caribeñas proclamaban ahora ante él la rezagada venganza de Felipe de España, pues, debilitados por aquella huida sin rumbo fijo, la mermada flota de Francis Drake fue arrinconada y prácticamente hundida frente a Portobelo. Agotado y mortalmente enfermo, el 28 de enero de 1594, el famoso corsario inglés de la reina hereje moriría en la más completa desesperación víctima de la disentería que le produjo el agua contaminada. Antes le había ordenado a su limitada tripulación que destruyera en su memoria Portobello, cosa que hicieron con posterioridad mientras las campanas de Castilla replicaban por su muerte. 

Su cadáver fue arrojado al mar en un ataúd lastrado, en las proximidades de la costa panameña, en un desolado islote que los españoles llamaron “Mogote”, después “islote de Drake”. De aquellas también invencibles 30 naves salidas de Plymouth, tan sólo cinco, escasas de tropa, y con sus únicos supervivientes exhaustos y sin víveres, como un nuevo trofeo a los errores humanos, no sometidos esta vez a las inflexibles leyes de la Naturaleza, lograron regresar a las costas de Inglaterra. 

La última batalla contra Felipe de España: El saqueo de Cádiz

Dos años después de la muerte de Drake, el 29 de junio de 1596, los habitantes de Cádiz, que habíanse aventurado a salir con gran sorpresa de las murallas que bordeaban la ciudad, observaron con estupor la proximidad de una flota de naves anglo-holandesas que, comandadas por Robert Devereux, Duque de Essex y favorita de Isabel, Sir Walter Raleigh, y el almirante Charles Howard, aprestábanse a lanzarse contra la blanca villa andaluza, llevados probablemente a tal extremo límite por la indócil voluntad y el hegemónico despotismo de su siempre insaciable soberana. 


Fray Pedro de Abreu, testigo del ataque inglés, el cual reflejaría en su escrito "Historia del saqueo de Cádiz por los ingleses en 1596", publicado en en 1866 por la "Revista Médica",  explica que se trataban de 157 naves inglesas dotadas de 15.000 infantes y gran cantidad de unidades de caballería y artillería. Los invasores ingleses se proponían apoderarse de la Flota de Indias anclada en el puerto de Cádiz que se hallaba dispuesta a partir con un valiosísimo cargamento procedentes de las arcas españolas. 

La armada de Isabel, alejándose de la zona de la Alameda y del puerto de la ciudad, desembarcó en una pequeña playa (donde hoy se localiza el puente Carranza), ya que desde esta zona apartada del centro de gaditano podrían bloquear con mayor facilidad las posibles ayudas que llegaran desde el Arsenal de La Carraca, y evitar la más que probable fuga de gran parte de los habitantes de Cádiz. Sorprendidos así los gaditanos, y conscientes de su escasa capacidad de defensa, dado que tan sólo contaban con unos centenares de soldados y una escaso equipamiento de artillería, se aprestaron, antes del desembarco inglés a enviar, como se pudo, emisarios a Madrid en demanda de socorro, mientras muchos de los habitantes de la ciudad empezaron a recorrer los pueblos cercanos a la ciudad, llegando hasta la misma Sevilla, en busca de refuerzos consistentes naturalmente en hombres, caballerías y toda clase de armas. Pese a que los hombres y mujeres de Cádiz se preparasen mientras tanto con enorme rapidez a repeler a los invasores ingleses, portando incluso pesadas piedras a sus azoteas, a fin de arrojarlas a las testas enemigas, las murallas que bordeaban la ciudad, por aquel entonces, se hallaban en un estado lamentable, y la ciudadela o castillo de Cádiz, enclavado en una de las esquinas amuralladas carecía de las defensas necesarias para defenderse de la ingente tropa inglesa. Por ello mismo, la Flota de Indias levó anclas el 1 de julio, huyendo de la bahía gaditana y fondeando muy cerca de Puerto Real, donde las aguas, al ofrecer menor profundidad, podrían entorpecer el acercamiento de los navíos ingleses. No obstante, Howard, Devereux y Raleigh dieron comienzo a un incesante cañoneo, respondido también por los galeones españoles. Sus capitanes, viéndose en inferioridad de condiciones, decidieron entonces ordenar el incendio y hundimiento de toda la Flota de Indias antes de que la misma cayera en manos de los corsarios ingleses.

Cádiz cayó aquella misma tarde, incapaz de defenserse de los invasores y pese a haber recibido refuerzos de Jerez de la Frontera y de Chiclana. El resto de apoyos militares españoles llegaron tarde. Las fuerzas defensoras gaditanas y cerca de los diez mil habitantes de la ciudad se habían refugiado en el castillo. Pero ante la rapidez de la huida el acarreamiento de víveres había resultado escaso para tan ingente concentración de hombres, mujeres y niños a los que los ingleses amenazaban con pasar a cuchillo si no negociaban una rendición inmediata. Hiciéronlo así las autoridades gaditanas, pactando con el duque de Essex una entrega de ciento veinte mil ducados a cambio de que Cádiz fuese definitivamente ocupada sin efusión de sangre. Essex, Raleigh y el corsario Howard dudaban de que el pago de dicha suma pudiese salir de las arcas gaditanas, por lo que exigieron, para respaldar la entrega del dinero, llevarse a Londres como rehenes a cuarenta de los más influeyentes nobles de la ciudad. Tras dos semanas de constate saqueo e incendios (más de 290 casas, entre las que se contaban iglesias y hospitales) que redujeron la blanca villa casi a cenizas, el ejército anglo-holandes abandonaba Cádiz con sus rehenes y un botín valorado en unos veinte millones de ducados. Devereux, Raleigh y Howard sabian que, antes o después, caería sobre ellos la supremacía militar con que Felipe se comprometería a liberar la capital gaditana. 


Los rehenes, prisioneros en Londres, fueron liberados en julio de 1603 por Jacobo I, heredero de la corona inglesa, cuatro meses después del fallecimiento de Isabel Tudor,  acaecido el  24 de marzo de 1603 cuando la reina hereje contaba 69 años. Frente al portal frío de su ávida conciencia  no se mantuvo más que un recuerdo concreto y perceptible, una densa esperanza de pura sustancia final espesamente alfombrada con feroz impaciencia por un ensueño: el de crecerse en una cadena de eterna vida física coronada por nuevas posesiones, como si su corazón siguiera latiendo en la noche radicalmente enmarañada de su ambiciosa política. Y así permanecio algún tiempo. 







Más allá de este sueño de agotamiento completo, Inglaterra, como cualquier otra nación, seguiría latiendo con ese ritmo del destino, tan corrosivo, tan inconquistable, tan monótono, con sus crisis y sus linfas restauradoras, tan sometido al cabo a las fuerzas vivientes por venir, como suspendido así en la eternidad.

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