viernes, 2 de diciembre de 2016

Lucio Cornelio Sila: el siniestro encanto de la dictadura -IV Parte-






Autor: Tassilon-Stavros









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LUCIO CORNELIO SILA: 

 

 

EL SINIESTRO ENCANTO 

 

 

DE LA DICTADURA  -IV PARTE-

 

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A las conciencias humanas les cuesta muy poco integrarse a la manufactura de la sangre, y no me estoy refiriendo a la fabricación del chorizo, ni de la morcilla o del salchichón, sino al incesante ir y venir en ese trajín belicista que, por mor del malhadado pero siempre ambicionado Poder, disfruta oreando las tripas del prójimo en cuanto se alía con la eterna amiga la guerra. No hace falta, pues, retrotraerse a la edificante lógica filosófica de la gran Grecia, que estudió a fondo el pelaje de los bípedos habitantes de este planeta, para seguir asegurando que los hombres, durante los siglos que andan coleando por el mismo [séase la Tierra], además de formar el más gigantesco subgrupo peludo, menos idílico y sin principios que pueda uno [de la misma especie] imaginarse, son, además, unos auténticos animalejos a los que siempre les ha gustado la sangre más que a las sanguijuelas. Y por más que la consuman nunca alcanzan el hartazgo, convirtiéndose así en los más conspicuos comensales de la muerte. Y por eso no les ha  importado pasarse, durante miles de años, haciendo el bestia y exclamando [para encandilar la heroica "gandinga" patriotera -"sense of shame", como diría the british people  o "vergüenza torera" el españolito pueblo -y por aquello de que la marcha del progreso es irrefrenable-] chorradas del tipo: "¡Vivan los héroes, inventores de las artes más inhóspitas, y si hay que pringar, se pringa, porque así lo exige el oficio de la responsabilidad patria!" Total que si la historia del mundo suele ser tan emocionante como aseguran los historiadores, es porque los habitantes de este maravilloso planeta siempre han estado locos de remate,... locos, ¡vamos!, y sin remisión por lo que todavía andamos viendo en pleno siglo XXI.

Y quizás sea por eso mismo por lo que más de un listillo, iluminado por los misticismos religiosos de los que tanto han abundado en los siglos pretéritos, no han dejado de tratar de convencernos de que nada es como nos lo han contado, incluidas las teorías darwinianas sobre la evolución del simio. Y es que, como es bien sabido, las visiones contemplativas, ya sean cristianas, islámicas o budistas, siempre han ido por libres, con inclinaciones y tendencias de buen corazón pero no exentas de egoísmos, y por eso no hay quien las entienda. Y ¡ay de aquél que quiera volverlas del revés!

Pongamos por ejemplo a San Agustín, obispo de Hipona [ciudad de la Numidia Africana], que parecía no percatarse demasiado de que los invasores bárbaros andaban por toda Europa y el Norte de África comiéndose el mundo por los pies y sin dejar títere con cabeza. Él, como resignado místico, y mucho antes de ser elevado a los altares, iba también por libre en sus concepciones sobre la temeraria y sanguinaria naturaleza humana y el mundo físico habitado por los salvajes homínidos. Y es que para San Agustín "el hombre no era más que un alma racional inmortal creado conforme a un confuso plan divino, el cual, por muy fiero que fuese, se servía, como instrumento, de un cuerpo material y afortunadamente mortal" Y es probable que fuese por este razonamiento anímico por lo que cuando languidecía moribundo de arteriosclerosis, de hemorroides y de inquietud ante los inenarrables problemas doctrinales del cristianismo que lo atormentaban, allá por el 430 D.C, no considerase como irreparablemente terrorífico que los vándalos de Genserico asediasen Hipona, despanzurrando a sus habitantes. Y cuentan las crónicas [que él mismo nos legó] que, convencido como estaba de que las cosas del mundo y los actos de los hombres no tenían la menor importancia [un sofista habría dicho "el menor arreglo posible"], la única preocupación que le inquietaba en aquellos cruciales momentos de tanta escabechina vandálica era si la mujer conservaría en el cielo el sexo que tenía en la tierra, o qué ocurriría el día del Juicio Final con los bípedos devorados por caníbales. "¡Caray con el santo!, ¿no?... ¡Hombre!, si se es un poco soñador y se va con buenas intenciones... Pues a mí estos místicos soñadores, que quiere que le diga, siempre me han parecido un poco besugos"

Andando el tiempo también la ya mencionada [el en capítulo I]  doña Transfiguración Cepeda Sagrario, [aquella dicharacha vendedora que se las sabía todas porque vendía de todo en su puesto del Rastro madrileño: desde viejos sostenes de fililí, gran éxito de ventas y probablemente empeñados por alguna matrona venida a menos de sus pompas y vanidades, -y eso antes de que se hubiesen inventado los wonderbras, con cuya pignoración, a no dudarlo, doña Transfiguración se habría puesto las botas-, bragas de puntilla y calzoncillos blancos -cuya procedencia variaría poco de los ya aludidos sostenes-, de jarreteras a peinetas, o papel higiénico de El Elefante y hasta loción anticaída de pelo para calvos] era de las que también arrimaba su maña criticona a la degenerada raza humana, y aunque nunca se viera enriquecida por una inspiración tan profunda como para legarnos un tejeringo relamido y pedantemente filosófico del tipo "el mundo desde que es mundo, y pese a tener usos muy diversos, no es que fuera, ni antes ni ahora, bueno o malo, sino más bien tirando a regular", sí usaba de otras precisiones más acordes con su entorno porque era ella muy ferroviaria [sin haber salido en su vida de Madrid], y no dejaba de resoplar y pitarle a sus tumultuarios compañeros del Rastro "que sí, que es una vergüenza todo lo que ha pasado con su dichosa historia [la del mundo], y, por supuesto, todo lo que sigue pasando hoy en día. Y es que con tanta falta de "prencipios" en este humano matadero, no hay dios que haya conocido ni un mínimo tiempo decente"...

¡Bueno, tampoco conviene exagerar las cosas de este mundo, porque doña Transfiguración siempre se dio buena maña para vivir, y no venía demasiado a cuento que le gustara tanto enlutarnos a todos. Lo que le pasaba a la doña es que con tanto tratar a mangantes y desaprensivos en el Rastro, se le llenaron los sesos de ideas disolventes... ¿Disolventes?... Sí , hombre, sí,  eso de considerar a la raza humana como a una panda de lisiados, cuando a fin de cuentas era la que le daba de comer con sus compras en el puesto del Rastro.

¡¡Basta!!, y no maree usted más la perdiz, hombre, que ya vendó bastante al mundo y a sus habitantes el reputado cordobés, don Lucio Anneo Séneca, con sus Tratados Morales: que si de la Divina Providencia por aquí, que si de la Vida Bienaventurada por acá, que si de la Constancia del Sabio por allá, y que si de la Brevedad de la vida, de la Consolación y de la Pobreza [que él nunca practicó] por acullá... A veces valdría la pena formar parte de ese club de futboleros y taurinos acérrimos para ponerle una lavativa a la Historia con mayúscula, y que sus diarreas, séanse las inclemencias, desmanes, cachondeos abruptos, amargos y crueles de los hombres, siempre tan desagradecidos y belicosos, se fueran por el retrete de la indiferencia y del olvido, sin que mereciera la pena preocuparse de los rosarios de la aurora que han venido montando desde que este mundo es mundo... ¡Quite, quite! ¡Vade retro! ¿Pero qué ensalzamiento de la ignorancia es ese que me está usted soltando,... por Dios?... ¡No, si yo no digo nada,... si a mí la historia me gusta, pero ya con los Diálogos de Séneca me doy por satisfecho, y ese meritorio esmero que usted emplea para convertir la edificante historia de los hombres en una corrida de toros... ¿Edificante? ¡Vamos, no me haga usted reír! Además a mí las corridas de toros no me gustan... A mí tampoco... ¿Y el mus?... Mire, lo que yo estoy viendo es que nos estamos dejando atrapar por un diálogo de besugos, que es más traidor que un estreñimiento crónico y nos va a dejar las neuronas como un erial. ¿Acabó usted ya de contarnos el histórico recorrido temerario y eudemónico -como lo llamaba Séneca en su diálogo sexto "De Otio"- del Sila ese...?  Pues, no, todavía no... Pues, mire, como también dijo Séneca en su "Vita Brevis": "No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho"... Pero, oiga, ¡qué perra ha cogido usted con Séneca!... Porque también yo quiero demostrarle mi buena educación cultural y mi espíritu tolerante... ¡Ah, bueno, pues me alegro!... ¿Y qué? ¿Sigue o no sigue?... ¡Sí, sí!, como guste... 

