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viernes, 17 de julio de 2026

LA HUELGA DE TRANVÍAS EN LA BARCELONA DE 1951 DURANTE LA DICTADURA FRANQUISTA -1-

 

 

Autor: Tassilon-Stavros

 

 

 

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LA HUELGA DE TRANVÍAS EN LA BARCELONA DE 1951 DURANTE LA DICTADURA FRANQUISTA -1-

 

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La huelga de tranvías de 1951: ir a pie fue un acto en contra del franquismo

Desde enero a junio de 1951 los accidentes relacionados con el tranvía causaron en Barcelona 21 muertos y 491 heridos.


El suave cendal mediterráneo, ondulante y mórbido, se le ciñe anhelante en una transparencia luminosa, sensual y azulada. Aquella antigua Barcelona  llegó a exhalar un aroma de Hélade... Fabulas, mitos y ensueños halagan sus orígenes frente a ese pórtico glorioso y tierno del mar. Se agita en los grandes fastos de la historia. De ahí su esencia, dura, cerril, arcana.Tras efímera exaltación románica, acaba gótica hasta el tuétano. La ojiva encuentra en ella su elíseo enclaustrado. Girolas, ábsides, criptas, gárgolas, contrafuertes, vidrieras, rosetones y ajimeces ilustran, sublimándose, eternos fervores en sazón, oscurantismos de saturninas religiosidades, ímpetus de medievales concupiscencias. Acunada por los siglos, esta ciudad irradia luz vivísima. Los delirios veraniegos se le llegan entre colores tumultuosos, con los brazos abiertos. Luego su cuerpo se glorifica acogiendo con invariable caudal de luz y una especie de sosegado concierto el suspiro patético del invierno. Primavera y otoño danzan con idéntico compás rítmico. Así, más mesurada que vehemente, se acomoda serena al pie de ese pequeño anfiteatro costero formado por la sierra de Collcerola, en un amplio llano de margas y arcillas amarillentas, de boscajes intrincados, y de playas rubicundas y cegadoras. Un par de pequeños ríos arrastran un dorado roce de promesas por las laderas de este hemiciclo natural, hasta perderse entre cañaverales inmensos. Y siempre solitarios, se van inútilmente hacia las mareas, mientras las altas panojas empenachadas que, indiferentes al pomposo acaecer de los tiempos, han bailoteado durante siglos al viento en orgiástica y secular danza regeneradora, se detienen un instante y tiemblan en el vacío, prestándoles, en una suerte de abandono inmortal, la ofrenda infinita de sus miradas. También las ramblas o "rieras" y  abundantes fuentes, hoy prácticamente cegadas por urbanas imposiciones, adornaron otrora, la mediterránea planicie con mágica aureola de hontanar.
El engrifado pino de Alepo,y, por supuesto, el rico piñonero, el encinar tumultuoso, el ya nombrado y amazacotado cañaveral, y la luminosidad aurífera de la vid singularizan varios núcleos  secundarios del llano barcelonés, de claros precedentes prehistóricos. Marismas y piratería corren pareja en oscuros siglos de barbarie por los descampados del Bajo Maresme. Y los barrios de Sant Martí y el Clot se unen al Poble Nou y a la Barceloneta sobre los arenales que el mar acumula con los aportes del río Besós. Probablemente sea esta la ruta que, a fin de evitar los peligrosísimos desfiladeros del citado río (lo fueron en su época, con tanta tribu impetuosa  e independentista) emprendan los noventa mil infantes, los doce mil jinetes, y los veinte y pico enjaezados elefantes del caudillo cartaginés
Anibal Barca, que en el 218 a.J.C. (por poco coinciden con el primer "oppidum" romano de Montjuich), transitan por el Vallés, camino de Emporión y los Pirineos, dejando tras de sí una insignificante aldehuela de la que ya habían tenido noticias, conocida por Barcino, y mil y unas escaramuzas con los belicosos clanes que pueblan las colinas, bosques y llanuras de la comarca. Y en aquel mismo río Besós, entre los infinitos cañaverales que ensartan sus orillas, retocen y abreven los totémicos elefantes ante el furtivo asombro indígena.
 