... Habíamos quedado en que Lucio Cornelio Sila había sido una provocación constante entre el paisanaje aristocrático y senatorial de Roma. Y que después de haber ejercido como juerguista impenitente entre la depravación del puterío morcillón y de los pletóricos maleantes que habían convertido el famoso barrio de la Suburra en su más conspicua guarida, finalmente, acabó por desentenderse del evidente peligro social que suponían tales amistades, prevaleció el buen sentido de nuevo en él, y se casó en cuartas nupcias con la aristócrata Cecilia Metela, quizás no por amor sino por conveniencia. Y así favorecido por el distinguido himeneo, consiguió confirmarse en el mando militar con el título de procónsul, -antes, tentando la ira de los dioses en los que no creía y pasando del dolor de tripas que iba a organizar en el Senado, que lo odiaba- organizó un ejército que condujo sobre Roma, donde su más acérrimo opositor Cayo Mario, con el corazón podrido y apolillado por la envidia, había improvisado otra milicia para enfrentarse a Sila [según aseguraba Mario, para libertar y dignificar al pueblo romano de la indigna tortuosidad que aquejaba al disoluto, chaquetero y cantamañanas Cornelio [que en el 88 ya había accedido al puesto de cónsul al margen de la Constitución y sin haber seguido el exigible cursus honorum regular], y ahora se había hecho con el mando del ejército que vivaqueaba en Nola, contando con el mecenazgo de su suegro Metelo el Dálmata, pontífice máximo y príncipe, esto es, presidente del Senado. Cayo Mario y su servil tribuno Sulpicio Rufo, que había tratado por todos los medios de invalidar el nombramiento de Sila, se alzaron a la desesperada al uso suicida que crean las pelusas, vulgo envidias, muy poco recomendables porque nunca resultan ni triunfantes ni eficaces ni reverenciables, ya que ciegan de tal forma que ni siquiera se aplican en considerar la posibilidad de la muerte violenta.

Mario y Sulpicio Rufo, como era de esperar, disfrutaron poco de las emociones del guirigay bélico que habían montado, utilizando a famosos gladiadores de Roma contra las cohortes de Lucio Cornelio Sila. El rigor histórico, con toda precisión y fidelidad, nos habla siempre de que todos estos sacrificaderos sangrientos casi nunca merecen la pena, y menos cuando, ya sea por un bando o por otro, se ven acompañados de jactancias y de nuevas ilusiones patrioteras movidas, como se ha repetido ya hasta la saciedad, por la envidia. Y sucedió lo que tenía que suceder cuando el más listo de los tres, que era Sila, empeñó como vulgarmente se dice hasta las orejas en tratar de hacer puré [consiguiéndolo merced a sus seis bien pertrechadas legiones de Nola] a sus enemigos.


Cayo Mario, ya como aristócrata venido a menos, fue derrotado por completo. Pese a todo consiguió huir de la carnicería [y nadie sabe cómo pudo lograrlo, corrido a zurriagazos como andaba] que él mismo había armado en Roma y refugiarse en una pequeña isla situada al frente de la antigua Cartago, en el norte de África. Sulpicio Rufo fue atrapado [como ya se explicó en el capítulo anterior] a treinta kilómetros al sur de Roma. Asesinado por uno de sus esclavos, fue decapitado y su cabeza acabó expuesta en la rostra. No obstante, las represalias por parte de Sila no fueron excesivas. Bien asegurada su supervivencia gracias a los treinta y cinco mil soldados que tenía acampados en el Foro, se arrogó definitivamente el título de procónsul, y dejó al mando de los despachos de la patria al aristócrata Cneo Octavio y al plebeyo Cornelio Cinna, tras permitir su elección como cónsules. Luego se dio buena prisa en embarcarse con todo su ejército dispuesto a invadir Grecia, y someter a los atenienses que se habían aliado con Mitrídates VI Eupator del Ponto.

Pero las cosas de palacio [lo diría algún patricio a punto de ser degollado] no se arreglan jamás. ¿Para qué?, si luego todo ha de volver a repetirse, y casi siempre para empeorarlo más. Y por eso mismo la mejor forma de que la ira sarnosa del odio se ponga en funcionamiento de nuevo entre los áureos títeres que se hallan al cuidado de las fuerzas vivas que genera el Poder es que se quite de en medio el casual restaurador [en el caso que nos ocupa Lucio Cornelio Sila]. Restauradores que parecen conceder un respiro de paz y dar un poco de crédito a la patria a fin de que ésta siga tirando, aunque sea para liarla parda casi de inmediato, degollinas vienen y degollinas van. Y así nos cuentan los anales que aún no habían sido avistadas las costas de Grecia por las naves de Sila, cuando Cneo Octavio y Cornelio Cinna ya habían empezado con sus polvaredas levantiscas a marear la perdiz del Poder y a arrearse candela dando lugar a nuevas revueltas tumultuarias en la Caput Mundi, donde, como es sabido, su mitológico origen, que se remontaba al 753, se debía también a un fratricidio entre Rómulo y Remo. Y quizás por ello mismo la vida siempre había andado en ella [y seguía] a la greña con las muertes más feroces. Cneo Octavio y Cornelio Cinna, entre estacazos a la ley y al orden, habían entrado ya en liza. Unos [los de Octavio] como conservadores u optimates, y otros [los de Cinna] como demócratas o populares. Consecuencia: ¡zas y zas para el otro mundo populacho romano! Y otra vez el resurgir de la guerra social y servil de dos años atrás, que, como era de cajón, desembocaría en una nueva e implacable contienda civil. Y sobre las estrechas callejuelas, en algún que otro jardincillo [de los pocos que habían] o plazoletas romanas volvió a correr la sangre a raudales como si de una inmensa y fina seda de la púrpura de Tiro se tratase. Más de diez mil cadáveres quedaron escarmentados de tanta calamidad política sobre el empedrado romano. Cneo Octavio resultó vencedor tras sacudir sus guadañazos sobre los defensores de Cornelio Cinna, quien logró huir a Nola. Y desde allí envió un correo urgente a Cayo Mario para que regresase de África y se uniera a él. Luego, valiéndose de sobornos [merced al dinero que había logrado salvar de la escabechina de Roma] reclutó a cuantos soldados pudo y habitantes de la Italia del sur que habían estado a las órdenes del pretor Apio Claudio, defensor entusiasta [para más inri] de Lucio Cornelio Sila.

Hay pseudo héroes tercos como mulas, y que no se detienen en barras ni reparan en gastos [si cuentan con peculio suficiente para ello, aunque se lo hayan blanqueado al fisco], a fin de continuar demostrando que tienen arrestos suficientes para no cejar en sus tendencias bélicas porque [algún sofista lo diría] no tienen ganas ni tiempo para pararse a pensar si no serían más felices dejando de una vez de dar la pelma a los pueblos con los actos funestos que acarrean las guerras, por lo general, siempre inútiles, y en vez de seguir cargando con años de murga bélica, concederle a sus vidas [muy cortas, por lo general] un sentido más deportivo, simpaticote y fraternal que les permitiera seguir vivitos y coleando unos años más, ligados únicamente a otros apremios como pueden ser los de la buena o mala salud. Pero estos Romanos, como antes los Sumerios, los Egipcios, los Persas o los Griegos [y todos los inciviles detentadores de algún feudo envenenados por el Poder que con su espontáneo fluir encharcarían de sangre los siglos por venir], todavía hoy  nos lo seguimos preguntando, ¿por qué tendrían tanta prisa en irse para el otro mundo?

¡Qué pena de civilizaciones! ¡Qué idiosincrasias más desavenidas, que probablemente ya venían disueltas en el plasma sanguíneo! Por tal motivo, y pese a los contratiempos, con este tipo de lunáticos fantasiosos como Cornelio Cinna resultaba inútil discutir, pese a que su vida andaba ya más deshecha que una lombriz en formol. No obstante, al tiempo que el derrotado cónsul aguardaba el regreso de África del levantisco envidioso que seguía siendo Cayo Mario, [cayo perpetuo y de muy malas ideas], empezó también a recorrer una provincia italiana tras otra para incitarlas a la sublevación. Y como si de un certificado de medio defunción se tratase, le echó a su situación cuanto teatro pudo presentándose por los pueblos con una toga raída de pordiosero, con las caligae, vulgo sandalias, agujereadas por los pedruscos de las destartaladas vías romanas, la barba crecida y enmarañada, y en especial mostrando bien a la vista de cuantos le contemplaban las cicatrices de sus heridas. El taimado y teatral Cinna, ya se dijo, tenía todavía algunos [bueno, más bien bastantes] cuartos ahorrados, y sería absurdo no suponer que gracias a los mismos, y no a su aspecto repulsivo de hediondo corre caminos, [habida cuenta que la parroquia que habitaba por aquellos tiempos la vieja Italia no era muy dada a sentimentalismos frente a las agonías del prójimo], el  falsamente desharrapado Cornelio logró reunir un nuevo ejército de seis mil hombres, en su mayoría esclavos a los que liberó, y que se dejaron encandilar como marmotas por los cuartos del vengativo y ambicioso cónsul que no aceptaba la derrota infligida por Cneo Octavio. Y una vez reunido este considerable y variopinto ejército, se dirigió a marchas forzadas sobre Roma, donde Octavio, para su desgracia, se había quedado ya sin defensas. Mientras tanto, Cayo Mario desembarcaba a escondidas en Italia, y aguardaba en la capital la llegada de Cinna.

Y con toda la habilidad que caracterizase a estos capitostes romanos,  como Mario, que jamás se había resignado a que lo tomaran por el tonto canoso que frisaba ya la edad del chocheo [ciclos de envejecimiento que, según habían afirmado algunos filósofos griegos, se empezaban a consumar a partir de los sesenta y pico largos], Cayo Mario, ahora junto a su incondicional Cornelio, como antes lo fuera Sulpicio Rufo, debió volver a lanzar a los cuatro vientos algún grito del tenor de [se supone] "¡Vivan las inhospitas artes de la guerra!" o ¡"Vivan los puercos traidores abiertos en canal"! Y con toda esta nueva juerga bélica, volvió Roma a revivir sus experiencias a lo matadero de cochinos, convirtiéndose otra vez en un desmadre de sangre.

En efecto, fue una matanza en toda regla. Y cuentan los cronicones que a Cneo Octavio no le dio ni la tos perruna del nerviosismo, porque ante la que se le echaba encima, ya sin ejército, no valía la pena amargarse, y era mejor tener ya la garganta lo más equilibrada posible para recibir la degollina. Y así, ¡como si nada!, tan sosegado, aguardó la muerte sentado en su sillón de cónsul.


En la nueva escabechina no hubieron concesiones al perdón, ni gaitas. Las cabezas más conspicuas, o sea las de los senadores, fueron izadas en picas y paseadas por las callejuelas de empedrados otra vez ensangrentados.

Pero Cayo Mario vivió allí su última hazaña guerrera al unirse al ejército de esclavos de Cinna, porque murió poco después, se dice, aunque resulte dudoso, que atrapado por el horror de aquella hecatombe. Lo cierto es que antes de formar parte de la refriega y de caer bajo la guadaña de la muerte ya andaba roído por el alcohol. Además, la edad lo había debilitado totalmente para la guerra, aunque no dejó por eso de deambular entre tanto crimen como un perro rabioso que ladrara a la luna mientras su luz agónica le arrastraba a su propio crematorio. Las llamas que lo consumían seguían siendo las de sus rencores, las de sus complejos de inferioridad y las de sus defraudadas ambiciones; aquellas que habían marcado, ya desde mucho antes en sus enfrentamientos con Lucio Cornelio Sila, el naipe de su muerte. Triste fin para aquella mano fuerte de la patria romana, que antes de sumirla en los horrores de una nueva guerra civil, tantas veces la había socorrido.

Cornelio Cinna presidió un tribunal revolucionario que, al igual que a los senadores, condenó a la pena capital a millares de patricios. El mismo tribunal se arrogó el poder de declarar desposeído del mando al ausente Cornelio Sila, declarado desde entonces hostis rei publicae (enemigo del Estado). Sila, recién desembarcado en Grecia, había recibido la noticia de su destitución y de la matanza llevada a cabo por sus enemigos en Roma sin haber tenido tiempo de enfrentarse a los atenienses ni a Mitrídates del Ponto. Cuantas propiedades poseyera fueron confiscadas y todos sus amigos y seguidores pasados a cuchillo. Tan sólo se salvó su esposa, Cecilia Metela, que pudo comprar los servicios de una nave, zarpar desde el gran puerto de Ostia rumbo a Grecia, y reunirse allí con su marido. A las bestias medio mansas, medio fieras como Cornelio Cinna, que aún soñaba con conquistar el mundo que le rodeaba [muy pequeño por aquel entonces] suele durarles poco la alegría, porque siempre se quedan entre Pinto y Valdemoro.

Con todo y ello, Cinna inauguró su nuevo consulado como si de un lobo hambriento se tratase, y basándolo en la más abyecta de las atrocidades y del pánico. Reinado de terror que continuó implacable durante un año, y de cuyos efectos más productivos se aprovecharon buitres y perros que devoraban por las callejuelas romanas los cadáveres de los inocentes habitantes a los que, por capricho del rico victorioso, se les había negado la sepultura. En los esclavos liberados y comprados por Cinna, y que formaron aquel nuevo ejército invasor de Roma, la victoria produjo efectos muy semejantes a la peor de las borracheras, porque se entregaron con inhumano denuedo, después de haber sembrado tanta mortandad, a saquear, incendiar y robar todos y cada uno de los rincones de la Caput Mundi. No obstante, Cornelio Cinna, que andaba ya definitivamente escaso de la caridad del agradecido y con el sistema nervioso [imaginamos] bastante revolucionado por tanto magnicidio trasquilador de los enemigos de su nueva Roma, y quizás, temiéndose que con tanta rapiña por parte de los esclavos contratados para organizar tamaña carnicería en la capital, no iba a quedar la menor simiente renovadora de una posible paz, formó un destacamento de nuevos soldados, esta vez galos, y aisló y rodeó a los esclavos saqueadores, degollándolos a todos.

Cornelio Cinna, pese a su proceder engañoso, vengativo y sangriento, fue el primer romano que para disfrazar un nuevo restablecimiento del orden en Roma se valió de tropas extranjeras. Y allí se mantuvo como nuevo dictador, viendo pasar los muertos como quien se quita las liendres de la pelambrera, pero no muy seguro, tras haberse hecho con el Poder, de haber escarmentado con tantas calamidades a su sufrida patria, porque Lucio Cornelio Sila, amenazadoramente afincado en Grecia era [como bien sabía Cinna] hueso difícil de roer. Y conociendo su talante de poco aguante, estaba seguro que no se iba a dejar arrastrar hasta el otro mundo antes de demostrarle al nuevo dictator que ya se estaba preparando para exclamar algo parecido a "¡Antes prefiero ser pata de burra [porque no ceja nunca] que rocín engalando de cuádriga circense!" [Habría que esperar al futuro y cristiano Medioevo para que el dicho adquiriera su auténtica categoría popular, que así habría de rezar: "Antes prefiero excomunión de Papa que bendición de pata de burra" Pero lo mismo da.] Con el cesarismo del triunfal Cornelio se inició lo que las fuentes denominaron Cinnae dominatio o Cinnanum Tempus, un período de tres años (87-84 A. C.). Pero decidido como estaba a no dejar que su nuevo cargo de dictador absoluto, después de la hecatombe que había perpetrado para alcanzarlo, pudiera acabar desmenuzado por la llegada inesperada de Lucio Cornelio Sila desde la  histórica Hélade, eligió para que ocupase el puesto del desaparecido Cayo Mario a Lucio Valerio Flaco, cónsul colega suplente, militar famoso, avaricioso y cruel; y lo envió con doce mil hombres a Grecia con la esperanza de que acabara definitivamente con Sila, y de paso sometiera también al invasor oriental Mitrídates VI Eupator del Ponto.