Ora Marítima

De Rufo Festos AVIENO

 Rufo Festos Avieno, poeta romano, trazó en verso, hacia el siglo IV d. J.C., un inestimable periplo por las costas europeas, desde Britania hasta el Ponto Euxino, en su obra "Orae Maritimas", hablándonos con entusiasmo de turista primigenio de las "ricas Barcelonas". Lástima que el hombre no se decidiera a aclararnos con un poco más de detalle cuántas eran y en que consistían tales "ricuras"



Restos de un grandioso templo de la época Augustea (conjunto de columnas celosamente conservadas y protegidas en el zaguán de un edificio medieval situado en el vetusto y muy renombrado "Carrer del Paradís", embellecen el recuerdo de la Romana Colonia Faventia Iulia Augusta Pia Barcino, que contó, además, con un magnífico teatro (hoy Placeta de Regomir, frente a la capilla de San Cristóbal), su circo, su foro y sus termas, (construidas por el procónsul Lucius Minucius Natalis y su hijo, sitas en el extremo S.O. del llamado "Decumanus Maximus" o Portal del Castell Nou, en el barrio del Palau; y que según usanza, fue destruida por invasores franco-alemanes hacia el 263. Es por ello que, a fin de evitar nuevas incursiones evitar de tanto bárbaro desperdigado y asoladaor como recorría, por aquel entonces, la siempre sufrida Europa, Barcino se fortificó en el siglo V con impresionantes murallas de 9 metros de altura, por 3,65 de espesor, que se extendían en kilométrica longitud constriñéndola y asfixiándola. Ella, durante centurias, tan holgada, tan frescachona y abierta al Mare Nostrum.



Será Ataúlfo, rey visigodo, apasionado, caballeresco y romanizado esposo de Gala Placidia, bellísima hija que fuera de aquel Teodosio hispano, apodado el Grande, último emperador de Roma digno de tal etiqueta, quien se instale en Barcelona en el año 415 con el muy loable afán de convertirla en ombligo de su real corte. Desde la misma, trata de poner orden en nuestra desbaratada península; una península que, desgajada ya del secular brazo romano, de su sumisión y ulterior expolio, se ve disputada ahora por suevos, vándalos y alanos, llegados de de los oscuros "limes" de la Europa Central. Gala Placidia conocerá días de dolor en la urbe mediterránea: su primer hijo, aún en pañales, de nombre Teodosio como su ilustre abuelo, desciende al sepulcro en ataúd de plata ante el dolor que aniquila a ambos esposos. Meses después, en agosto o septiembre, Ataúlfo cae asesinado en los establos de palacio (cuando, probablemente, se disponía a dar un garbeo venatorio por los bosques del Maresme) a manos de enemiga facción, aliada con los romanos, siempre insaciables, y a la que dirige con patrocinio maestro el traidor Sigerico. Arrancada a la fuerza de sus reales aposentos palaciegos, escarnecida y reducida luego a la categoría de simple esclava, la imperial Gala Placidia será obligada a seguir a pie descalzo tras el caballo del visigodo felón, que marcha triunfalmente, una vez cometido el desmán, por las calles de la ciudad. Poco hubo de durarle, sin embargo, el gustazo traicionero, pues, apenas transcurridos siete días, el desleal  Sigerico es depuesto y ejecutado por la soldadesca furibunda.  