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viernes, 25 de noviembre de 2016

A High Wind in Jamaica (Huracán en Jamaica)

Autor: Richard Hughes
"Quienes contemplaban en ese momento a la reservada Emily la vieron palidecer sobremanera y echarse a temblar. De repente dio un chillido: un segundo después comenzaba a sollozar. Todos escuchaban, en helada inmovilidad, con un nudo en la garganta. A través de las lágrimas de Emily, se escaparon estas palabras: ... “Estaba allí, tumbado en su sangre... ¡Qué horrible estaba!... Y... y se murió... ¡dijo algo y luego se murió!”... Esto fue lo único articulado que pronunció la niña.... Dejaron a su padre que la sacara de allí... Vio por primera vez –desde hacía tantos meses- al capitán Jonsen y a la tripulación, amontonados en una especie de jaula. ¿Qué le recordaba aquella terrible expresión en el rostro del capitán, cuando sus ojos se encontraron con los de ella?... Los juicios terminan pronto. La noche antes de la ejecución se las arregló Jonsen para darse un tajo en el cuello..."

Resulta sencillo proyectar sobre el lector esa simplicidad temática, a través de la cual se barajan los esquemas, casi siempre intensos y apasionantes, del mundo de las aventuras. Y en el que esperanzas, frustraciones y dificultades se convierten en un arquetipo idealizado de una fantasía sana, casi deportiva, sonriente, teñida a veces de cierta ironía, entre marcos exóticos o épocas pretéritas, mitificadas por superhombres optimistas, acrobáticos (fácilmente extrapolables a la pantalla), o adalides sabelotodo, capaces de alcanzar con su impacto, a través del cómodo y sutil vehículo de la literatura, a ese heterogéneo lector cosmopolita.


El barómetro intelectual, satisfecho (casi siempre) de su pasado historiográfico, supo, pues, volcar en los libros, ya desde sus primeros tiempos, ese toque ingenuo que otorga precisamente la grandeza épica, sin perder de vista una cierta proximidad cronológica y, a poder ser, geográfica, de cuantos pueblos habitan este planeta, ensalzando a sus héroes, auténticos o ficticios, que siempre han ejercido un magnético poder sobre las lectoras turbamultas, hasta convertirlos en mitos. Homeros de los nuevos tiempos, orientados hacia los grandes y ya desvanecidos fastos vividos por la humanidad, y que, sintiendo la vieja fascinación romántica y épica de algún remoto “color local” (según el país en que la confesada voluntad del escritor situase su potencial estilístico, emparentándolo con la temática de las gestas que allí hubiesen tenido lugar) vertían en sus técnicas narrativas un ritmo prodigioso, que, muchas veces, por desgracia, podían llegar a formar un rompecabezas histórico sin sentido.

Paralelamente sobre estas obras pesaba la sombra de vastas polémicas entre historiadores, que, por sistema, rehuían de su festines babilónicos de autenticidad historiográfica, los aspectos folletinescos, el tono sensiblero, el uso dramático excesivo, el falso esquematismo psicológico de personajes que jamás existieron, y el no menos peligroso alegato ideológico de cuantos héroes, tiranos o núbiles doncellas recorrieran sus páginas. En efecto, porque en muchos de los grandes libros de aventuras, entre otros aspectos creadores del artificio, sus personajes (sin dejar de ser interesantes y resistir bien la carcoma de los siglos) demuestran poseer una psicología rudimentaria, banal, y a galope del encuadre subjetivo que crea, en el terreno de la creación literaria, el gran evento conductor de la grandilocuencia, ya sea trágica o romántica, más exasperada. La importancia o la extravagancia de las existencias de sus campeones se hallan, las más de las veces, encerradas en una absurda jungla de inaceptable contenido humano, y los conflictos en que también se ven inmersos, aparte de su elementalidad enloquecida, pueden acabar por transformar la herencia ilustrativa de la historia en un circo “ortopédico”

Auténticos arietes del mercado aventurero literario, que resonaron como gigantescos artífices en la culminación emocional de la acción por la acción, convirtiéndose en patrimonios culturales de primer orden de la creatividad frente a aquella nueva gramática que proponía el recurso de la inventiva histórica, fueron, entre otros miles, Walter Scott, Robert Louis Stevenson, Herbert George Wells, Rudyard Kipling, Alejandro Dumas Sr., Emilio Salgari, y, muy especialmente, Julio Verne. Pero al citar estas formulaciones teóricas de tan bello arte literario, en el que muchos de estos autores, con sus óptimos relieves descriptivos, descubrieron una furtiva macrofisonomía dramática del hombre, a veces ignorada, es obligado también mencionar que al espolear esta cultura épica, trataron, al mismo tiempo, de asir el secreto estético del tiempo, captando en sus escritos porciones de realidad elegidas con determinada y agradecible perspectiva. No cabe duda, sin embargo, que cualquier seísmo, por muy pequeño que sea, puede sacudir cimientos. En consecuencia, al límite de las contradicciones artísticas, exuberantes, y visionariamente épicas ya mencionadas, se halla esta distorsionadora, espléndida y antológica reflexión sobre la novela de aventuras que supuso “Huracán en Jamaica”.

El lector capaz de librarse de ese sarampión intelectual, tantas veces contagiado por un formalismo más plausible, y que sea capaz de separar la ganga más convencional de lo “realmente válido”, se verá, en un instante, sumergido en el remolino luminoso de esta tragedia aventurera, tan lírica como angustiosa, tan poética como magistral, en todo lo que se refiere a su transpiración de auténtico amor hacia la tierra, el paisaje, el cielo y el mar, bien que inquietante en su objetivo, negativa en su heroicidad, y ambiciosa e inflexible en cuanto a la complicada psicología (intrincado camino en el que ahondar) de sus personajes infantiles. Y a través de ellos (una irracional, aunque verosímil, cohabitación única entre niños y hombres), asistiremos a una macabra “vuelta de tuerca” de cuanta potencial explicitación puede arrastrar consigo la “nefanda crueldad que el insondable candor de la niñez encubre”.Y que depurado en esencia hasta sus últimas consecuencias, más allá de los arcanos implacables de la fantasía (desde la lógica que promueve el involuntario reflejo moral del desequilibrio en que vive la mente infantil), puede llegar a vampirizar, tiranizar, y transformarse en el ogro monstruoso, que, como en la novela, convierta a una pequeña colectivización de hombres, anacrónicamente sumidos en el seno de las viejas mitologías del pirateo en los mares caribeños, en una espectral procesión de cadáveres vivientes, faltos de toda voluntad, y hasta de la más elemental malignidad, y que tan sólo parecen habitar en la “subjetividad maliciosa” de los niños, ingenuamente maltratados por su pueril imaginación, si nos atenemos a la contrapartida que supone su inocencia.


Y dado que la niñez siempre enmudece ante lo que no alcanza a comprender, los patéticos filibusteros de “Huracán en Jamaica” (una vez acentuando el extremismo de las soluciones formales frente a unos actos de pirateo y secuestro “más que sabidos, intuidos”, a los que les será aplicada la futura e irrefutable condena de la sociedad adulta de las naciones más civilizadas) acabarán por recorrer, atrapados por tan “deletérea” convivencia, esa especie de campo de batalla que resulta tan mortífero como todos aquellos en los que se fecundaran tantas semillas “hedonísticamente heroicas”, y que maduraran en el ciclo espectacular de aquellos nuevos recursos estilísticos y documentales que inspiraron las más representativas hazañas de los relatos aventureros en tantos escritores de renombre.

Los apabullantes episodios intimistas que encarrilan los sucesos colectivos de esta excepcional novela, de fuerte inspiración realista, abren una nueva dimensión, no meramente ornamental, dado el exotismo de que se reviste, sino dramática, en su vertiente, como dije, más racional y psicológica, dada la meritoria labor introspectiva que de la mente infantil hace gala su autor, Richard Hughes. Despojando la obra de todo el artificio que conlleva la aventura clásica, “acecha y ahonda” en el desasosegado pensamiento de los protagonistas del libro al tiempo que en el del posible lector. Una prolongación y una superación del realismo más incisivo, que se aleja años luz de los aquelarres fantásticos de los cuentos de Andersen. El sujeto emocional de la acción trasvasado a las perspectivas vivenciales del utópicamente inofensivo intelecto infantil. O lo que es lo mismo, la batahola de la existencia vista desde la fantasmagoría mental del niño, que es como un ribete onírico que lo separa del más explorado mundo adulto. Todo lo cual nos aniquila moralmente, pues no hay más monstruos ni más espectros que los de la acomodaticia elucubración capaz de situarse en el punto de vista de cada personaje, ya sea adulto, y poco inteligente, cuando no debería ser así; ya infantil, y por tanto irresponsable, como debe de ser, sin que por ello la presida la necedad.

... “Pasaron las semanas en un navegar sin rumbo. El transcurso del tiempo tenía para los niños –una vez más- la contextura de un sueño. Cada pulgada del barco les era familiar... Se dedicaron tranquilamente a crecer. Y entonces le sucedió a Emily un acontecimiento de importancia considerable. De repente se dio cuenta de quién era... Había estado jugando a las casitas en un escondrijo de proa, detrás del cabestrante, y cansada de jugar, vagaba por la popa, pensando confusamente en unas abejas y en una reina de las hadas, cuando de pronto le cruzó como una exhalación por su espíritu que ella era “ella”... Pero le bastaba para poderse formar una idea elemental del cuerpecito que –ahora se daba súbita cuenta de ello- le pertenecía. Se echó a reír: “¡Vaya!”, pensó. “Mira que haberte pasado esto precisamente a ti.” “¡Tendrás que resignarte a ser una chiquilla, y crecer, y envejecer, antes de que puedas salir de esta endiablada carraca!”... Así, con las exigencias inextricables de la evolución, logra determinar Hugues la emoción con que, en la inteligencia privilegiada de su protagonista infantil Emily, se produce, desde la confusión que en la mente de los niños genera el bien y el mal, la verdad y la mentira, lo real y lo imaginario, la “exhumación” individualista de nuestro cuerpo, la accidentalidad emergente del propio “yo” , transmutador y claramente discernible del de los demás.

Todo esto y mucho más alimentará, por tanto, nuestra devoción por penetrar en el texto literario. Detengámonos un momento en lo que sí es definible, pero devoremos como buenos lectores, cada una de las apetecibles individualidades que conforman el colectivo humano de la obra: “Paraíso jamaicano, a mediados del siglo XIX . Tras un huracán que reduce a escombros las posesiones de la familia británica Bas-Thornton y la criolla Fernández, siete niños (accidentalmente “secuestrados” al ser abordado el buque en que viajan rumbo a Inglaterra para su educación por la caricaturesca tripulación de piratas -último aliento aventurero del añejo mar caribeño- que preside el capitán Jonsen, y el cual dista mucho de ser el rudo y desalmado marinero al uso) se integran a la teatralidad irreflexiva del arcaico colectivo pirata. Una convivencia que da rienda suelta a ciertos métodos paradójicos de autoexamen: desde la inocencia a la crueldad, desde el humor al pánico. Una pirotecnia literaria que es capaz de pulsar gozosamente el sistema nervioso del lector, merced al subjetivismo en el que postula la hermética agresividad de la infancia, similar al espectáculo circense de la payasada risible, aunque discutible y desconcertante de la malicia humana, aunque sea en su faceta más primaria o pueril. Y que subyuga nuestro intelecto a través de tan impresionante despliegue de profundísima psicología narrativa como la que conforma ese arco reflejo de un mundo que va de la equívoca idea de la puericia irresponsable a la no menos equívoca exaltación del sentimiento, y del sentimiento fugaz e insostenible de ese fraude que tantas veces significa el cariño infantil, arrojado pero olvidadizo, a la idea de su casi imposible perdurabilidad en nuestra existencia.



Nacido en Weybridge, localidad galesa, en 1900. Richard Hughes alcanzó la más alta notoriedad como magistral narrador con "Huracán en Jamaica", publicada en 1929. Famoso más tarde por especializarse en la literatura fantástica infantil, cuyo título más recordado fue "El perro prodigioso", y que se publicaría un año después de su muerte, en 1977. Inspirándose en las afamadas epopeyas de su amada Gales, fue autor de hermosos dramas poéticos. Murió en Talsarnau en 1976.




"A High Wind in Jamaica", film mítico, alado. Situaciones y diálogos excelsos. La total constatación de como el Séptimo Arte es capaz de nutrirse de la mejor literatura, convirtiendo la ficción novelística en un espléndido marco de conductas capaces de recomponerse en una especie de ensueño tan agridulce como mágico y nostálgico. Insólita atmósfera que somete a las necesidades de la imagen a los grandiosos personajes de la obra de Richard Hughes. Adultos y niños que se debaten entre un juego de codicias, intereses, e inocente crueldad frente a una resolución sublime de los más excelsos elementos de la aventura [al que habría que añadir su realismo fantástico]. 


Conjunción perfecta, casi irrepetible, entre guión, fotografía, actuaciones, música [exquisito sound-track de Lawrence Cecil Adler] y dirección. Película de 1965, en  fascinante Cinemascope y Color de Luxe, dirigida por Alexander Mackendrick para 20th Century Fox. Estrellas Anthony Quinn y James Coburn como los piratas que capturan a cinco niños. Otros miembros del reparto incluyen a Deborah Baxter [una Emily excelsa, de ternura interpretativa todavía hoy sorprendente -deslumbrante en su secuencia final-], Gert Frobe, Nigel Davenport, Isabel Dean y a Lila Kedrova.

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sábado, 5 de noviembre de 2016

Hechizo azul







Autor: Tassilon-Stavros


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HECHIZO AZUL



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Cuando la visión de mi isla, que definía mi existencia, empalideció borrosa y ondulante; y, desgajada de mi realidad, creí perdidas en la oscuridad última aquellas playas de ondas cálidas y claras, me llegó tu casto aroma de paz.

Yo no lo sabía entonces. Atisbo de pasados entusiasmos. Activa desintegración de mi inexplicable dolor.

¿Será ése el auténtico prodigio de la vida? Absorta canción ahora sensitiva que de mí aparta todo  sentimiento desolador.

Conciencia persistente de gentiles encantamientos. Horas nuevas frente a la calma relajada del mar. ¡Promesa fue la queda lumbre de tu faz!


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Cuando tu distante luz tendiste a mi tedio árido, un aire tibio me trajo tu forma silenciosa. Azul intenso del inmemorial cuerpo vivificante del mar, para mí tan necesario.

Yo no lo sabía entonces, cuando te tuve con la sombra del otro hombre que fui. La tierra, al igual que el mar, parecía balancearse y oscilar, mientras yo seguía consumido por un jadeo lento, con la respiración de un conocimiento dormido y la ansiedad misteriosa de una desviada verdad.

¿Será esa gran masa de energía de preterido destello el verdadero reto de mi germen? Fuerza vital de un enigma inesperado frente al que se arrodilla con humilde sumisión mi nueva realidad corpórea, apartándome de la oscuridad.