 
Gala Placidia,
que sufriera tales ultrajes con el augusto estoicismo que era de esperar en la hija de semejante padre, tras recobrar, la momentáneamente pérdida, respetabilidad y hermoseada (a pesar del luto), cual digna consorte  reina (ahora viuda) del muy bizarro y ya fenecido Ataúlfo, con muchos perifollos y perendengues, que... ¡vamos hija, ni que fueras de "soirée", .... se dirigirá a los Pirineos, camino de Rávena, acompañada por Valia, leal guerrero e inmediato sucesor de Sigerico por aclamación de la tropa. Y así, vitoreada entre gran pompa militar, de rendida adhesión (se explica por ello tanto alhajamientoi y tanto pintarraqueo), abandonará Barcelona para no volver jamás. En su suelo quedaron para siempre esposo e hijo...
Un tal Akhila (pues, para mejor fortuna de Barcino, Atila el huno azotador de Dios nunca asomara narices por ella), visigodo también, primogénito del rey Witiza y duque de la Tarraconense; que, tras adueñarse de Barcelona con pérfidas mañas, se traía unas despóticas trapisondas de lo más insufribles con la pobre ciudad, sembrando, ¡cómo no!, las hediondas semillas del odio entre sus habitantes, la oficiosa tirria y doblez palaciega, y las consecuentes expectativas, ¡Dios las diera!, de una pronta contingencia que pusiese fin al dominio del muy abyecto, marimandón y tiranuelo duque...  tomara parte, que es a lo que íbamos, o, más bien, cierta cabecera de cartel, allá por el setecientos y pico, en todo el embrollo histórico organizado por Don Rodrigo, o Ruderico, que es lo mismo y queda más godo, y sus facciones, tras la muerte de Witiza y su ulterior sucesión al trono. Intervienen también en semejante marimorena el no menos reputado conde Julián, gobernador de Ceuta, a cuestas con su mancillado honor (violación al canto por parte de Ruderico -según cuenta la leyenda- de su hija Florinda, asimismo llamada  "la Cava" por los muslimes, que, en su lengua, significa "la Prostituida"; ilógico "casus belli", puesto que el difamado monarca gozaba de los andaluces encantos de la rubiales Doña Egilona, la de los lindos collares, como cuentan las crónicas visigóticas, bellísima cónyuge de azules ojos, el obispo Don Oppas, hermano del fallecido Witiza y metropolitano de Sevilla, quien, tras la toma de su ciudad por las huestes de Roderico, duque que era de la Bética, tocaría  buen pito al tratar de poner la corona visigoda en manos de su sobrino Akhila; y, por descontado, el moro  y su lugarteniente, el liberto Tariq Ibn Ziyad. Y que si rey yo o duque tú; que si te quito Barcelona y te doy... ¡yo que sé!... Toledo.



Petitorias de socorro por aquí y perdularias defecciones por Alláh... lo cierto del caso es que, impútese a quien se impute el desencadenamiento de tamaño turris burris, las huestes del valí africano toman nuestra descoyuntada ciudad mediterránea en el 717 o 718 (aún corren dudas por ahí), al parecer, esta vez, sin destrucción; respetándose población y jerarquía eclesiástica, y permitiéndose, en el interín,  mediante coyuntural y substancioso tributo, la continuidad del culto católico. Cristo y Mahoma dándose la mano. Que en tales guisas, dígase lo que se quiera, el erario musulmán se mostró siempre mucho más previsor y baqueteado; y por esto mismo, mucho más transigente, atemperado y persuasivo que cualquier otro conquistador.


... Y llegamos así al franco carolingio Ludovico Pío, también llamado "el Piadoso", "Luis el Santurrón", virgen, descuidador de deberes conyugales, (de esta suerte lo dejó caer, reviradilla y cortesanesca, alimentando así el tole tole de sus cuatro o cinco damas de compañía, eternas alcahuetillas de intrigas palaciegas, su insatisfecha esposa Irmingarda) empedernido lector de la Biblia, gran cantante de salmos, y, por más señas, hijo del emperador Carlomagno; quien (el Pío), tras empecinado asedio (pues todo lo que no tenía de braguetero, lo tenía de buen guerrero) los larga de Barcelona (a los moros), en el año 803, de acuerdo con el embolado de aquella madeja sin fin. (Imposible echar en saco de olvido el patético desaliento de los pobres mahometanos barceloneses, acaudillados por Zeidun, muy esforzado príncipe de la ciudad, cuya enardecedora defensa capitanea desde la empavesada de las almenas, promoviendo esperanzas de victoria tras los primeros embates con que rechazan el bloqueo de los francos, y animando a su pueblo con el auxilio proveniente de la lejana Córdoba, que él mismo en persona tratara de recabar, atravesando las líneas cristianas, para caer4, finalmente, tras infructuosa cabalgada, prisionero del rey aquitano.