Y ese nuevo fulgor alcanzado me despertó, arrancándome de una enfermedad incurable, cuando el mundo de los hombres reniega de sus deseos, y convierte la existencia en un colapso universal. Fue como una locura que dejaba tras de mí el trastorno ciego de mis postraciones. Nadie más podría, salvo tú, sobrenatural firmeza del azul, apartar de mí aquel paisaje interior, cruelmente empapado de invierno solitario.


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Cuando comprendí al fin que tu aura casi divina, de grandiosidad fascinante, me lanzaba su hechizo de liberación, supe que estuve perdido. Y que si tú no hubieses existido en el mundo, tampoco yo estaría en él, fuerza vital de un universo lleno de riqueza.

Yo no lo sabía entonces. Pordiosero de mis nocturnas peregrinaciones. Imaginación terebrante que somete  a nuestra carne viviente al yugo de la fría disolución y a la muralla de la tierra. Furia impaciente del tiempo, demencial captura que nos llena de indiferencia.
 
¿Será ese recuperado santuario de tu ofrenda mi veladora puerta? Porque llegaste cuando mi fragilidad,  enmascarada por un endurecimiento demente, enfriaba mi ser como un cuchillo de piedra. Y mi rostro, inmutable, estando mudo, cerraba sus ojos al fervor de toda preferencia.

Derrumbados tronos de vehemencias que se perdieron como amores que prefirieron enmudecer sus voces. Pero cuando desperté observando esa atmósfera potente de tus destellos, y ese añil en calma como un nuevo pathos de ternura, se alejaron al fin mis noches sin respuesta. Y frente al celeste movimiento, nítido, armonioso e inconmensurable de tu creciente marea, halagada por la luna, el hechizo extinguido recobró su aliento, la nostalgia su atractivo, y el acariciador júbilo de la esperanzada brisa su firmeza.


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viernes, 7 de octubre de 2016

Lucio Cornelio Sila: el siniestro encanto de la dictadura -III Parte-





Autor: Tassilon-Stavros
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LUCIO CORNELIO SILA: 

 

 

EL SINIESTRO ENCANTO 

 

 

DE LA DICTADURA  -II PARTE-

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Cronicón Político-Romano
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Hay un Salmo latino por ahí que reza "Homo cum honore esset, non intellexit; comparatus es iumentis insipientibus, et similis factus est illis" ("El hombre, una vez investido de honor, no entendió; [y por no entender] equiparado fue a las ignorantes bestias de carga, que nada saben"). Y dicen que fue Job [se supone que en arameo] quien soltó aquello de "Vir duplex animo, inconstans est in omnibus viis suis" ("El hombre con doblez es inconstante en todas sus acciones"). Y Platón ya sentenció otro género de sabiduría imaginativa pero no menos maligna que abunda mucho en el hombre cuando escribió [en griego, claro]: "Scientiam quae et remota a justitia, calliditas potius quam sapientia est apellanda" ("Las cosas que el hombre hace con embustes y engaños, fuera de lo que dicta la razón y la justicia, no es sabiduría, sino astucia")... 

"¡Pues mira qué bien! Como empiece usted el último rollo cronista con esa inútil crueldad amuermante de floreada dicharachería latina, y no se centre en mayores precisiones sobre el cronicón del Sila ese, prefiero que me cuente usted la sublevación de Espartaco, porque los latinajos a muchos nos saben a inclinaciones imperiales y no todos podemos presumir de talentudos y experimentados en la dialéctica"... "Hombre, no se me moleste usted por querer darle al color histórico algo de sentido metafórico a base de latines, porque su utilidad, aunque no lo crea, es evidente. También hay que concederle a la historia cierta franquía, y al arrancar a algunos de sus personajes del alcanfor de los siglos, el latín, aplicado con humildad y recato, en fin que se usa también para desahogarse muy elegantemente. Claro que si usted o cualquier otro posible lector se nos va mosquear, lo dejamos y va que arde"...



Lo cierto es que fue Cayo Mario quien a sus 69 años se vio enzarzado en disputas con el nuevo pretor Lucio Cornelio Sila, y pudo así volver a exprimir contra él sus naturales tendencias a proferir frases célebres, más o menos del estilo que en la parte alta hemos referenciado. Y aunque no lo podamos afirmar con certeza, [sabiendo que la vida, en aquellos viejos imperios -aunque tampoco hoy haya mejorado mucho- marchaba alimentándose de rencores y envidias], resultaría gracioso imaginar que alguna de ellas, además de todas las que el consule Cayo soltó y han llegado hasta nuestros días, pudiera haber sonado del tenor de: "Los muertos de hambre cuando ganan dos sestercios, ya se sabe, ... se conoce que es el instinto de la pobretería, que es como un alma envenenada. Cornelio Sila anduvo con su encanallamiento urbano, dando traspiés de un lado para otro por toda Roma, después de haberse juntado con todos los pelagatos y lagartas de la Suburra [vasto y populoso barrio de la antigua Roma ubicado en las cuestas de las colinas del Quirinal y del Viminal, hasta las estribaciones de las del Esquilino, Oppio y Fagutal, habitado por un subproletariado ciudadano que vivía en condiciones miserables y camorristas], y ahí lo tenéis ahora..., poniéndose las botas" 

Y es que Cornelio Sila, destacado militarmente en la pasada Guerra Social, y ahora ya como pretor, se hizo de nuevo con el mando de una División en Capadocia, con la orden senatorial de reponer en el trono al rey Ariobarzanes, que había sido desposeído por el ambicioso Mitrídates del Ponto, soberano del Asia Menor desde 120 a.C hasta su muerte en 63 a.C. Mitrídates, mortal enemigo de Roma y de cualesquiera de sus aliados, tras conquistar el oeste de la península de Anatolia había provocado una matanza de 80.000 ciudadanos romanos. Y entre las inmediatas aspiraciones conquistadoras en que se hallaba enfrascado se contaba la de invadir Grecia antes de que Roma pudiese reaccionar de nuevo como había sucedido con Anatolia.

Aquella matanza indiscriminada de ancianos, mujeres y niños romanos en Anatolia como es de cajón provocó la ira de la Caput Mundi, y dio lugar a la que se conoció como Primera Guerra Mitridática entre el 88 y el 84 a.C. Lucio Cornelio Sila resultó vencedor en este enfrentamiento con Mitrídates, y tras lograr expulsarlo de allí, volvió a la Patria con un botín descomunal y energías tan renovadas como para llegar "al siglo" ya sin mayores agobios. Y como el gran héroe ataviado y engalanado de laureles -además de rellenar sus arcas particulares de buenos sestercios, como ya se indicó-, que había logrado sacudir de nuevo estopa por doquier, se sintió ahora capacitado, con todo el derecho que le concedía su nueva victoria (después de sus pasados años engolfado en la crápula "suburriana"), de mirar de reojo y como a traición a todo aquel que no se tomara sus nuevas condecoraciones con la seridad que requería tan gran triunfo.

A Cayo Mario -hay que contarlo a la fuerza de forma chistosa- lo que en verdad se le había atragantado del espectacular regreso de Cornelio Sila a Roma no era su paso marchoso de triunfador, ni que ahora con tanta prebenda de héroe se le acabaran por fin los agobios que había padecido, o que hubiera decidido hacer novillos de por vida en los bodegones de la Suburra, poniendo punto final a tantos chismes como aquellos -es una suposición- de que "yendo de andaduras entre la plebe más abyecta y las pelanduscas de peor nota, si lo que Sila pretendía era comerse el mundo, habría de hacerlo con los pies enfangados, que era como se movían por el lodo y la escoria del famoso barrio del Quirinal y del Viminal"..., no,  el torbellino que en realidad se había posado en el alma de Cayo Mario era el de la envidia; y no por cuestiones políticas, sino porque Sila había sido recompensado por Bocco I, el famoso rey moro que se había unido a él en la confrontación armada contra su yerno, el ya derrotado y ejecutado Yugurta, con un bajorrelieve de oro en el que figuraba el mismo Bocco entregando Yugurta a Sila, en vez de a Mario.




La verdad es que tal obsequio, salvo a Mario, a nadie importó lo más mínimo. Pero como la envidia tiene el vicio de andar muy metida en las carnes, Mario no iba a dejar así como así que el nuevo destino en Roma de Cornelio Sila anduviese otorgando tantas concesiones a un honor que, ya desde la captura y muerte de Yugurta, y por ser el comandante de Sila, pertenecía, según su criterio de superioridad, exclusivamente a él.  No obstante, el orgullo herido de Mario, por lo pronto, no tenía más remedio que armarse de paciencia [porque habría resultado demasiado humillante, pese a su mala uva, andarse lamentando con semejantes soplapolleces para dar pábulo a las murmuraciones de la plebe y del triturador graderío senatorial], a la espera de poder asestar su golpe de gracia al usurpador de los honores militares que, tal como conjeturaba Mario, tan sólo a él correspondían.

De todas formas, como Lucio Cornelio Sila se disponía ahora a ponerse el mundo romano por montera, sacando la mejor tajada posible de sus nuevos éxitos, aunque se hallase al tanto de los resabios deslenguados que contra él había proferido Cayo Mario, a quien ahora consideraba como un cónsul de asco que tenía entumecida su andorga por la pelusa de los celos, dado que la envidia nunca ha sido una monja de la caridad, [...bueno en la Roma de antes de Cristo, naturalmente habría sido una casta vestal], tras reavivar también su intestino de forma sosegada y con no poca vanidad la astringente animadversión y resentimiento que, con ánimo de combatirlo, había hecho presa en su ex-comandante, se oreaba ya entre verbeneras guirnaldas esponsalicias dispuesto a contraer matrimonio nada menos que por cuarta vez -después de haberse pasado por el tálamo a Julia Caesaris, Aelia, y Cloelia- con Caecilia Metella, [viuda a su vez del pretor Marco Emilio Escauro que, entre otras hazañas, llevó en el 62 a C. la guerra hasta el reino Nabateo de Petra, y cobró 300 talentos por renunciar al asedio de la ciudad], hija de Lucio Cecilio Metelo Dalmático, cónsul en 119 y Pontifex Maximus en 115 a.C., que equivalía a príncipe o presidente del Senado.

Con dicha boda Lucio Cornelio Sila corría así un tupido velo sobre la peor etapa de su pasado, y enderezaba el espinazo -valga la expresión- equilibrando otra vez su suerte por medio de tan poderosa familia, al tiempo que esta nueva -se supone- felicidad doméstica ponía bajo sus "victor caligas", vulgo "sandalias vencedoras", impensables pilares aristocráticos, que habían favorecido, ya antes del prefijado himeneo, el codiciado mando que le pudiera conceder la victoria contra Mitrídates en Asia Menor.


Según aseguran los siempre avispados comerciantes, la carne de primera es carísima; la de segunda acostumbra a salir más bien dura: y la de tercera, ya ni que decirlo, no es más que un casi putrefacto despojo. Es natural que de la primera se hagan buenos gatuperios o pistos [hoy, con la prepotencia del "American new world", se les llamaría "goods hamburgers steaks"], y de tales mercancías alimenticias tales revoltillos, porque, según los cronicones, Publio Sulpicio Rufo, orador de buenas carnes y legado del conspicuo Cneo Pompeyo Estrabón durante la famosa Guerra Social, y ahora, en aquel inflamado 88 a.C., convertido en Tribuno de la Plebe, se dedicó a lanzar cuantas filípicas pudo para invalidar cualquier nombramiento nobiliario y de mando bélico de Sila, el de la carne más bien tirando a dura.

A Sulpicio le había asaltado al parecer una  flamante inspiración revitalizadora y  crematísticamente no menos "reconfortante" (Rufo, aunque pertenecía a la aristocracia, se hallaba casi en la ruina, y Mario ya le había prestado, y le seguía prestando, una gran ayuda financiera tras haber contribuido apasionadamente a que el resentido comandante se hiciera con el caudillaje de las legiones durante las pasadas Guerras Mitridáticas), cuando se propuso convencer a la Asamblea Romana, entre inflamados dengues de gazmoñería trágica si no se le prestaba la debida atención, que las mejores vitaminas para que la "grandeur" de la "Caput Mundi" no decayese, era transferir todas las investiduras de mando al reputado Cayo Mario, [quien por haber cumplido ya la friolera de setenta años, era el de la carne más amojamada, aunque se mantuviera implacable en su odio hacia Sila, no se bajara de su rancia y avejentada "burrería" -ustedes perdonen el palabro-, y no dejara de solicitar nuevos puestos, cargos y honores de los que se sentía plenamente merecedor], y que  lo más urgente era devolver al lodo "suburriano" al indigno crápula que había sido Lucio Cornelio Sila [aunque ahora capeara sus malos tiempos celebrando su nuevo y aristocrático himeneo con la bien proporcionada, -en todas las lides-, Caecilia Metella, a la que, según aseguraba Sila, mujeriego contumaz, llevaba amando en silencio la mar de años; y por cuyo amor, a fin de conseguir el ansiado divorcio, no había dudado en cubrir con los regalos más costosos que imaginarse pudiera un romano a su ex cónyuge, la caprichosa Cloelia, que era de tendencias gastadoras y siempre había andando presumiendo por toda Roma de usar los trajes más caros y lujosos durante el tiempo que duró el áureo cachondeo de sus amoríos matrimoniales con el escurridizo seductor Cornelio, incluso en su etapa más rijosa de adúltero incorregible]

La Roma de impenitentes tendencias guerreras -no había ya por qué dudarlo-, iba de pronto a presenciar otra gigantesca manta de tortas, esta vez al alimón entre Cornelio Sila y el vejete Cayo Mario. Así lo auspiciaba el no menos fondón tribuno Publio Sulpicio Rufo, sanguijuela acomodaticia de Mario, que, con total falta de recato, se había dado el lote, ante el Senado, de sacudir  guadañazos a diestro y siniestro, con su lengua viperina, contra las recientes ínfulas principescas de Sila, a quien, tras casarse con Caecilia Metella, parecía haberle llegado la hora, en cuanto al porvenir se refería, de mirar al populus romanus por encima del hombro [pese a que muchas de las diatribas que el radical Sulpicio Rufo, con cierta ira de activista sarnoso, anduvo soltando contra él no tuvieran nada de exageradas -tratándose como se trataban de verdades como puños que habían monopolizado su anterior vida privada entre la más baja de las condiciones morales-, y por ello mismo [conociendo la inquina que el combativo Rufo profesaba a Cornelio] nos imaginamos el serial con que anduvo repartiendo su estopa verborréica ante los senadores, y hasta nos atreveríamos a aventurar  que podría haber acabado alguna de sus invectivas, rebosantes de mantenido heroísmo patrio, con un eslogan del tenor de: "Lucio Cornelio Sila no es merecedor de la menor recompensa ni de rehacerse ante nuestros atónitos ojos en la más mínima de las virginidades políticas".

Y mientras tanto, por ahí andaba Cayo Mario, con los nervios ahora más templados, esponjándose con total acomodo en aquel  riguroso lenguaje difamatorio como el que su protegido y hacendoso regurgitador de tanta redundante "ταυτολογία" -tautología- [porque la verdad es que Sulpicio Rufo, de tan catafórico y anafórico contra Lucio Cornelio, resultaba ya casi vomitivo] andaba soltando ante los Senadores. [A fin de cuentas, para Mario, todo el cieno que se vertía sobre el inculpado Sila era como si se lo echaran a una tía lejana, de esas que nos importan una higa. Además, deliberaba Mario para su coleto: ¿Por qué no iba a ser verdad todo lo que soltaba Rufo, si, además de la escoria humana, lo sabían hasta los gatos callejeros de la Suburra?]. Y si Publio Sulpicio no abreviaba sus locuaces invectivas ni para tomarse una simple sopa de ajo era quizás porque, en el fondo, pensaba que todos los pronunciamientos de los componentes del Senado [imaginamos que a más de uno ya se le habría estragado el vientre] le iban a ser favorables, como si los provectos -no todos, claro- senadores no tuvieran ya la menor facultad  de leer en las conciencias ajenas, movidas por el rencor y la envidia.