[El relato más conocido sobre la epopeya en la que Ludovico Pío recupera Barcelona para la cristiandad es el conocido poema “In honoren Hludowici” de Ermoldo el Negro, terminado después del año 826. El relato cuenta como Ludovico Pío pide consejo a los grandes del reino para saber hacia donde tienen que marchar. Lupo Sancho que reinaba sobre los vascos y era consejero de Carlomagno “por ser superior a todos los suyos en ciencia y religión”, aconseja que siga la paz y la tranquilidad, en un tono muy poco beligerante. A continuación, toma la palabra Guillermo de Tolosa, el cual, después de besar los pies al rey, le dice que la ciudad es siniestra, que si se apodera de ella el reino gozará de paz y tranquilidad y que él se ofrece a ser el guía en la batalla. El rey se levanta y sonríe, le saluda afectuosamente y le dice: “Gracias en mi nombre y en el de mi padre Carlos, lo que tú has dicho hacía ya tiempo que lo abrigaba mi pecho. Acepto tu consejo y tus votos tal como los has formulado, debo decirte, escúchame atentamente: Si Dios me da salud, como si espero, y me es propicio en mi expedición, oh feroz Barcelona, , yo conquistaré tus murallas”] Los francos comandados por su emperador reúnen a un gran ejército. El primero que llegó fue el rey y tras él Heripreth, Lihuthard, Bigón, Bero, Sancho, Libulfo, Hilthibert, Hisimbard y otros tantos. Como baluarte estaba Guillermo de Tolosa mandando a los ejércitos formados por francos, vascos, godos y aquitanos.

La llamada época carolingia dará cierto lustre a Barcelona, uniéndola al corazón del imperio con la construcción de la importante "Strata Francisca", afamada ruta comercial que discurre por una antigua Vía romana y abrirá nuevos horizontes a todo tipo de intercambios mercantiles y humanos. Ludovico Pío erige el pequeño templo del mártir de Toulouse: Sant Sadurní, junto a la renombrada "Strata". Y hacia el siglo IX, una incipiente aglomeración suburbana, conocida por el  "Villar de San Pere", se apretuja alrededor del mencionado santuario, dando origen al actual barrio del mismo nombre.

Lo que el transeúnte futbolero de hoy no tiene ni idea: cuando Almanzor destruyó Barcelona.

Pero, desgraciadamente,  con este requetebatido mejunje, amarga pócima y exonerante lavativa que la recalcitrante historia de los pueblos rebosa, envenena, y quita; con tanto imperante receso y algo apestosa rebujiña, Barcelona verá acercarse el año del Señor de 985 nuevamente soliviantada por la constante pesadilla de un imposible sosiego. Con dicho año llegará el flamante azote que trae a mal traer a toda la cristianizada España de la Reconquista: el invicto Al-Mansur Bi-Lláh, el victorioso de Alláh: Almanzor, para mejor entendernos. 

[Las fuentes árabes y cristianas coinciden en señalar que Almanzor se plantó ante los muros de Barcelona el 1 de julio de 985. Había salido de de Córdoba el 5 de mayo de 985 y emprendió el camino hacia Barcelona por la costa mediterránea. También sabemos que el asalto fue precedido de una batalla en la que el conde Borrell II intentó evitar lo que se avecinaba. Hay grandes discrepancias sobre dónde y cuándo se produjo este enfrentamiento, pero lo que es seguro es que los cristianos fueron derrotados].
 

 
Y mientras la historia sigue engalanándose de nuevo con la ineludible presunción de sus decorados; con sus albures y medias verdades, rehogadas, bastante a menudo, por la acrecentada parábola con que se alimentan los tiempos... cantan zurcidos  y trasnochados cronicones que, ante el febril asedio moruno perpetrado por Almanzor y sus espeluznantes huestes contra la malaventurada Barcelona, tres o cuatro grupitos de galochos (hoy gamberros) y analfabetos moradores de jubón desbraguetado y raídas alpargatas (de ésos que nunca faltan en toda ciudad que se precie), desoyendo las advertencias de los más "leídos y escribidos", doctores de la historia, buenos conocedores  de las burradas con que aquélla suele retratarse, y muy entendidos en cuanto a las calamidades que la jalonan, no tuvieron mejor idea que encaramarse a las poderosas torres rectangulares de la imponente muralla que bordeaba y protegía la metrópoli; y convencidos de la impugnabilidad de sus muros, ofrecer desde allí a sus apocalípticos acorraladores un rico repertorio de garatusas y morisquetas (valga la derivación y concordancia semasiológica de la palabreja) cuchufletas y pendencieros ternos que, afortunadamente, los mahometanos andaluces no pudieron entender; entre otras cosas, porque no sabían ni papa de catalán.