A Lucio Cornelio Sila toda aquella tramoya ofensiva, ahora que todo le iba a pedir de boca, debió producirle cierta hilaridad (bueno, ¡quién sabe!, risa de la que todos imaginamos, no; sería, en todo caso una risa siniestra), porque nunca fue hombre de esos que todo lo ven trágico y negro y sin salida posible, sino de los que siempre hallaba tiempo de hacer un alto en cualquier tasca de Roma, y celebrar sus inclinaciones juerguistas sin que nunca se le borraran las ideas vengativas con que, tarde o temprano, acabaría ajustando cuentas a las distinguidas élites que se iban turnando para que su hoy como su ayer tuvieran el peor de los arreglos, y que, al menor descuido, no le  respetaran ni las últimas voluntades.

Y como su más encarnizado enemigo, Cayo Mario, al igual que todos los pitecántropos de hace dos mil años y más, no tenía  la menor posibilidad de leer el porvenir [ése que hoy, transcurridos los veinte siglos y más, ¡pobres homínidos autómatas de las nuevas tecnologías!, creen saberse a pies juntillas dándose caña con sus zambullidas en webs internáuticas y manejando sus artilugios whatsApperos], sencillamente, porque para ellos no había más porvenir científico que el de convertir en polvo lo antes posible a todo átomo viviente, olvidó [es probable que el Alzheimer -pese a que ningún romano supiese lo que era- ya anduviese haciendo mella en él] lo sangrienta que era la atrasada ciencia romana en todo lo que se refiriese a pagar culpas. Y así se cavó su propia tumba por no haber querido aprender [o, como ya hemos dicho, por olvidar] la lección de que a ciertas edades es mejor no acogerse a compañías de las que, por mucho que engorden y envejezcan, se empeñan en seguir corrompiendo la sociedad con el culto al héroe, tras imaginar que aún conservan aquella fuerza moral de jovialidad bélica, aunque ahora anduviera surcada de cicatrices, dado que nada poseen ya de aquel vislumbre que una vez diera prestigio a la más insolente de las mocedades.

Otros, como Cicerón, [que, dada su juventud, todavía no había entrado en quintas político-patrióticas ni expuesto sus famosas cartas a Cornelio Nepote «acerca de las inclinaciones de los líderes, los vicios de los comandantes y las revoluciones estatales»] habrían llegado a la conclusión de que Cayo Mario había perdido ya toda su relación vivencial con el medio en que vivía, y que si se hallaba ya al borde del abismo para pegarse el último batacazo de su vida era porque también se había empecinado en olvidar aquello de que "los que se revuelcan una y otra vez en el cieno de la intriga, haciendo uso de la oratoria más insolente, lo único que hacen es prepararse para que le retuerzan el pescuezo" -remedo de cierta frase que, al parecer, se atribuye al expansivo simbolista Verlaine-


Y si llevas un perro vengativo dentro, ya saldrá, no te preocupes. Y Lucio Cornelio Sila era de ésos. Y desde sus horas de triunfo en la Guerra Social, y las derrotas que impuso a Yugurta y a Mitrídates del Ponto en Anatolia, no se le fue de la cabeza que ya no estaba dispuesto a seguir aguantando como huéspedes destripadores de su fama a Cayo Mario ni a su desprestigiador protegido Publio Sulpicio Rufo. Sila corrió entonces que se las pelaba hasta Nola, ciudad cercana a la actual Nápoles, que había sido sometida a un asedio por parte de las milicias de Sila cuando los rebeldes samnitas que se refugiaron en ella se unieron al bando de Mario. Sila, que había expulsado de la misma a sus antiguos habitantes, organizó allí un nuevo ejército y lo condujo inmediatamente contra la mismísima Roma, donde Mario había improvisado otro para enfrentarse a su odiado enemigo. Por primera vez en la historia de la República un general de la inviolable Caput Mundi marchó contra su propia ciudad, quizás porque las conjunciones de los astros, para estos romanos tan supersticiosos, se le habían mostrado propicias. Ante tan vil acción por parte de Sila fue cuando Mario por fin empezó a ver que su cruzada se teñía de tragedia y negrura, pese a que esforzadamente trató de defender Roma contra las cinco legiones veteranas que Sila se había traído de Nola.

La resistencia resultó un fracaso total. De nuevo la vida marchaba a golpes de armamento bélico. Y para Cayo Mario, después de haberse pasado su existencia recitando frases sonoras y discursos aflautados por las ínfulas de la grandilocuencia, le había llegado la hora de comprender que la vida muchas veces no pasa de ser un doloroso sueño del que a veces se puede huir y a veces no. Pero como también la casualidad juega su baza caprichosa en los aconteceres más negros, se dispuso a seguir mareando la perdiz contra Sila tras lanzarse a una huida desesperada junto a Sulpicio Rufo. Perseguidos por los hombres de Sila, Rufo fue capturado a treinta kilómetros al sur de Roma y ejecutado sin demasiada filigrana, teniendo en cuenta que no se trató de una ejecución al uso, sino de un asesinato en toda regla perpetrado por un esclavo suyo. La cabeza decapitada de Sulpicio fue expuesta en la "rostra" [en la antigua Roma tribuna del Foro que servía de púlpito desde el que los magistrados y oradores arengaban al pueblo] por orden de Sila, quien no tardó en recompensar al esclavo que dio muerte a tan insufrible amo, libertándole primero, y condenándole a muerte después a cambio de haber traicionado a Sulpicio sin el menor miramiento. Mario en cambio logró abrirse paso hasta la costa, se embarcó rumbo a África, y se atrincheró en el refugio que le ofrecía una pequeña isla situada frente a la costa cartaginesa.

Las represalias en las que incurrió Lucio Cornelio Sila después de esta primera restauración del orden en Roma no han sido refrendadas con demasiada certeza en las crónicas, así que pasamos por ellas un poco de puntillas porque para los historiadores, todavía a día de hoy, resultan un tanto inciertas. Lo que si está claro es que en el Foro acamparon treinta y cinco mil hombres fieles a los dictados de Sila [el trance debió de ser de infartos por doquier], y éste pregonó a grito pelado que, a partir de aquel glorioso día, tras haber acabado con las intrigas de Cayo Mario y de Sulpicio Rufo [aunque con la fuga de Mario su venganza no hubiese quedado culminada por completo] todo nuevo "Proyecto de Ley" que fuese presentado en la Asamblea de Gobierno sería refrendado previo consenso del Senado, y que, además, los votos en los comicios se acogerían de nuevo a la Constitución Serviana [Derecho antiguo, desde la fundación de Roma, hasta el siglo primero a. de C. -753 hasta el 100 a. de C.-] dividiendo otra vez el pueblo votante en centurias. [Hay que tragar saliva y  ponerse en la órbita político-fantasiosa romana para entenderlo, ¿no?... Pues, sí, señor..., más bien sí. Pero lo mismo da...]

Y después de dejar así bastante apañadas las fuerzas vivas de la nueva Roma ya en su poder, Cornelio Sila se hizo confirmar el mando militar supremo con el título de procónsul. E inmediatamente, creyendo que por lo pronto la burricie bélica quedaba aplacada  con su oportuna intervención militar en la Caput Mundi, permitió la elección por parte del Senado de dos cónsules para que los mismos pudieran sancionar todo trámite que salvaguardara los asuntos de la Patria: el aristócrata Cneo Octavio Rufo [¡otro Rufo!] y el plebeyo Lucio Cornelio Cinna (que subrepticiamente intrigaba para conseguir la amnistía de los exiliados como Cayo Mario). Y con su nuevo halo de heroicidad Lucio Cornelio Sila acarreó su legión de treinta y cinco mil experimentados combatientes hacia la nueva empresa que se traía entre manos: la invasión de Grecia [dado que Atenas se había aliado con Mitrídates del Ponto, que venía desde Asia con un ejército cinco veces mayor que el romano]... ¡Y allí nuevo jolgorio y aquí todos contentos!.

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