De todas formas, si hemos de dar crédito a los mentados cronicones, forzoso será hacer hincapié en que el asombro  y estupor de los moriscos ante la desfachatez, befa y farandulería de que aquellos rapados medievales, con caras de monos (particular visión islámica, dados los muy diferenciados cánones de esteticismo que se gastaban los ablucionistas y pintarrajeados sarracenos), se permitían hacer gala desde aspilleras, almenas y torreones, secundados, además, por gran parte de la siempre petulantes y algo gilipollas soldadesca que defendía tales alturas, ante el peligro inminente, ¡vamos!, no es para contado. Así se nos puso Almanzor, que, tras tan aberrante y mortificadora puesta en escena  del primer "teatre lliure" de Catalonia,, mal abocados sus alcances, y menos los de sus huestes, a endechas, serventesios y catalécticas autóctonas, entró en Barcelona (esta vez ¡sí!) a sangre y fuego; arrimando mandobles que es un contento, emperrado en pavorosa escabechina y dispuesto a no dejar  títere con cabeza, ni sujeto para un remedio. Intercedido que hubo e siempre positivista erario musulmán, avínose el gran Caudillo del Al-Andalus a reconsiderar los pingües beneficios que comportaba las ristras del cautiverio en tales incursiones y conquistas; y frente a tan pragmática visión de buenos talegos repletos de esperanzados monises redimidores, acabó por arrastrar suculento tropel de los así oprimidos y esclavizados barceloneses hasta su maravillosa Madinat Al-Záhira... ¿Quién sabe? A lo mejor, hasta salieron ganando y todo...
 
 


Un nuevo palo se cernirá sobre Barcelona hacia el 1553, que pasará a sus anales con el jocoso nombre de "Mal Any Primer". Ello nos da cumplida idea de la imperante ignorancia medieval en cuanto a conocimientos del calamitosos historial que ya arrastraba consigo la secular Barcelona. La flamante espada de Damocles que planea ahora sobre almenas, callejones y albañales de la urbe,  (putrefactas y fétidas "rieres" o "ramlas", arabizada denominación de las añosas torrenteras, circunvaladoras de su amurallada periferia, y conocidas muy elocuentemente por el "Cagalell"-las actuales Ramblas- y el "Medançar"-hodierna y espléndida Vía Layetana-) reluce con la espectral estampa de bubónica epidemia: ¡la peste! ¡Y ahí si que no hay burla que valga! Más de 10,000 víctimas quedarán tras ella. El Apocalipsis de San Juan, su aparición favorita: la encanijada y espeluznante estantigua del hambre, y el resto de sus poco agraciados hermanos, que no hace falta enumerar aquí, correrán por Europa a la pata la llana, más felices que unas Pascuas, pìntando el más aterrador, fantasmagórico y mefistofélico cuadro medieval que delirio humano pudiera imaginar... "La Peste Negra" parece cebarse en la inútilmente fortificada ciudad de Barcelona, visitándola de nuevo en los años 1347 y 1351. Y seguirá atormentando su constreñido perímetro con intermitencias terroríficas a lo largo de los siglos XV y XVI.

Infinidad de sepulcros hebraicos nos hablan del famoso barrio judio de Barcelona, conocido por "El Call", hervidero intrigante y cooperativista de afianzado dogma, fragua atribulada de taimados desprestigios entre felones y marranos, con particularísima abertura al mar y aherrojadas nocturnidades de intolerante promiscuidad racial; al tiempo que un arcano de signos, más o menos indescifrables, nos dejan su enrevesada huella en los corredores misteriosos de su noche secular...


DEJEMOS QUE LAS INMENSAS Y DESCASCARILLADAS  BALAUSTRADAS DE LAS QUE DESCOLGARAN LAS HISTÓRICAS CRÓNICAS MEDIEVALES SE ASOMEN AL NUEVO TRANSCURSO DEL TIEMPO Y NOS ACERQUEN AHORA A LA BARCELONA DEL SIGLO XX, DÉCADA DE LOS 50.